Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Eduardo Sacheri: "El mío es un lugar absolutamente marginal"

Acaba de ganar el premio Alfaguara y se erige como uno de los escritores argentinos más leídos. Sin embargo, él se siente sapo de otro pozo, porque reconoce que no tiene formación académica: "Por suerte la literatura es enorme y hay un espacio para todo el mundo"

Domingo 22 de mayo de 2016
SEGUIR
LA NACION
0

"Lo confieso. Tenía muchísimas ganas de quedarme con este premio." Eso dice Eduardo Sacheri del galardón Alfaguara de Novela 2016. Lo dice directo, sin ese falso pudor que suele envolver a los vencedores. "Meter un libro en este peldaño era muy fuerte para mí, por eso seguí insistiendo -se presentó en tres oportunidades-. Lo ganó gente muy grosa y con libros muy buenos." La lista incluye a Manuel Vicent, Tomás Eloy Martínez, Xavier Velasco, Laura Restrepo, Leopoldo Brizuela, Graciela Montes y Ema Wolf, entre otros. Sacheri lo hizo con la novela que narra una épica quijotesca a la que tituló La noche de la usina, y que presentó con el seudónimo de Alfredo Alvarez. La obra se impuso entre los 707 manuscritos que concursaban en este certamen literario hispanoamericano.

"Es mi abuelo -aclara el porqué de Alfredo Alvarez, de espaldas a dos reproducciones de obras clásicas de Van Gogh que cuelgan en el living de su casa en Castelar-. Conocí a mis abuelas, pero no a mis abuelos. Hay un personaje en la novela que habla de la tristeza del que se ha tenido que ir de un país y que construye una vida en otro lado. Me gustó usar ese nombre para un premio que se fallaba en España, como un pequeño guiño a mi vieja, que tiene un amor enorme por su papá."

¿Ganar un premio te respalda como autor?

Éste, el de Alfaguara, me viene bárbaro, porque está acompañado de un gran lanzamiento de la novela en Hispanoamérica (a fines de mayo se editará en España y en junio en Argentina y buena parte de América latina). De alguna manera hace más sólido un camino que comenzó en otros países con la repercusión de El secreto de sus ojos (film de Juan José Campanella basado en la novela La pregunta de tus ojos, que se quedó con el Oscar a Mejor Película Extranjera). Te da la posibilidad de que la gente te conozca. No puedo pedir más. Estoy tranquilo.

¿En qué sentido?

Cuando te pasan cosas muy buenas corrés el riesgo de creértela, pero también podés tomarlas de otra manera. Seguir haciendo las cosas como uno quiere, con esa libertad que va más allá de lo que los otros supuestamente esperan de vos.

Ser reconocido con un galardón de este tipo habilita que el circuito literario te mire con otros ojos. El canon culto de la literatura nacional suele mirarte de reojo.

El mío es un lugar absolutamente marginal. En ese sentido soy un inimputable, porque no tengo una formación académica. Mi formación es la de un lector. Tengo ese nivel de anarquía, de la inorganicidad de quien leyó los libros con los que se tropezó, los que intuyó que le gustarían o que le recomendaron. No tengo una visión de conjunto de la literatura universal, y eso indudablemente condiciona lo que puedo escribir. Y está bien, no importa. Por suerte la literatura es enorme y hay un lugar para todo el mundo.

¿No necesitás de la bendición académica?

No. Pero tampoco me parece mal que la academia tenga sus prácticas y preferencias. Hay voces múltiples. Lo que no me gustaría es que se bendijera un modo de hacer literatura como único. Lo que más me preocupa de estas canonizaciones o excomuniones literarias es el universo de posibilidades que se permiten. Sería triste que uno quisiera explorar un camino y no hacerlo por pensar si voy por acá, me van a hacer mierda. Eso es lo único que lamentaría.

¿Pensás en el lector cuando escribís?

El lector que tengo en la cabeza soy yo. Escribo para responderme preguntas. Me encanta que otras personas encuentren algo en eso que escribo. No me es indiferente, pero no quiero ponerme en la posición de voy a escribir un libro que a la gente le guste. No lo hago como premisa; si después se da como resultado, mejor. Mis primeros cuentos los escribí para poder dormir. Sufría de insomnio. Que ahora, años después, sean libros, que la gente los lea y les guste, está buenísimo.

