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Cita con el Bach coral

Orquesta Sinfónica Nacional con el Grupo de Canto Coral, preparado por Néstor Andrenacci, dirigidos por el organista y clavecinista Mario Videla. Oratorio de Pascua, BWV 249, y Cantata "Herz und Mund und Tat und Leben", BWV 147, de Juan Sebastián Bach. Solistas: Mónica Cosachov (órgano continuo), Mónica Capra (soprano), Susana Moncayo (mezzo soprano), Rubén Martínez (tenor) y Luciano Garay (barítono). Auditorio de Belgrano, Cabildo y Virrey Loreto. Nuestra opinión: bueno .
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31 de mayo de 2000  

Es casi un milagro musical que nuestra Orquesta Sinfónica Nacional acometa Bach, incluso el Bach sinfónico-coral, consagrada como está al repertorio de los siglos XIX y XX.

Y es auspicioso, aunque pudiera parecer temerario este noble intento si se consideran asuntos como el fraseo, la articulación, los adornos y el estilo de la música del período Barroco.

Por cierto que se trata aquí de la Orquesta Sinfónica reducida, para acercarla de algún modo a las pequeñas dimensiones que ostentaban las agrupaciones en el siglo XVIII.

Dos obras de Juan Sebastián Bach conforman el programa: el Oratorio de Pascua, BWV 249, y la Cantata "Herz und Mund und Tat und Leben", BWV 147.

El primero es la historia del hallazgo, por parte de los allegados a Jesús, del sepulcro vacío en la mañana de Pascua, contada por María, la madre de Santiago, en una secuencia de recitativos y arias, encuadrada por el coro, y precedida por una "sinfonía" y un "adagio".

Este oratorio fue así bautizado tras las transformaciones que sufrió en el curso de algunos años. Primero emergió como cantata profana para celebrar el cumpleaños del duque Christian de Saxe-Weissenfels, en 1725. El texto cambia en meses (oscilando entre el mundo profano y el sagrado) y Bach la destina a las Pascuas de ese año. La obra -he ahí su carácter proteico- regresa al año siguiente con un probable texto de Picander, para uso profano en otro cumpleaños, el del conde Joachim Freidrich von Flemming. Y entre 1732 y 1735 Bach finalmente bautiza la Cantata de Pascua (BWV 249) como oratorio, y hacia 1740 la revisa por última vez para asignarle el carácter de definitivo a la versión.

Si uno no conociera esta curiosa metamorfosis (a que lo empujaban a veces sus múltiples obligaciones) se dejaría atrapar por la música de Bach sin reparar en el texto.

Pero a poco de andar uno se percata de que no es este el Bach que ha exaltado como pocos el verbo poético ni el que ha transfigurado en música las emociones y los símbolos que expresan las palabras.

Salvo las ostensibles pifias de la trompeta en el exultante comienzo, la orquesta emerge con dignidad en algunos pasajes de las cuerdas, y alcanza cimas en los deliciosos fraseos del oboe de Andrés Spiller, y en clarinete y violín solistas.

Por su parte el coro (el Grupo de Canto Coral), habitué de la Academia Bach, sorprende una vez más por su flexibilidad, ductilidad estilística y expresividad en sus intervenciones de oratorio y cantata.

Mónica Capra y Susana Moncayo dan fe de devoción, refinamiento y estilo en las partes confiadas a sus excelentes voces de soprano y mezzo. No sucede lo mismo con las incursiones del barítono (bajo se lee en la partitura) Luciano Garay, quien muestra empeño, pero escasa presencia expresiva de su cuerda. Y en cuanto a Rubén Martínez, su tránsito errático y a veces decididamente desafinado parece estropear ambas obras, sobre todo la Cantata BWV 147, no obstante su agradable voz de tenor.

Mónica Cosachov en órgano no desentona con lo mejor de la orquesta. Y Mario Videla desde el podio entrega toda su energía para que la orquesta levante vuelo. Y lo consigue mediantes ingentes esfuerzos.

De los descensos artísticos nos redime el bellísimo coral -original de la cantata BWV 147- conocido como "Jesús, alegría del hombre".

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