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El nuevo sonido de Portugal

La tradición del fado se actualiza con nuevas figuras, que se vieron en la feria Exib Música en Evora, y otras que llegan al festival del CCK

Viernes 03 de junio de 2016
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LA NACION
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Celina da Piedade, una de las revelaciones en la escena de Lisboa
Celina da Piedade, una de las revelaciones en la escena de Lisboa. Foto: Piedadale

LISBOA.- Es la medianoche en el Barrio Alto. El aire tiene un gusto salitroso. A pocas cuadras, el río Tajo baña las costas de la ciudad. En una estrecha callejuela del barrio está una de las antiguas cantinas de fado. Dos chicos jóvenes, con una mandolina portuguesa y una guitarra, afinan sus instrumentos y fuman un cigarrillo en la vereda. Adentro, en una esquina del bar fadista tapizado de mosaicos portugueses, hay tres mujeres temperamentales y un hombre taciturno tomando unas copas y comiendo un bacalao. La escenografía es austera. Una de ellas, vestida de negro, con su mantilla reposada en sus antebrazos se levanta, camina entre las mesas y canta, aprovechando la acústica natural de la cueva fadista, en una escena que parece reproducirse desde hace doscientos años, según el musicólogo portugués Rui Vieira Nery.

Lo que se escucha es una saudade antigua, una melancolía portuaria, una poesía existencial y trashumante, que habla de amores perdidos y hombres que se fueron buscando su sueño a otros continentes. El fado resume en tres minutos la historia de un país, su imaginario urbano y la mitología de una sociedad y su destino errante. O, como escribió Fernando Pessoa en su ensayo sobre el fado: "Toda poesía -y la canción es una poesía ayudada- refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste. El fado, sin embargo, no es alegre ni triste. Es un episodio de intervalo. Lo formó el alma portuguesa cuando no existía y deseaba todo sin tener fuerza para desearlo. El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y también lo abandonó".

El fado no es alegre ni triste, dice Pessoa; sin embargo, la mandolina parece que llorara en ese contrapunto con la guitarra y en esa cadencia ralentada, como si fuera un bote que arrastra la marea. A veces resuena como un primo hermano musical del tango cuando la voz de la fadista cambia la marcha y recuerda la métrica de la guardia vieja, o parece asemejarse al sonido de una cancionista cantando un vals de Francisco Canaro como "Yo no sé que me han hecho tus ojos". Esa conexión entre el fado y el tango parece latente, como si fuera fruto de una misma diáspora cultural que se derramó por todo el mundo y circuló en una misma época.

En otro bar que aparece en ese laberinto de calles del Barrio Alto, una señora regordeta sale de la cocina y canta despojada de todo como si tuviera un puñal en la garganta. No está frente a un público. Ella canta como si estuviera en el fondo de su casa con una copa de vino verde en la mano, sin demasiados ademanes, interpretando historias que tienen que ver con su propia historia.

Es la primera noche en la tierra del fado. Un ambiente que buscará recrear musicalmente la nueva edición del Festival del Fado que comienza hoy en el Centro Cultural Kirchner con figuras invitadas como Carminho, una de las fadistas de la actualidad que sigue los caminos de una artista-faro como Amália Rodrigues (1920-1999), la traductora emocional de la filosofía nómade y fatal de un género envuelto en un halo enigmático. "El fado es una cosa muy misteriosa, hay que sentirlo y hay que nacer con el lado angustioso de las gentes, sentirse como alguien que no tiene ni ambiciones, ni deseos, una persona..., como si no existiera. Esa persona soy yo y por eso he nacido para cantar el fado", solía definir Amália Rodrigues, cuya casa museo enclavada en el Barrio Alto contiene archivos sonoros y retratos fotográficos que la ligan a cancionistas tangueras de la época pero del otro lado del océano.

