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Feria de Mataderos: la fiesta dominical donde la tradición se acerca a los porteños

Desde hace 30 años, unas 15.000 personas participan de una celebración gauchesca con más de 700 puestos de venta de productos caseros; hay desfiles de caballos y shows folklóricos

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PARA LA NACION
Sábado 11 de junio de 2016
Los visitantes copan la Avenida de los Corrales, en Mataderos
Los visitantes copan la Avenida de los Corrales, en Mataderos. Foto: María E. Cerutti / AFV
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Todos los domingos a la mañana, Arturo Minetti y su hijo Francisco cargan la camioneta en Navarro, provincia de Buenos Aires, y salen a la ruta muy temprano. A la noche, cuando levantan el puesto de confituras y conservas que hace 25 años tienen en la Feria de Mataderos, recorren cansados los 100 kilómetros de vuelta hacia el pequeño poblado bonaerense.

En una cocina que mantienen obsesivamente limpia, en el medio del campo bonaerense, preparan durante toda la semana lo que venden el domingo en una de las ferias al aire libre más grandes de Buenos Aires. Frutos en almíbar, salsas, chimichurris, dulces caseros, pastas de ajo, miel, aceitunas rellenas... Arturo Minetti tiene todo lo rico que puede conservarse en un frasco en azúcar o aceite, y fue el primero en vender conservas en la Feria de Mataderos, que esta semana cumple 30 años. "Para mí, que estoy todo el día en una cocina, la feria es un lugar de encuentro -dice Arturo-, es una ilusión que se arma a la mañana y se desarma a la noche."

En la Feria de Mataderos hay, entre otras cosas, ponchos y mantas, zapallos en almíbar, mates de madera, metal y calabaza, bombillas y cuchillos tallados, cinturones, monederos y billeteras de cuero, empuñaduras labradas, tejidos en telar, discos de arado, quesos, dulces, chocolates y cervezas artesanales. También hay cubanitos de dulce de leche, frutos secos, bolsos de cuero, cestos de palma del Impenetrable chaqueño, rebenques, riendas y bozales. Las empanadas fritas y el locro se venden todo el año, como los choripanes y las hamburguesas, los panqueques dulces y salados.

Las carreras de sortijas son aquí una tradición campestre en plena urbe porteña, como los desfiles de caballos, la exhibición de destrezas gauchescas y un maestro de ceremonias que, desde el escenario, arenga a los visitantes vestido de gaucho criollo.

Si no llueve, todos los domingos y feriados la feria arranca a las 11 y termina a las 20. El trabajo empieza el día anterior, cuando se arman las 700 estructuras para los puestos que se distribuyen en forma de "T" sobre las avenidas Lisandro de la Torre y de los Corrales.

Delante del monumento ecuestre al Gaucho Resero, en la entrada del Mercado de Hacienda, se levanta el escenario por el que, desde la mañana y hasta la tarde, pasan ballets y grupos folklóricos. Ahí, al mediodía, una docena de parejas con ropas tradicionales baila bajo el sol de invierno. Mirta y Juan Carlos llevan casados 45 años y vienen a Mataderos a bailar todos los domingos, desde hace 30.

Gustavo Barraco, uno de los cientos de artesanos que están en la feria
Gustavo Barraco, uno de los cientos de artesanos que están en la feria. Foto: María E. Cerutti / AFV

Cuando termina la zamba y se rompe la ronda de turistas y curiosos que los miran bailar junto a las otras parejas, se dan un beso breve que queda grabado en varios smartphones que registran el momento.

Entre el público están Alba y Nicola, de Vicente López. No es la primera vez que vienen; cada tanto se suben al auto y cruzan la ciudad hasta Mataderos. "Me gusta ver todo lo que es artesanal, todo lo que invierte la gente en las cosas que hace", dice ella con dos bolsas llenas de licores y aceite de oliva.

Más allá de las empanadas fritas de carne, a él le gusta el estado de ánimo que despierta el lugar. "Recién estuve viendo cómo bailaban y vi que todos están felices en la feria. Yo no podría bailar por mi temperamento, pero me pone feliz que otros lo hagan."

