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Sergio Olguín: "No se puede narrar una felicidad"

No hay amores felices es la tercera novela de su serie policial

Domingo 22 de mayo de 2016
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LA NACION
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Su nueva novela -No hay amores felices, la tercera de la serie- confirma que Sergio Olguín encuentra en el policial una excusa para hablar del amor. La protagonista, Verónica Rosenthal, es una especie de álter ego de este escritor con trayectoria como periodista cultural, a quien lo desafía tramar un mundo de ficción que se sostenga y crezca de novela en novela.

Mientras terminaba de escribir La fragilidad de los cuerpos, la primera novela de la serie, me di cuenta de que tenía algo más que una novela: tenía un personaje. Y que mi intención era seguirlo: me interesaba ver cómo podía evolucionar, crecer, envejecer de novela en novela. Me planteé la posibilidad de hacer varios libros con Verónica Rosenthal. Si me da el cuero, llegaré a diez. La novela policial es un género que se presta mucho para tener un protagonista que se mantenga a lo largo del tiempo. A diferencia de la manera clásica, me interesa que el personaje vaya cambiando. Así fue como, luego de La fragilidad de los cuerpos, llegó Las extranjeras y, continuando con ese proyecto, empecé a escribir No hay amores felices con la intención de que Verónica continuara, pero que también continuara todo su entorno, esos personajes que se incorporaron a veces de manera casual y que se siguieron desarrollando. Federico, por ejemplo, que es su amor, que va y viene, que apareció como un personaje absolutamente secundario en la primera, en la tercera ya es el coprotagonista de la historia.

Tengo en claro que Verónica Rosenthal es una excelente profesional, una gran periodista, esos periodistas de raza que se dedican a buscar la verdad o a develar los engaños de sectores vinculados al poder; incorruptible, valiente y, en paralelo, una persona frágil sentimentalmente. Se enamora con facilidad, sufre con los hombres o con las mujeres. Es una chica treintañera, porteña, de familia judía con dinero, con mucha libertad tanto en su vida profesional como afectiva y sexual.

Creo que Verónica es la periodista que me habría gustado ser si hubiera sido un periodista de investigación, cosa que nunca fui. Ella representa lo que para mí es el ideal del periodismo. Todo lo que dice Verónica yo lo suscribo. En ese sentido funciona como un álter ego. En todo lo demás preferiría no parecerme.

La realidad es un punto de partida para la ficción. Es muy imaginativa y prefiero que me ayude como una especie de musa que va tirándome ideas de lo que puedo llegar a escribir. Pero soy consciente de que estoy escribiendo una novela. Las adopciones ilegales, los femicidios son disparadores. Si quisiera investigar esa realidad, encararía una crónica. Si elijo escribir una novela es porque quiero incorporar elementos para hacer una ficción. Priorizo el efecto literario, narrativo por sobre la realidad.

De ahí viene el título: No hay amores felices. Creo que en la vida real uno los puede tener, pero no hay amores felices en la narrativa, en el sentido de que uno no puede contar la historia de un amor feliz, no se puede narrar una felicidad. Sin problemas, sin conflicto, sin terceros, no es una historia interesante de contar. Entonces, si a Verónica y Federico les va bien, no va más. Veo que para las próximas novelas tengo que incluir algún tipo de conflicto o evolución en esa pareja porque no puedo convertirlos en un matrimonio al que le va todo bien.

El cine y, en los últimos años, las series tienen una gran influencia en la literatura. Uno no lo hace de modo consciente, pero al momento de cortar las escenas, de incorporar o no a un personaje, de decidir cuándo hacerlo, todo eso es lenguaje cinematográfico. Y es algo que surge con naturalidad, porque uno ya ha visto tantas películas y tantas series que inevitablemente eso se traslada a la escritura. Ya no se puede narrar como antes de que uno viera cine. A veces, cuando me preguntan por las escenas de sexo del libro, yo digo que es lo único en que todavía los escritores tenemos ventajas respecto del cine. Por lo general, el comercial no se anima a mostrar escenas de sexo explícitas y, a su vez, si lo mostrara sería sólo eso que muestra. La narrativa es un terreno donde uno puede abrir la imaginación por más explícito que sea, porque lo hace con palabras y las palabras son siempre representación del hecho, no el hecho en sí.

Todo lo que tenga que ver con lo afectivo me interesa especialmente. Por qué queremos o por qué dejamos de querer, qué se puede hacer para que el amor dure son las preguntas que atraviesan todas mis novelas, pero no es nada nuevo porque eso atraviesa la historia de la literatura. Lo que intento es no dar una respuesta a esa cuestión, sino ofrecer un ejemplo de las posibilidades, mostrando por qué puede durar o por qué no. Me interesa desarrollar relaciones afectivas de pareja pero, también, relaciones que se establecen a partir de la familia, la amistad, el encuentro con un desconocido. En definitiva, cómo una persona se comunica con otra.

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