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El arte, el territorio y los límites

Domingo 22 de mayo de 2016
PARA LA NACION
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La vida no tiene ningún sentido. Somos los seres humanos los que inventamos el sentido del mundo al inventar el lenguaje. El "sentido del mundo" está en el lenguaje y no en el mundo. Por eso podemos mejorar el mundo, intervenir en él, transformarlo, porque podemos pensar de otra manera. Una de las formas más intensas de darle sentido al mundo es el arte, esa máquina de trazar efímeros mapas que se desdibujan. El arte genera sentidos inestables.

El arte es el relámpago que en medio de la noche más oscura ilumina de golpe todo el cielo, durante una fracción de segundo, y que luego deja escuchar a lo lejos el trueno, como un eco que recuerda, a través del oído, lo que el ojo vio: la iluminación perdida. Brutal, enceguecedor, el arte nunca se parece del todo a lo que mucha gente cree que es el arte.

Durante siglos se confundió arte con lo bello (y lo bello, a su vez, se confundió con lo lindo, con lo que tiene formas agradables, que se adaptan a los cánones de cada cultura). La belleza, por el contrario, es lo terrible: lo que destruye las certezas. Ante la belleza, todos estamos desarmados.

Pero aun así, el arte no es lo bello. El arte es una práctica que nos da la posibilidad de correr todo límite. De entender que el límite es el que genera el territorio, pero que ese límite puede ser corrido y el territorio, ampliado.

A comienzos del siglo XX, las vanguardias históricas quisieron terminar con la imagen aceptada masivamente del arte como decoración galante para el hogar burgués y propusieron una primera gran ruptura: sacar al arte del museo y mezclarlo con la vida cotidiana. Estaban exponiendo el programa que un par de décadas antes había propuesto Oscar Wilde: transformar la vida, la propia vida de cada uno, la endeble y finita vida de todos, en un obra de arte. Darle a la existencia el sentido inestable del arte. Las dos Guerras Mundiales suspendieron el desafío de esas primeras vanguardias, que fue más teórico que práctico. Hasta comienzos de los 60 se siguió leyendo la propuesta vanguardista como una mera modernización del mundo del arte. Pero en los 60 nace lo que hoy llamamos el arte contemporáneo y ya nada fue lo mismo.

Desde los Beatles hasta el surgimiento de la juventud como categoría sociocultural privilegiada, pasando por la aparición de los movimientos contraculturales y las experiencias estéticas que desafían todos los encasillamientos, la vieja idea de que el arte es lo lindo, lo decorativo, estalló sin dejar rastros más que en los viejos diccionarios (que siguen hablando de arte como si estuviéramos en el siglo XIX).

Cuando, ante una experiencia que no entiende, alguien pregunta si es arte, lo que está tratando de hacer es lograr un consenso para que se califique negativamente esa experiencia que lo desconcierta. Si eso sucede, entonces, podemos responder: sí, eso es arte. Lo es porque amplía los límites de lo humano. Lo humano: esa experiencia animal que tiende a lo infinito.

El autor es crítico cultural.

@rayovirtual

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