Decís que escribís para responderte preguntas. ¿Qué dudas o cuestiones te desvelan?

Soy un tipo que pretende reflexionar. Me parece que está bueno que uno dude y se pregunte. Es la única manera de estar un poco mejor, de no quedarse tranquilo con las respuestas que tenés. Hay que dudar de todo.

¿Eso lo trasladás también al mundo de la política?

Es bueno desconfiar, dudar, criticar, nada es tan maravilloso. Está bueno desear maravillas, pero no creer que las cosas sean tan maravillosas porque si no te quedás quieto. El problema es cuando uno vende imágenes cristalizadas. Esto es así, no se toca y es fantástico. No creas eso, ni de un lado ni del otro. Me molesta que se deje de reflexionar, de preguntar.

Suelen decir que tus libros cuentan historias extraordinarias de personas ordinarias.

La vida de cualquiera de nosotros es extraordinaria, si te detenés a mirarla. También es cierto que la vida de cualquiera de nosotros, mirada superficialmente, es rutinaria, anodina, sin nada particular. La diferencia está en qué lugar te parás a mirar. En nuestras vidas hay circunstancias, vínculos, pérdidas, esperanzas, decisiones, encuentros que sí son extraordinarios y ahí es donde me gusta observar.

¿Te interesa que el lector se reconozca en esas historias, con los personajes?

No es algo que busque. Simplemente sucede. Para mí escribir es encontrar respuestas a lo que mi propia vida me despierta, y mi vida está acá y esas respuestas tienen que ver con el acá. No creo que sea el único modo de hacer literatura, pero es la que a mí me sale.

Tus novelas suelen poblarse de perdedores heroicos en busca de dignidad, de justicia.

A todos casi siempre nos va a tocar perder. En la semana en la que gané el premio y se armó toda esta repercusión tenía -y tengo- a un hermano internado con un problema de salud grave, del que ya está saliendo. En esos días me sentía mucho más perdedor que ganador. Hay áreas en tu vida en la que siempre estás perdiendo. Creo que es importante ver cómo uno se planta frente a lo qué es ganar y lo qué es perder. Con dignidad en la derrota y con humildad en la victoria. Aunque sea así de básico y de barrial.

Foto: Ignacio Coló

"Un microcosmos narrativo poblado por un grupo de perdedores heroicos. Una novela coral, ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el western. Pampa y política, tiempos muertos de la vida cotidiana", describió el jurado presidido por la escritora y académica Carme Riera a La noche de la usina. La historia transcurre en un pueblo [donde también suceden los hechos de su segunda novela, Aráoz y la verdad], Aires, entre 2001 y 2004, en pleno corralito.

La acción transcurre en un período político clave en la historia argentina. Sin embargo, aclarás que no hay una alusión directa a la caída de De la Rúa ni a la represión.

Es una historia de pérdida y de revancha. Tal vez surja una fácil analogía entre los tiempos políticos, pero no es lo que pretendo. No me gusta bajar un mensaje. Me gusta darle libertad al lector, que se encuentre con cosas y que las haga propias, porque lo que encuentra tiene que ver con su propia vida no con lo que yo puse ahí. No me gustan las analogías fáciles o automáticas. Me molesta que un escritor de ficción haga pedagogía con la historia que está contando. Lo siento como una falta de respeto. Intento que no pase.

El corralito te traslada inevitablemente a un momento político.

Busqué contestar preguntas, sobre todo una, la que nos hacíamos todos en ese momento: ¿ahora qué hacemos? En esta historia los protagonistas son estafados y quieren recuperar la guita. Van a hacer todo lo posible para robársela al tránsfuga que se las sonó a ellos.

Para responderlas, ¿recurriste a la memoria emocional?

Si bien el argumento de esta historia lo empecé a pensar fuerte hace tres años, tuve que recurrir a sensaciones de lo que sucedió hace 15 años. A esa sensación de desolación, de dudas, de temores. A preguntas que me sacudían: ¿cómo voy a hacer para mantener a mi familia? En 2001 era muy fuerte ese pensamiento. Recuerdo ese verano, de estar en la casa que teníamos en ese momento, de estar metido en una pelopincho con poca agua, con esa sujeta que viste antes [hace referencia a su hija, de 14 años] a la que le mojaba la cabeza con una cacerolita mientras escuchaba la radio. Se decían tantas cosas. Tengo esa imagen de mí mismo, preguntándome qué carajo hago. En esa época vivía sobre todo de mis horas de clases [como profesor de historia]. Me pagaban con patacones. Esa sensación de incertidumbre era muy fuerte. "Sacheri y la negación de la política", ésa va a ser la lectura que muchos hagan cuando lean esto [dice en voz alta lo que está pensando en el momento].

