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Cuando el amor es una cuestión de Estado

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PARA LA NACION
Martes 10 de mayo de 2016
María Goso y Ernesto Bauer, dos que se lucieron
María Goso y Ernesto Bauer, dos que se lucieron.
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La viuda alegre, de Franz Lehár / Dirección musical: André Dos Santos / Dirección y puesta en escena: Ana D'Anna / Diseño de vestuario: Ana D'Anna, María Jaunarena / Diseño de iluminación: Gonzalo Córdova / Dirección del coro: Hernán Sánchez Arteaga / Reparto: María Goso, Ivana Ledesma, Ernesto Bauer, Alejandro Spies, Romina Jofre, Patricio Oliveira, Duilio Smiriglia, Carlos Kaspar y Gabriel Carasso / En el teatro Avenida / Fechas: 8, 12, 14 de mayo / Nuestra opinión: muy buena

La apertura de una temporada de ópera siempre es un hecho para festejar, y qué mejor si las celebraciones empiezan arriba del escenario. Esta es la situación que propone Juventus Lyrica al arrancar su año con La viuda alegre, de Franz Lehár, una opereta colmada de melodías pregnantes que no se priva de bailes como el vals o el cancán. Esta obra cumbre del compositor es una de las más representadas en su género, y propone -con su argumento frívolo y despreocupado- la oportunidad de escuchar una elaborada orquestación sin poner el ceño fruncido.

Ana D'Anna ha logrado una exquisita puesta en escena: un espacio despojado y brillantemente organizado que, según el movimiento de los participantes más el trabajo de iluminación y vestuario, pasa de estar atiborrado de chismosos y aduladores a ser un recinto privado donde los solistas confiesan sus pensamientos, y los dúos, sus sentimientos.

Cautivantes y robustas, las actuaciones de Ivana Ledesma (Valencienne) y Duilio Smiriglia (Rosillon), aportan la sensualidad justa en sus arias -descollando en "Juicio, amigo mío"- y nos permiten adivinar con su lenguaje corporal la franca diferencia que existe entre su amor prohibido y la trivial lucha de egos que plantea la relación entre la viuda y el conde Danilo.

Sin duda fue un gran acierto que Carlos Kaspar encarne al barón Mirko Zeta, quien aporta gran teatralidad y chispa a un noble que no se sabe si está interesado en salvar a su nación o corretear con picardía detrás de enredos amorosos de terceros y, sin saberlo, propios. Alrededor del barón Zeta revolotea constantemente su bufonesco secretario Njengus (Norberto Lara). Entre ambos se genera una brillante complicidad que propone como interlocutores al público y al director de orquesta (literalmente al principio del acto tercero), con la comicidad que encuentra su apoteosis en el septeto de hombres desconcertados ante el enigma -finalmente irresoluto- del alma femenina.

Sin sutilezas, pero con autoridad a la hora de ejecutar las danzas, la orquesta ofreció un sólido acompañamiento sobre el que María Goso y Ernesto Bauer dieron vida a la viuda Hanna Glawari y al conde Danilo, con actuaciones que recorren un arco virtuoso desde la modestia hasta el delicado y vigoroso dúo "Labios mudos".

Esta obra funde el límite entre arte y entretenimiento de forma magistral (incluso entre las carcajadas propias puede reconocerse la economía de recursos y la elegancia en el trabajo vocal y orquestal) y nos demuestra que la farandulización de la política no es ningún invento contemporáneo.

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