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La experiencia de Neuhold, la maestría de Balat

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PARA LA NACION
Martes 17 de mayo de 2016
Marcelo Balal se lució con Ginastera
Marcelo Balal se lució con Ginastera. Foto: Federico Kaplun / CCK
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Orquesta Sinfónica Nacional / Solista: Marcelo Balat (piano) / Director: Günther Neuhold / Programa: Ginastera: Concierto para piano y orquesta N°1; Shostakovich: Sinfonía N°10, op.93. Sala Sinfónica del CCK / Nuestra opinión: muy bueno

Después de algunos escarceos previos en las últimas semanas, por fin la Sinfónica Nacional comenzó su temporada regular. Además, volviendo al hogar, a su hogar. La apertura, el año pasado, del Centro Cultural Kirchner y el asentamiento de la Sinfónica en ese nuevo espacio, el primero en su larga historia de orquesta errabunda e itinerante, redundó sólo en beneficios. Para los músicos que la integran así como también para el público que la disfrutó en una etapa favorable. Tanto en aquel concierto inaugural como en éste que abrió oficialmente la temporada 2016, fue Günter Neuhold el encargado de dirigir a la orquesta. Y también en aquella oportunidad como en ésta, Neuhold aportó su enorme experiencia y su indudable autoridad musical para llevar a la orquesta por los mejores caminos en la concreción de dos obras sumamente dificultosas, un concierto de Ginastera, una sinfonía de Shostakovich escritas, ambas, en un lapso menor a una década, hace cincuenta años.

Que la idea de Neuhold y la de los músicos de la orquesta no era la de un mero armado de ambas obras se pudo percibir desde el mismo inicio del Concierto para piano N°1 de Ginastera. El crescendo orquestal de apertura y el espectacular ingreso del piano que le sigue inmediatamente denotaron una preparación minuciosa. Claro, más allá de las virtudes y la concentración de la orquesta y de las precisiones del director, en esta obra es imprescindible un pianista que esté a la altura de las circunstancias, tanto para lidiar con una partitura endemoniada y sin concesiones como para entender, musicalmente, los misterios de un compositor que, ex profeso, había dejado de lado todos esos componentes devenidos de la música rural y popular argentina y que habían sido centrales en su primera etapa creativa. Y Marcelo Balat superó todas las expectativas.

El joven pianista argentino demostró una suficiencia y un arte realmente consagratorios. Convincente en sus expresividades, muy seguro en la elección de fraseos y tempo y contundente en las resoluciones de esos pasajes casi malignos, compartió sus visiones y experiencias en perfecta sintonía con las decisiones y las miradas de Neuhold. El ensamble de piano y orquesta fue admirable. En el tercer movimiento, lento, poético y sumamente lírico dentro de la atonalidad escogida por Ginastera, Balat y la orquesta, en un estado de gracia, construyeron un instante musical para atesorar en la memoria. Marcelo, con diferentes toques y con una libertad expresiva llamativa y muy bien entendida y secundada por Neuhold, se paseó por la obra con todas las sutilezas y matices imaginables.

Después de la toccata final -en realidad, una especie de malambo neoexpresionista-, arreciaron los aplausos y las ovaciones. En un momento, para que las cuestiones quedaran muy claras, Neuhold lo tomó a Balat por los hombros y lo estacionó obligadamente en el centro del escenario y delante de la orquesta para que el pianista entendiera que el verdadero héroe del milagro había sido él.

En la segunda parte, con la décima sinfonía de Shostakovich, la orquesta no pudo alcanzar el mismo nivel de excelencia. La sinfonía, estrenada luego de la muerte de Stalin, es un imponente fresco de múltiples lecturas y alcances. Si bien Neuhold sabe perfectamente de qué se trata y qué quiere conseguir, la orquesta, más allá de sus mejores intenciones no se mostró tan compacta ni equilibrada entre todas sus filas. Dentro de un panorama general correcto, incluso con segmentos muy bien interpretados, hubo algunos sonidos destemplados de los bronces que se revelaron suficientes para interrumpir teatralidades musicales muy bien construidas. Hubo solos admirables y también otros que transcurrieron por otros derroteros. Con todo, en el final, el público de La ballena azul explotó en un agradecimiento espontáneo que también estaba plenamente justificado.

Una última reflexión. En el programa de mano no había ninguna referencia a los contenidos de dos obras que plantean innegables dificultades en su recepción. En este sentido hubiera sido de desear encontrar observaciones que se extendieran sobre las decisiones artísticas de Ginastera a comienzos de los 60, así como también sobre la presencia omnipresente del tema musical que representa al mismo Shostakovich y que el compositor eligió para finalizar la obra de modo triunfal. Toda puerta que abra vías de comprensión al hecho musical se revela como necesaria. Y las músicas de los siglos XX y XXI lo requieren de modo especial.

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