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El último bastión de la música clásica

Martes 07 de junio de 2016
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"Es como un dinosaurio que sobrevive a la extinción." Frank Marmorek sonríe. A sus espaldas, tras un generoso ventanal, se extiende la plaza Lavalle: una deslumbrante sucesión de copas de árboles, en su mayoría añosos. Magníficos.

Me sorprendo pensando que parece otra plaza vista desde aquí, el sexto piso de la oficina del director de Buenos Aires Lírica. Me digo que la vengo atravesando demasiado rápido en el último tiempo; demasiado ensimismada, sólo pendiente de la asfixiante agenda diaria, apurada y ciega frente a las maravillas verdes que ahora me inundan la vista.

"Sí, como un dinosaurio", insiste Marmorek, que todos los días contempla la plaza que acabo de redescubrir. Y que, del mismo modo en que valora el cotidiano tesoro que vibra tras los vidrios de su oficina, desde hace años insufla vida a esa entidad supuestamente jurásica: la ópera.

"Cada ópera es un monstruo, una Cleopatra con Elizabeth Taylor y Richard Burton, una producción que puede llevar un año y medio de trabajo -explica, efusivo-. Es una expresión clásica gigante, que fue reemplazada por los grandes espectáculos deportivos o por el rock."

Marmorek es ingeniero. Durante mucho tiempo se dedicó a su profesión, la tecnología, los negocios. Pero, cuenta, la música clásica siempre estuvo con él; se escuchaba en la casa de su infancia y lo acompañó a lo largo de la adultez. "Toda la vida", asegura.

Entonces llegó 2001, el año bisagra. Como tantos otros argentinos, vio cómo la crisis arrasaba con lo que había sido su existencia hasta ese momento. Pero también, como les ocurrió a muchos durante ese año terrible, la ferocidad del cimbronazo convirtió en valor lo que podría haber sido desesperación. "Me reinventé", dice, mientras cuenta cómo nació Buenos Aires Lírica, entidad que el año que viene cumplirá 15 años y que por estos días presenta en el teatro Avenida I Capuleti e i Montecchi, de Vincenzo Bellini.

Marmorek se transporta mientras describe el intenso detrás de escena que implica cada apuesta lírica. Ese artefacto eminentemente complejo que es la ópera implica el conocimiento de cierto repertorio, la elección de determinadas partituras (algunas a mano, otras difíciles de conseguir), la búsqueda de director musical y director de la puesta en escena, la planificación de la escenografía, el diseño del vestuario, la organización de los ensayos, la articulación de piano, orquesta, coro, actores.

"¿Te imaginás lo que es coordinar 120 agendas?", pregunta, más retóricamente que otra cosa. Y se lo ve feliz, exultante ante la enormidad que, unas cuatro o cinco veces al año, su institución pone en escena. Podría haber sido agobio, pero lo que exuda es orgullo. O, más sutilmente, amor. Por eso pienso en El fanático de la ópera, ensayo donde el sociólogo Claudio E. Benzecry justamente -y a conciencia de lo poco ortodoxo del término en el marco de las ciencias sociales-habla del "amor por" como clave para entender el universo de los aficionados a la ópera. "Un apego que arranca a la persona de lo mundano -escribe Benzecry-, la lleva fuera de las fronteras del sí mismo, la entrega a la renuncia de sí y la prepara para los sacrificios." Un apego que, sí, se parece mucho al enamoramiento. Benzecry insiste: rescata la "sensualidad de la experiencia"; habla de "idealización del objeto de apego", de "compromiso", incluso de "comunión de almas". En el mundo apasionado de la ópera existe un componente cercano al de los principios del amor romántico, nos dice el sociólogo. Pero también -continúa- la habitan dos aspectos que mucho tienen que ver con la modernidad: "estados de autotrascendencia y autoformación". Demasiada intensidad para pensar que apenas se trata de un blando pasatiempo de melómanos.

"Somos los últimos mohicanos", afirma Marmorek, convencido de que la lírica alberga "el último bastión de la música clásica."

Inevitablemente extranjera para este mundo, más cercana a esa continuación de lo operístico que a veces pueden terminar siendo el cine o los grandes recitales de rock, creí entender parte del entusiasmo de Marmorek. O algo del "enamoramiento a primera vista" del que habla Benzecry. Fue hace unos meses, un domingo por la tarde, en el teatro Avenida. Asistí a la presentación de la ópera Faust, de Charles Gounod, y de repente todo -apatía dominguera, cielo gris, cansancio acumulado- se hizo a un lado: me descubrí inmersa en una fiesta. Pura belleza sonora, visual, emotiva; el discreto placer de las charlas en el entreacto, el tintineo de alguna copa de champagne. Supe que, más que de un fósil vivo, estaba siendo parte de una celebración.

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