A pesar de su ritmo adormilado no se percibe ese sentimiento trágico en las nuevas generaciones de artistas. En la feria de música Exib (Expo Iberoamericana de Música) que se realizó en Evora -una ciudad a una hora de Lisboa en la región del Alentejo y considerada Patrimonio de la Humanidad- el fado suena como una forma de habla, intimista y confesional, menos atormentada. La artista Celina da Piedade, cuyo disco solista Em Casa recibió elogios de la prensa mundial, es una de las grandes revelaciones del encuentro musical de cinco días, en el que conviven productores, periodistas, gestores, curadores, directores de festivales y artistas de España, América latina y Portugal, en una franja libre para el intercambio musical iberoamericano. En ese mapa sin fronteras que construye el Exib Música, la conexión portuguesa ofrece un abanico de nuevas expresiones: Luiz Caracol, Viviane, Projecto Alma, João Afonso, Luis Peixoto, Duarte, Karyna Gomes, Viviane, Cristiana Águas, Sofía Vitória, Jaqueline y Bicho do Matos.

Celina da Piedade, sin duda, se destaca cuando toca el acordeón y canta al unísono con esa frescura de las reuniones campesinas y festivas de los pueblos del interior de Portugal. Ella reúne lo contemporáneo y la recopilación de cantes antiguos de la región del Alentejo. Es una nómade como los fadistas. Ahora la acordeonista y cantante vive en las afueras de Lisboa, pero pasó varios años buceando en la tradición oral de este pueblo amurallado donde se revelan los vestigios de una cultura románica, que dejó su huella arquitectónica en iglesias, templos al aire libre y ruinas que datan de 7000 años antes de Cristo.

Una fina lluvia cubre con su manto fresco la noche de Evora en la apertura del Exib Música, el portal europeo a los sonidos que se producen en América latina. Celina está cantando en uno de los teatros principales del pueblo una melodía del Bajo Alentejo que aprendió en una ronda de mujeres y que se escuchará repetidamente durante estos días, en encuentros informales y madrugadas del off festival, como un mantra musical del viaje a Portugal: "Deste-me uma pêra verde / Estava a meio de amadurar / Pêra verde minha verde pêra / Não me venhas enganar". En esa canción aparece la ternura agreste del canto colectivo alentejano de Evora, una región donde se producen los mejores vinos del país y una cadencia viajera con cruces con la música europea y africana, con el mismo destino errante del fado.

El fado aparece de noche en una cantina llamada A Tripeira, a metros de Praza Giraldo, donde está el escenario principal. No hay turistas. Sólo están Eduarda, la dueña del local, su esposo cocinero y un puñado de músicos de España, Perú y Portugal que pasaron por los escenarios de la feria. Hay tres mesas. En el lugar no entran más personas. La fonda es punto de encuentro informal. El licor de poleo y las jarras de vino de la casa circulan por las mesas junto a los petiscos de bacalao, pulpo y queso de cabra. Una voz rompe el silencio. El rostro joven de Teresa Mazedo, cantora del grupo de fado Alma, tiene el rictus de una Marlene Dietrich joven y, con la mirada perdida, parece enfocada en una tierra sin tiempo del fado. Antes todo había sido bullicio y alegría por los huaynos peruanos tocados por el musicólogo Julio Mendivil. Ahora todo es silencio, hondura, ceremonia. Por un instante, la cantora recuerda el espíritu de una de las canciones más célebres de Amália Rodrigues "Todo esto es fado", donde resumía una filosofía de vida: "Amor, celos, ceniza y fuego, dolor y pecado. Todo esto existe; todo esto es triste; todo esto es fado".

Festival de Fado en el CCK

Actividades

Conciertos, proyección de películas y conferencias que ofrecen una panorámica actual del fado

Artistas

Luis Guerreiro (guitarra portuguesa); Marco Rodrigues y Luisa Rocha, y la cantante Carminho.

Cuándo

Desde hoy y hasta el domingo, con entrada libre y gratuita, en Sarmiento 151

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