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Un tábano necesario para la república

Más allá de la vehemencia o la elocuencia a veces exasperada, la diputada de Cambiemos encarna el espíritu con el que, en todas las épocas, mujeres y hombres lúcidos advirtieron las consecuencias que se derivan de abrir una brecha entre la ética y la política

Santiago Kovadloff

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LA NACION
Miércoles 08 de junio de 2016
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Foto: LA NACION

Tábano lo llamaron a Sócrates porque desbarataba a los presuntuosos de su tiempo probándoles que el saber con el que creían contar no era consistente. Tábano lo apodaron porque no se resignaba a rendir pleitesía al cinismo ni a someterse a un poder que carecía de sustancia moral. Tábano porque desnudaba, ante la suficiencia de los ricos, la pobreza de sus espíritus. Tábano, en fin, porque a las respuestas convencionales y encubridoras de la verdad prefería las preguntas laboriosas que concebían esa verdad como una tarea y no como una certeza.

Antes de Sócrates, y después de Sócrates, se conocieron figuras así. De modo que las hubo en el pasado, las hay en el presente y siempre las habrá. No abundan pero son notorias. La mala semilla que asegura su periódica y provechosa reaparición se reimplanta sin cesar en las sociedades humanas: es la deuda que el poder político contrae con la ética. Es ella la que promueve su renovado florecimiento. Me refiero a ese resurgimiento periódico de los grandes moralistas que, sin medir riesgos, extienden su dedo acusador hacia el delito de toda índole: el robo, la corrupción, el crimen y la impunidad. Y ello es así porque es uno solo el temor que desvela a esos moralistas: que el desenfreno brutal que corrompe al Estado y desmerece el valor de la vida cívica no encuentre el castigo que se merece.

Solón, el griego, fue uno de ellos, 600 años antes de Cristo. Lo fue Catón, el censor romano, cuatro siglos después. Y antes que ellos lo fueron los profetas judíos, cuyo rasgo distintivo, lejos de lo que suele creerse, no fue la adivinanza febril del futuro sino el lúcido discernimiento de las consecuencias sombrías que habrían de acarrearle a Israel la distancia abierta por sus gobernantes y sacerdotes entre ética y política, es decir, entre la ley cuya vigencia reclamaban los mandamientos mosaicos y el despotismo incalificable que regía sus conductas en la administración del reino.

Así entendido, el espíritu profético está lejos de haber muerto en nuestro tiempo. Quien quiere ponderar su consistencia en el siglo que acaba de pasar lo encontrará encarnado en las figuras de Gandhi, Teodoro Herzl, Martin Luther King, Albert Camus y Nelson Mandela. Entre nosotros y en su escala propia, ese espíritu hoy tiene un nombre. Es el de Elisa Carrió.

La desmesura, la vehemencia, la elocuencia a veces exasperada, el error ocasional no son ajenos al espíritu profético. Sin embargo, su retórica contundente jamás está reñida con la reivindicación de lo moralmente indispensable. Locos se llamó a los profetas en el remoto pasado judío. Loca la llaman muchos a Elisa Carrió. Aquellos que mejor representan los valores esenciales de cada época suelen estar a merced de la incomprensión de su propio tiempo. Esa incomprensión no es menor en el nuestro.

¿Qué denuncia Carrió? El crimen impune. El saqueo insaciable del Estado por parte de quienes deberían haber sido garantes de su integridad. La política ejercida contra el pueblo al que se dice representar. La mentira enmascarada en las palabras. El cinismo sin escrúpulos que se presenta como despliegue de dignidad. El empobrecimiento sistemático de millones de compatriotas.

Entre los muchos que se presentan como voceros del sentido común y abanderados de lo viable, abunda la presunción de que la radicalidad ética de Elisa Carrió es incompatible con la política, entendida, según se dice y se repite, como "el arte de lo posible". Ocurre que Carrió no es Groucho Marx. No negocia sus principios morales. No tiene otros. Su concepto de la vida personal y comunitaria le impone esa intransigencia. Entiende que sin ellos, si no se parte de ellos como condición inamovible de todo acuerdo ulterior, la política se envilece. A esos principios y con acierto, Eduardo van der Kooy los llama "sus convicciones". Y nos dice cuáles son: "La sociedad reclama un resarcimiento ético que Cambiemos prometió en su campaña; todo lo que no se haga en ese aspecto en los primeros tiempos de gobierno corre riesgo de desvanecerse más adelante; no habría que darles a las mafias que operan en la política la facilidad de reacomodarse. «O ganan los honestos o quedamos en manos de los mafiosos», profetizó la diputada. No se ocupó de hacer diferencias entre el pasado y el presente".

Puede que Carrió tenga razón, estiman otros. Pero, añaden, por ahora es todo lo que tiene. No es así. Carrió forma parte de una alianza política. Integra una fuerza política que gobierna el país. Representa, también ella, a esa fuerza. Apoya a un presidente que la reconoce como su interlocutora. Y suman muchos, en Pro y aun en la oposición, los que la consideran imprescindible no sólo para el buen cumplimiento de esta gestión de gobierno, sino también para la república. Una república que perdimos y que es preciso recuperar. Ha sabido decirlo con precisión Joaquín Morales Solá: "Carrió es, al fin y al cabo, una referente para la coherencia moral de la administración". Es que sin coherencia moral no puede haber ejemplaridad en la gestión pública. Sin esa ejemplaridad será inútil reconstruir la economía y devolverle fortaleza a la inversión y al trabajo. En esa lucha por la dignificación de la acción del Estado, no son menos persistentes otras dos mujeres, esta vez de la oposición: Margarita Stolbizer y Graciela Ocaña. También ellas son signos de una Argentina que quiere aflorar reconciliando la ética con la política.

El desafío que impone el presente es gigantesco. Se trata, en esencia, de llevar a cabo una transformación cultural. Una reconstrucción de la fe en el valor moral de la acción política ante un pueblo que ha sido engañado, burlado, humillado y sometido a la explotación moral y material por quienes aseguraban representarlo. Carrió encarna, en su carácter de parlamentaria, la decisión de superar tanta bajeza. Y dígase esto bien claro: no está persuadida de que se podrá llegar a donde ella quiere. Está persuadida de que, bajo ningún concepto, quienes hoy gobiernan el país deben dejar de empeñarse, sean cuales fueren las dificultades, en orientar su gestión hacia ese futuro.

Una y otra vez lo repite: se trata de elegir entre el pasado y el porvenir. A la luz de lo que se propone, a la luz de lo que emprende cada día, sus desaciertos representan infinitamente menos que la verdad fundamental que la asiste y la inspira. No se pude ignorar que a Carrió la alienta un sueño de difícil cumplimento. Pero no menos evidente es que, mediante ese sueño, Carrió combate, como muy pocos, una pesadilla real.

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