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Un dilema que sólo se resolverá en el futuro

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Sábado 21 de mayo de 2016
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Para los críticos del Presidente, y en particular para el remanente kirchnerista y la izquierda dura, el veto es una prueba más, por si hiciera falta, de que "la derecha" usó el republicanismo como una máscara, pero en la práctica no le interesa en lo más mínimo. Lo único que quería era ser ella la que pudiera abusar del poder presidencial.

Sin embargo, la ley vetada es demasiado poco relevante, incluso para la mayoría de quienes la impulsaron, como para que justifique tal alarmismo. El veto no va a disparar las reacciones sociales que se necesitarían para dar asidero a esa tesis, y los que quieren que "al Gobierno le vaya mal para que le pueda ir bien al país" tendrán que seguir esperando. Algo tal vez termine disparando el soñado estallido, pero no va a ser esto.

Del otro lado del ring, Jaime Durán Barba ha señalado que el veto es una necesaria y sana demostración de autoridad presidencial, que la sociedad no sólo va a avalar sino que consumirá como estímulo de la adhesión a Macri. Lo que quiere, ante todo, es un gobierno que gobierne, que imponga un rumbo, y sabe que Macri es el único que hoy puede brindar soluciones.

Quienes así razonan tienen mejores encuestas que sus contrincantes. Pero ven la foto y quieren convertirla en película.

Un dato importante les da en parte la razón: el peronismo convergió, pese a su fragmentación, en un intento por sacar provecho del endurecimiento del ajuste, y buscó acorralar a Macri por el lado de los despidos, pero aunque se impuso en el Parlamento no logró el resultado esperado en la opinión pública. Ello se explica porque, aunque hay preocupación por el empleo, la amplia mayoría no quiere confrontación, y si la hay. al menos por ahora, prefiere ponerse del lado del Presidente.

El problema con el veto es que no deja de ser una señal de fracaso. Que en el caso de Macri golpea doblemente. Aunque corresponde a una atribución constitucional completamente legítima -y muy oportuna y de uso frecuente en situaciones de gobierno dividido-, no puede volverse la pauta normal en las relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo. Es un recurso de última instancia y reflejo de que el gobierno no pudo seducir ni convencer a los legisladores que no le responden.

La invocación de Macri a "trabajar juntos", al menos en este caso, no fue escuchada. Y para un gobierno que hizo del diálogo uno de sus estandartes más destacados, es doble la frustración.

La cuestión, de todos modos, no es tanto lo que pasó, sino lo que pasará en adelante, y qué pauta está dando este hecho al respecto: ¿Fue el primero de una serie, vendrán a continuación más y más vetos, o será la excepción que confirme la norma, la vigencia de una pauta general colaborativa?

Según cómo se responda esa pregunta será la película. Y no habrá que esperar demasiado para verla. Porque pronto el Poder Ejecutivo tendrá que volver a sentar a los legisladores peronistas dispuestos a negociar. Y la pregunta es si hacerlo le costará más que antes del veto o no.

Macri mostró que ningún temor ni culpa va a impedirle defender su rol y su programa. Pero los peronistas probaron que pueden hacer aprobar sus propios proyectos de ley. Al final del día, lo más importante va a ser qué aprendió cada uno de este tour de force y si las lecciones son convergentes o divergentes. El Presidente seguramente tendrá la voz cantante: ¿aprendió a usar la dosis justa de autoconfianza y firmeza o retomó el vicio que despuntó en el decretazo sobre la Corte? ¿El mensaje que transmite su veto es "negociemos, pero respeten mis límites y mi agenda" o es "no joroben, porque si no gobierno solo"?

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