¿Hay una negación?

No, yo valoro la política, lo que digo es que si la gente no se esfuerza y no trabaja, no funciona. Para mí lo que construye un país honrado es una sociedad honrada. Un país trabajador es una sociedad trabajadora. En ese sentido no me compro la versión de que los gobiernos te arreglan la vida. Podés tener mejores y peores gobiernos. Algunos que colaboren un poco más y otros que te perjudiquen. Lo que no compro son los discursos que dicen que hay gobiernos salvadores de la patria.

Por eso decís que "a los países los salvan las personas de a pie".

Los argentinos somos cronistas marcianos de nuestra realidad. Uh, mirá lo que pasa en este país, lo miramos todo desde afuera, sin hacernos cargo. Si nuestra realidad está tan lejos de nuestros sueños, alguna responsabilidad colectiva debemos tener. A lo largo de muchas décadas hemos tendido a victimizarnos y nos hemos despegado a una velocidad y una ligereza excesiva de distintos fenómenos políticos.

La biblioteca incrustada en el living de la casa, de frente a una mesa vestida con un tela bordada con intensos colores que trajo de su viaje por México, ponen al descubierto las pasiones de este lector voraz que abraza con locura los cuentos de Julio Cortázar, los relatos de Osvaldo Soriano y de Fontanarrosa. Allí también están Mario Vargas Llosa, el realismo mágico de Gabo y la mirada de Tomás Eloy Martínez, capaz de burlar los límites entre la ficción y la realidad. Una realidad que se hace eco en los libros de historia, relatos, vivencias que aborda en cada clase como profesor de historia.

Foto: Ignacio Coló

¿Seguís dando clases?

Sí, es algo que me gusta mucho y es parte de mi vida. Si bien me alejé de una eventual carrera académica porque sentía que conducía a un universo hermético sin contacto con la realidad, encontré el placer de enseñar en la universidad y en las escuelas secundarias. Ahora sólo doy clases en el secundario por una cuestión de tiempos. Dar clases es un lindo contrapeso con el mundo de la escritura. Paso de esta cosa solitaria e introspectiva al contacto con los otros, a vincularme afectivamente de un modo muy profundo, porque de otra manera los adolescentes no van aprender historia.

Muchos de tus relatos fueron incluidos en las campañas de estímulo de lectura por el Ministerio de Educación.

Si me preguntaran qué libro elegiría para el programa, no tendría idea, porque sólo imagino una respuesta múltiple, muy flexible y cambiante. Lo esencial para mí en los programas de lectura en las escuelas es que el docente ame leer y que se le note. Si pasa eso, los pibes van a decir uh, por qué le gustará leer tanto a éste, algo bueno debe de haber. Y eso va más allá de lo que se lee.

¿Siempre fuiste un lector voraz, como solés definirte?

Mis viejos leían a troche y moche. Mis hermanos también. En mi casa no me decían que leyera. Yo quería leer, porque los veía. Mis viejos eran odontólogos, venían de otro palo, pero leían mucho. Le pedí a mi hermana de once que me enseñara a leer cuando yo tenía 4 años. Aprendí a leer con Patoruzito, quería sentir eso de meterse ahí adentro y desaparecer del mundo. Está bueno que hayan libros en las casas, pero mucho mejor, que haya gente que los lea. De hecho, para mí escribir es una prolongación de leer. Cuando escribo pongo en juego mi modo de leer y mis gustos por la lectura. No sólo mis gustos por los autores, sino por los modos, las prácticas, los gestos.

En un momento llegaste a decir que si te daban a elegir entre dejar de leer o escribir, dejarías de escribir.

Si tengo que elegir, cosa que no me gusta, elegiría seguir leyendo. Podría pasar también que en algún momento sienta que no tengo más que decir. Hasta ahora no me pasó, porque disfruto escribir, pero si tengo que elegir, prefiero no dejar de leer y no dejar de jugar al fútbol. No queda bien de mí, como escritor, decir prefiero dejar de escribir pero no dejar de jugar fútbol.