La Feria de Mataderos nació en 1986 gracias a Sara Vinocur, una profesora de literatura que trabajaba en el área de Cultura de la municipalidad porteña. Vinocur, que sigue siendo la coordinadora de la feria, dice que fue de casualidad que descubrió el Mercado Nacional de Hacienda y que enseguida le gustó esa atmósfera rural en pleno Buenos Aires, que le hacía acordar a su pueblo natal, San Germán.

Empezó a idear la posibilidad de armar algo en esa zona que, recuerda, "estaba muy dejada". Y agrega: "Comencé a pensar en un espacio que en Buenos Aires no había y que tenía que ver con nuestras tradiciones y nuestra identidad, como un encuentro de todas las provincias en un espacio único donde, además, la gente de otros lugares que vive en Buenos Aires pudiera manifestarse". Con eso en mente empezó a recorrer otras ferias buscando a los primeros artesanos que se instalarían frente al Mercado. Recorrió toda la ciudad y los pequeños pueblos bonaerenses: Azul, Olavarría, Carmen de Areco. Reunió a un grupo de artesanos criollos e indígenas, y el 8 de junio de ese año se armó la Feria de Mataderos. No había escenario y eran, literalmente, un puñado de puestos. Desde ese día no hizo otra cosa que crecer.

Entre esos primeros artesanos estaba Gustavo Barrancos, que entonces tenía 23 años y era ex combatiente de Malvinas. Barrancos es un chaqueño que hoy tiene un puesto sobre Lisandro de la Torre, cerca del escenario, donde vende sus mates de metal tallado: "Sara nos dijo a los artesanos que acá íbamos a tener un lugar para nosotros y muchos nos lo tomamos en serio. Hoy es mi lugar en el mundo. Nos enseñó que el arte es una manera de vivir, un trabajo, que no se trata de poner un puestito nada más, sino que hay que tener una producción y hoy por eso ésta es la feria más federal de la Argentina".

A Barrancos le gusta recordar que por el escenario de Mataderos pasaron "los músicos más importantes de la patria". En la lista están el Chaqueño Palavecino, Chango Spasiuk, Teresa Parodi, Antonio Tormo, Los Carabajal, Soledad Pastorutti, Víctor Heredia y Jairo, entre otros.

Rómulo Tirri es hijo de Vinocur y se encarga de la producción artística de los shows. Él creció entre los pasillos de la feria y la vio transformarse de un pequeño refugio de artesanos a esto que es hoy, un encuentro que, en promedio, atrae a 15.000 personas cada domingo. "Al turista le fascina encontrar acá la argentinidad, pero en estado puro, no for export", dice Tirri mientras recorre la feria repartiendo abrazos.

Y agrega: "En Mataderos uno puede toparse con el provinciano que conserva su tonada y que encuentra acá ese pedacito de tierra que perdió. Hay mucha gente que espera que llegue el domingo para olvidarse en esta feria popular de todos los problemas. Se ponen a bailar un gato, una chacarera, un escondido, una zamba; se encuentran con sus amigos y el domingo, que es un día triste, se convierte en el más esperado de la semana".

Un lugar muy visitado

Dónde se realiza la popular feria, una tradición que se repite cada domingo

Un museo que conserva el legado criollo

El profesor Orlando Falco nació y vivió toda la vida en Mataderos. Presidente de la Junta Histórica del Barrio, hace siete años dirige el Museo Criollo de los Corrales, que nació con la idea de conservar el legado gauchesco del barrio, cuando los mataderos públicos y el mercado se trasladaran fuera de la ciudad de Buenos Aires.

Pero eso nunca sucedió: el museo tiene 53 años y aunque los mataderos se demolieron en la década del 70, el mercado nunca se fue y todavía hoy el pulso del barrio es inseparable del pulso de la compra y venta de ganado.

"Siempre hubo mataderos en Buenos Aires que se iban corriendo a medida que crecía la población. Hubo mataderos donde está el Edificio del Plata, hubo mataderos en Corrientes y Pueyrredón, el matadero de Echeverría estaba donde hoy está la plaza España. Después se trasladaron a lo que hoy sería el Parque de los Patricios", explica Falco. En 1887, cuando los territorios de Flores y Belgrano se incorporaron oficialmente a la ciudad de Buenos Aires, las autoridades decidieron trasladar esos mataderos de Parque Patricios a esta zona. Y así nació el barrio.

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