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Conocé a la pareja argentina de científicos nómades que trabaja contra el cáncer infantil

María Castro y Pedro Lowenstein se especializan en los tumores de cerebro; después de trabajar en varios países, finalmente se asentaron en Michigan, Estados Unidos, donde ella acaba de ganar uno de los premios más importantes a la investigación en neurociencias

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LA NACION
Miércoles 18 de mayo de 2016 • 00:46
María Castro y Pedro Lowenstein en su laboratorio de la Universidad de Michigan
María Castro y Pedro Lowenstein en su laboratorio de la Universidad de Michigan. Foto: Gentileza Universidad de Michigan
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Nómades científicos. Así se definen María Castro y Pedro Lowenstein, dos investigadores argentinos ocupados en conocer cómo tratar los tumores cerebrales infantiles. Eso es lo que los impulsa desde hace tres décadas a formarse e investigar en varias de las principales universidades extranjeras. En 2011, finalmente se instalaron en Ann Arbor, una pintoresca ciudad del norte de Estados Unidos: la Universidad de Michigan (U-M) los convocó para implementar un programa de investigación del cáncer de cerebro como habían creado ya en otra casa de altos estudios.

Con resultados publicados en las revistas más importantes, como PLoS Medicine o The Proceedings of the National Academy of Sciences, los argentinos María Castro y Pedro Lowenstein codirigen un laboratorio en la Facultad de Medicina de la U-M que lleva sus apellidos: Laboratorio Castro Lowenstein. Hablar de trabajo les apasiona. "Habiendo conocido todos estos años a muchas personas que sufren, cuando me preguntan por qué trabajo los fines de semana, respondo que los pacientes también están enfermos los fines de semana", comenta Pedro, en diálogo telefónico con LA NACION.

Hace un par de semanas celebraron porque María, que es profesora de neurocirugía en la Facultad de Medicina de la U-M, recibió uno de los galardones más importantes en el campo de la investigación. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por su sigla en inglés) de ese país le otorgaron el Premio Jacob Javits a la Investigación en Neurociencia. Son 2,3 millones de dólares para financiar en los próximos siete años de estudios, que apuntan a dar con una cura del cáncer de cerebro.

Este galardón "es un hito importante en la carrera de un neurólogo, un honor que muy pocos investigadores alcanzan", fue el elogio de Karin Muraszko, titular del Departamento de Neurocirugía de la Facultad de Medicina de la U-M al conocerse la noticia.

Ambos se especializan en los tumores más agresivos (grado 4), tanto en los adultos como en los chicos. Dedican su tiempo especialmente a uno que es muy agresivo en los chicos: el glioma pontino intrínseco difuso (DIPG, por su nombre en inglés), que crece en el tallo cerebral y es, como lo definen ambos, una sentencia de muerte. "Los chicos viven entre seis y nueve meses, y no se puede irradiar en los chicos porque se destruyen las neuronas. No tiene tratamiento", precisa Pedro. Ya empezaron con ensayos clínicos en las estrategias terapéuticas en las que están indagando.

Aunque trabajan juntos, cada uno sigue una línea de investigación. "A mí me interesa la medicina personalizada y la estudio a través de la genética de tumores", precisa María.

De ciudad en ciudad

Los científicos en el parque Sleeping Bear Dunes, en el norte de Michigan
Los científicos en el parque Sleeping Bear Dunes, en el norte de Michigan. Foto: Gentileza Universidad de Michigan

Él se formó en medicina y, ella, en bioquímica. Pedró egresó de la Universidad de Buenos Aires y, María, de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Él viajó para seguir estudiando en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, y ella lo hizo a los Institutos Nacionales de Salud en Washington. Recién ahí se cruzaron: en 1986, en un encuentro en el NIH. "Nos conocimos y empezamos a salir", recuerda María.

Al año, Pedro se fue a hacer un posdoctorado a la Universidad de Oxford y volvieron a coincidir, ya en otro país. Aunque en distinta ciudad, María fue a hacer su postdoctorado a la Universidad de Reading, en Inglaterra. Tres años después, se mudaron a Escocia para trabajar en la Universidad de Dundee. Ahí nació Elías, que ya tiene 24 años y sigue los pasos de sus padres: está cursando una maestría en neurociencias del otro lado del océano, en la Universidad de Berlín. "No podemos decir nada. De tal palo... Cuando hablamos por teléfono y no puedo evitar algún comentario como madre, me dice que él está acostumbrado a mudarse y adaptarse a nuevas ciudades y culturas", dice María.

Es que cuando Elías tenía tres años, a los padres los promovieron a la Universidad de Cardiff, en Gales. Y cuando estaba por empezar la escuela primaria, se mudaron para trabajar como profesores en la Facultad de Medicina de la Universidad de Manchester, en Inglaterra. Cinco años después, volvían a Estados Unidos. "Estábamos trabajando en el Centro Médico Cedars-Sinai en Los Ángeles, cuando nos convocaron de la Universidad de California en la misma ciudad, donde montamos un programa de terapia génica para tratar el cáncer de cerebro", recuerda María.

En 2011, les propusieron replicar el programa en la U-M, donde lanzaron el primer ensayo clínico de fase I para tratar a pacientes con cáncer maligno de cerebro. "Este ensayo de terapia génica es único en el mundo y promete mejorar el pronóstico de esos pacientes", coinciden ambos.

Del laboratorio al consultorio

Los dos trabajan con la idea de llevar a la práctica clínica lo que descubren en el laboratorio. Lo hacen con el objetivo de que a largo plazo se puedan traducir en tratamientos.

"Lo primero que estamos llevando a ensayos clínicos con pacientes es un tratamiento que desarrollamos con María durante más de 10 años. Consiste en reconstruir el sistema inmunológico del cerebro para que sea el propio paciente el que elimine el tumor. Una mezcla de inmunoterapia con terapia génica -cuenta Pedro-. De hecho, la manera en que está planeado el tratamiento podría aplicarse a muchos pacientes con estos tumores."

También descubrieron que, como los pájaros cuando vuelan, los tumores tienen patrones de autoorganización. No subsisten de manera desorganizada. Eso permite que las células se reproduzcan o se mueran más rápido. María asoció esa información con la agresividad de los tumores. "Ahora, tendríamos que identificar dianas terapéuticas para poder diseñar un tratamiento", agrega Pedro.

Al cine, a pie

Pero no todo es trabajo. Y en una ciudad como Ann Arbor pueden disfrutar de lo que más les gusta: el cine. Demoran cinco minutos en llegar del laboratorio a la sala más cercana, y lo mismo pasa con un restaurante. "Somos noctámbulos, porteños y entramos a trabajar a las 9 y nos vamos a las 20... De ahí, directo al cine", dice María.

Ambos admiten que no es fácil evitar hablar de trabajo. "Tenemos que ser muy críticos y nos complementamos mucho porque queremos que el otro haga lo mejor. Parece exigente, pero para el trabajo eso es muy positivo", responde ella.

Y Pedro la sigue: "Estamos convencidos de que vamos a desarrollar una cura del cáncer de cerebro. Y desde el momento que pudimos pasar del laboratorio a los ensayos clínicos, se volvió una realidad. El hecho de que con María pudiéramos lograrlo es muy gratificante y conmovedor".

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