Pegándole a la pelota pudo lidiar con la tristeza de sentir que lo había perdido todo. En la calle, entre arcos improvisados, encontró momentos de felicidad. De su padre heredó la pasión por la redonda y por Independiente. Y de aquellos recuerdos, de esos rituales que incluían trapos y cánticos, nacieron los relatos en los que decodificaba la vida a través del fútbol. Los mismos que Alejandro Apo leía en voz alta en Radio Continental, allá por 1996, porque en la cancha, como bien dice Sacheri, se ven las cosas más esenciales.

"La pérdida de mi viejo me enseñó lo provisorio de todo, en una edad en la que uno vivía con certezas. Yo también vivía así. Tenía esa certeza de que mis papás se iban a morir de viejitos y que yo siempre iba a ser un chico feliz. El siempre no existe. En ese sentido, los grandes dolores en la niñez te hacen, entre comillas, madurar. Está esa noción de todo lo que uno puede perder. El barrio y mis amigos fueron un pulmón de oxígeno fenomenal para enfrentar esos años de duelo. Al mismo tiempo recuerdo esa ligera distancia, de ellos, mis amigos y yo. De estar jugando y pensar estos pibes no saben lo difícil que se puede volver.

Foto: Ignacio Coló

¿Te sentías un bicho raro?

Un poquito raro, quizá por eso prefería atajar, ser arquero, observarlo todo. En el arco era un salvaje, un kamikaze. Cuando jugás en el asfalto y estás dispuesto a romperte todo, para un arquero es clave. Logré hacerme un lugar en el Nacional de Morón, justamente por eso. Era un tipo tímido, no era líder ni nada parecido, pero demostré que estaba dispuesto a atajar hasta con los dientes.

Hoy sos mediocampista central...

Sí, después de la adolescencia empecé a cambiar algunas cosas. Cuando tenía 23, 24 años me casé; empecé a escribir y salí del arco. Si eso no es cambiar de vida...

Su forma de jugar está más cercana a la de Mascherano que a la de Gago. "Lo mío es el combate, no soy un tipo fino. Cuando juego con mi hijo me gasta, él es más exquisito."

La amistad en tus libros ocupa un lugar preponderante. ¿En tu vida también?

Mis grandes amigos son de la facultad, o alguno que compartimos con mi mujer. Con ella estamos juntos desde hace 30 años. Desde quinto año del secundario.

Era de Ramos Mejía y dice que vos la trajiste para Castelar.

La traje al oeste verdadero. Este es el oeste [se ríe]. Volviendo a los amigos, creo que lo que te define como persona es la gente que hay en tu vida. Me parece que nuestra biografía más exacta es esa. Quiénes están, a quiénes perdiste. De quiénes te alejaste y quiénes deseás que estén. Uno tiene círculos más nucleares y más periféricos de importancia en la vida. Para mí, la familia es lo más importante.

¿Y escribir?

También lo es. Me permitió comprar esta casa, gracias a El secreto de sus ojos, y ahora, con este premio [154 mil euros] compré un departamento para cada uno de mis hijos. Para mí el éxito es un techo. Sentir que a los 48 años lograste un techo para vos y tus dos hijos, ya está. Qué más le puedo pedir a la vida.

1967

Nació en Buenos Aires. Creció en Castelar, donde actualmente vive. Tiene dos hermanos. Su papá murió cuando tenía diez años

2000

Publicó su primer libro Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol. Incluye Independiente, mi viejo y yo

2010

El secreto de sus ojos, film dirigido por Campanella basado en su novela, se quedó con el Oscar a Mejor Película Extranjera

2011

Llegó al cine Papeles en el viento, otra de sus novelas. Antes estrenó Metegol, adaptación de un cuento de Fontanarrosa

2015

Se sumó a Perros de la calle, el programa de radio de Andy Kusnetzoff. Tiene una columna quincenal sobre literatura

El futuro

Con Campanella escribe el guión de una nueva película que protagonizará Francella. Está haciendo una serie para la TV chilena, basada en una novela de Isabel Allende, Inés del alma mía. En junio se editará en su última novela, La noche de la usina

ASISTENTE de fotografía: JUAN PABLO SOLER. PRODUCCION: MARÍA JOSE MORENO y MANOLA ARAMBURU. MAKE UP: ALEJANDRA PARA MERY ESTUDIO

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas