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Después de la marcha estamos más alertas

PARA LA NACION
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Hinde Pomeraniec
Jueves 02 de junio de 2016

Hace un año vivíamos la ola imparable, cuando nos unieron el estupor y la necesidad de liberar juntos un grito indignado: "Basta de femicidios". Por estos días, nos unen las mismas ansias de justicia porque siguen matando a nuestras mujeres. Pesan, además, la tristeza y la furia porque, por momentos, la foto parece congelada en el tiempo, aunque hay avances.

Existe mayor claridad para entender lo que falta, una conciencia ciudadana que nos permite volver a exigir que el poder político y el judicial terminen con la retórica oportunista y cumplan los compromisos e implementen los planes, los programas y los presupuestos necesarios para prevenir y erradicar la violencia de género, una clase de violencia a la que, aunque muchas mujeres vivían inmersas en ella, recién pudieron ponerle nombre aquel día en el que todos nos encontramos en la calle.

#NiUnaMenos arrancó como consigna y terminó siendo el germen de una toma de conciencia federal y persistente, seguramente más efectiva que muchas campañas. Como un estruendo inesperado, #NiUnaMenos se irradió por todo el país, se convirtió en bandera transversal por el impulso colectivo y ya no es ni volverá a ser grito ahogado sino de guerra, de una guerra social contra el crimen y también contra el machismo, esa variante de la discriminación que corroe el ánimo, mina la voluntad y acaba con la vida de tantas mujeres.

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Umbral de tolerancia

Desde el 3 de junio de 2015 en la Argentina a todos se nos hizo imposible mirar para otro lado. Cualquier chico ya sabe que no es normal ni natural que apaleen a su madre, todo docente sabe también que si nota algo raro en una chica o en una madre del curso tiene que actuar, igual que los médicos o los enfermeros o una moza, un peluquero, un taxista o una depiladora: ahora todos están alertas.

En cada hogar se conoce el significado de la palabra "femicidio" y ya no vale decir que lo que pasa en otras casas es asunto privado cuando hay golpes de por medio; denunciar o no esa violencia puede ser el límite entre la vida y la muerte de una mujer.

También los periodistas aprendieron/aprendimos bastante, aunque falta mucho. Los femicidios ya no son publicados en las secciones de policiales sino en las páginas de sociedad y el tratamiento de la noticia tampoco es el mismo. No se trata de una cuestión evolutiva, sino de la inquietud ante la reprimenda pública: si alguno todavía insiste en hablar de "crimen pasional" ante un femicidio, siempre hay voces que se levantan para marcarle su falta, su ignorancia -en el mejor de los casos- o su desaprensión. Lo mismo ocurre cada vez que alguien hurga en la perversión del detalle de la ropa o la conducta de la víctima.

El umbral de tolerancia es otro: el morbo queda expuesto como nunca antes y ese club cuenta cada vez con menos adeptos, sobre todo entre los más chicos. Educar para vivir, así se llama lo que vamos consiguiendo entre todos.

Es cierto que a veces gana la desolación. Ocurre cuando buscan a esas chicas o mujeres perdidas por horas o por días, cuando rogamos que aparezcan con vida, cuando finalmente nos abruma la noticia de su muerte violenta, injusta, evitable, cuando más chicos quedan huérfanos. Es entonces cuando nos preguntamos si hay más casos ahora, que los vemos por todos lados y todo el tiempo. Y aunque aún siguen faltando precisas estadísticas públicas, tiendo a pensar que no, que no hay más. Ahora estamos atentos.

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