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Postal inolvidable de Praga

El famoso puente de Carlos atrae a artistas, fotógrafos y enamorados

Domingo 15 de mayo de 2016
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LA NACION
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De todos los puentes que se encuentran en Europa, éste, sin lugar a dudas, es uno de los más lindos que podemos encontrar. Cruza el río Moldava, y treinta estatuas de más de trescientos años de antigüedad lo protegen. El puente de Carlos -o Karluv Most- une la Ciudad Vieja (Staré Mesto) con la Ciudad Pequeña (Malá Strana), y no sólo es el más viejo de la ciudad: su construcción comenzó en el siglo XIV, en el lugar donde se encontraba otro puente destruido por una inundación. Carlos IV colocó la primera piedra y durante los siguientes siglos se transformó, tal vez, en el monumento más conocido de Praga junto al Castillo y al Reloj Astronómico.

El efecto que causa la llegada a este lugar es mágico. Sobre todo -si me permiten esta pequeña recomendación- durante las primeras horas de la mañana, o bien a última hora de la tarde, casi cuando el sol está desapareciendo en el horizonte. Ya que este puente de 500 metros de largo está rodeado de unas vistas espectaculares , todo lo que van a poder ver será una perfecta postal inolvidable.

Cuando viajamos sentimos la necesidad de capturar momentos imperecederos y únicos, y les puedo asegurar que esto se logra sobradamente en Praga.

Las estatuas a ambos lados de su calzada y creadas por los más reconocidos artistas de su época son los testigos del paso del tiempo. La primera de ellas se erigió en el año 1683 y representa a San Juan Nepomuceno, en el preciso lugar donde su cuerpo fue arrojado al río y santo al cual se le tiene gran devoción. A partir de ahí se iniciaron sociedades religiosas, y facultades académicas contrataban a grandes escultores para dejar su impronta en el puente.

Santa Ludmila, San Wenceslao, La Crucifixión, San Francisco de Asís con Dos Ángeles, San Vito... Estos son algunos de los nombres a quienes se ha honrado. Cada una de ellas es más bella que la otra.

Esto, sumado a la cantidad bocetos que a la vista de todos trazan distintos artistas, que aprovechan la fantástica luz que crea contrastes y da profundidad a las imágenes capturadas por las retinas.

Unos, sentados, orientados hacia Malá Strana. Con la Torre del Puente en primer plano y las cúpulas y domos de una de las más vastas construcciones jamás construidas en Europa Central: el Castillo de Praga, que oficia de marco virtual. Otros, parados, mirando hacia la isla Kampa, trazando suaves pinceladas que reproducen los dorados rayos del sol al tocar las aguas del río.

Fotógrafos -tanto amateurs como profesionales- que no pueden dejar de sacar fotos, sorprendidos por uno de los lugares mas fotogénicos del mundo.

Y los enamorados, que apoyados en las estatuas o el muro del puente se abrazan, se miran cómplices, se ríen, se besan o simplemente y en silencio comparten un momento de reflexión conscientes de que la sola proximidad de sus cuerpos y semejante vista ya en sí es un hecho memorable.

Yo, en cambio, escondido casi detrás de una de las estatuas, observo y me dejo atrapar por lo que sucede alrededor. El sol empieza a apagarse y se dejan ver las sombras que comienzan a aparecer. El cielo toma un color anaranjado, una cálida brisa se levanta y de repente todo se ve muy nítido. Ese momento anterior a la oscuridad. Y me doy cuenta de que tengo la foto perfecta.

Esa que incluso hoy, en el momento exacto en el que escribo estas palabras, la tengo tan presente como si hubiese sido ayer.

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