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La ferocidad de las carcajadas

Sobre Piquito a seca, de Gustavo Ferreyra

Domingo 12 de junio de 2016
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PARA LA NACION
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De vez en cuando los escritores atentan contra el mercado. Es cierto que por lo general es el mercado, con sus múltiples condicionamientos, el que atenta ya no sólo contra la obra sino contra la supervivencia misma del escritor, pero también lo es que sobran episodios en los cuales la tortilla, para usar un término pasado de moda -¿y qué puede ser más demodé que hablar en contra del mercado?-, se invierte. Vale decir, el escritor provoca al mercado, subvierte sus términos, lo niega o bien se ríe de él. Ahí está Salinger, apartándose del mundo; más modestamente puede sumarse el caso de James Salter, cuyo mito creció a la par de la angustia de sus editores, que envejecieron esperando un nuevo libro durante décadas; o entre nosotros, el desafío abierto de César Aira, dispuesto a entregarle un libro a cualquier joven editor con buenas intenciones.

Lo de Gustavo Ferreyra (Buenos Aires, 1963) corre por otros carriles, aunque se trata también de un contundente gesto de fe y autonomía. No sólo está para probarlo su escritura -feroz, perturbadora, incisiva, espiralada-, un modo de contar que funciona más bien horizontalmente, cuando se sabe que la mayoría de los lectores son adeptos de la verticalidad, desconfían de las digresiones, de la inmovilidad, de perder el tiempo. Sino que además se enfrasca en una serie imprevisible: al libro inicial -Piquito de oro, publicado en 2009-, le adosa dos eslabones más: el que ahora se publica, Piquito a secas, y otro que aún permanece inédito y continúa las aventuras del mismo protagonista.

Piquito a secas vuelve imprescindible el diálogo con su predecesor, no sólo porque continúa con el perpetuo rumiar del personaje, sino porque la primera entrega proponía una intriga que no se resolvía del todo o se resolvía elípticamente. El mismo Ferreyra señaló allá por 2009: "Son dos historias que se alcanzan más allá de la novela. Van a converger en un vértice. Sólo que la convergencia no aparece. Quizá escriba en el futuro el posvértice. Pero nunca el vértice".

Ese futuro llegó con Piquito a secas. Leonardo, un sociólogo de treinta y tantos peleado con el universo, demasiado consciente de su propia miserabilidad y del sinsentido de todo aquello que lo rodea, aguarda la resolución de aquel crimen que en Piquito de oro era el núcleo difuso de todo el relato. Es interesante notar hasta qué punto Leonardo recuerda al protagonista de La familia, la notable novela que Ferreyra publicó mientras la doble continuación de Piquito aguardaba en un cajón. Por momentos parece una canibalización de aquel otro (de la misma manera que Piquito de oro dialogaba notoriamente con las ideas y la intensidad del protagonista de El director, otra novela previa del autor). Las coincidencias son varias, no sólo desde la constitución del personaje, que en La familia pretendía dinamitar la célula base de la sociedad y aquí la emprende contra el Sujeto -que "sólo vence cuando se escamotea"-, no sólo desde las resonancias de una conciencia desmesurada, explosiva y delirante, sino desde la peripecia, que entre otras cosas encuentra a Leonardo, aun en su locura, rodeado de acólitos, convertido en una suerte de tímido líder espiritual y filosófico (lo que en La familia llegará al paroxismo y, podría decirse, a la genialidad).

"Tengo miedo de mis ideas", declaraba Piquito-Leonardo en la primera novela, y con razón. En Piquito a secas el recorrido de su mente amerita ser tildado ya de simple locura, y como suele suceder en la narrativa de Ferreyra, lo corrosivo no le roba luces a la comedia. Piquito se imagina en Sierra Maestra, en Stalingrado, y cada frase se vuelve irrespirable por lo intenso y con frecuencia por lo imprevisto. Esto sucede muy particularmente en los fragmentos escritos en primera persona, que alternan con una voz en tercera, más descansada. Como con Robert Walser, un escritor con el que a su manera establece múltiples lazos, Ferreyra posee una inusual capacidad para arrancarle al lector una carcajada tras otra y dejarle, al mismo tiempo, un indisimulable sabor amargo.

PIQUITO A SECAS

Por Gustavo Ferreyra

Alfaguara

333 páginas

$ 259

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