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El fracaso del chavismo lo pagan los pobres

La escasez que jaquea al país y golpea más fuerte en los barrios humildes obliga a hacer largas colas en busca de comestibles y medicamentos, mientras los revendedores lucran con la necesidad popular

Martes 14 de junio de 2016
PARA LA NACION
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Foto: LA NACION

Caracas.- Leche en polvo. Dentífrico. Jabón. Papel higiénico. Eso fue lo que mi mejor amiga me encargó cuando le dije que viajaría a Venezuela. Otro amigo me pidió champú e hilo dental. "¿No puedes esperar a que la situación esté un poco más tranquila para viajar?", preguntó mi padre. Le dije que no. Me habían invitado a presentar allá mis dos últimos libros y la fecha estaba pautada. Al día siguiente de que acepté ir, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, propuso aplicar a Venezuela la Carta Democrática Interamericana. Nicolás Maduro rechazó la medida inmediatamente: "Métase su Carta Democrática donde le quepa", dijo, y acto seguido llamó a una "rebelión nacional".

A pesar de que viví allá más de la mitad de mi vida, hacía ocho años que no visitaba Caracas. Encontré la ciudad tan hermosa como siempre. Muchos caraqueños se quejan de que ahora está más sucia, pero no noté diferencia con la época, anterior al chavismo, cuando viví allí. Visualmente, las diferencias más evidentes son dos: ha desaparecido el tránsito que antes hacía intransitables las autopistas y las principales arterias de la ciudad para dejar lugar a otras colas, no ya de automóviles, sino de personas. No hay tránsito porque en el país con mayores reservas de petróleo del mundo la administración pública trabaja apenas dos mediodías a la semana para ahorrar electricidad y porque cada automóvil que se avería es uno más que deja de circular, pues no se consiguen repuestos. Como contrapunto, las colas humanas empiezan a formarse desde antes del amanecer frente a todas las panaderías, farmacias y supermercados, sin importar de qué zona de la ciudad se trate. Son colas desordenadas de dos, tres y hasta cuatro cuadras, formadas por personas que empiezan a llegar a las cinco de la mañana con la esperanza de ser las primeras en entrar y poder adquirir, a precio regulado, productos de primera necesidad.

Había visto tantas fotografías de las colas en los medios de comunicación que al principio no me sorprendieron. Fue sólo dos días después de haber llegado cuando, al pasar frente a una de ellas en un barrio de clase media, me di cuenta de que quienes formaban la fila parecían personas provenientes de barriadas más humildes. Pensé que podía ser una casualidad, pero en el siguiente mercado y en la siguiente panadería noté lo mismo. Al inicio y a la retaguardia de cada cola había un militar con un fusil. Teóricamente están ahí para mantener el orden, pero es vox populi que los uniformados son un engranaje más del mecanismo que impide que quienes llegan de madrugada sean los primeros en entrar. Los militares que vigilan la cola son los mismos que –a cambio de dinero o favores– dejan pasar antes a los revendedores que lucran con este macabro sistema de distribución de alimentos.

La abundancia de personas que van desde barrios muy humildes a hacer colas en los mercados situados en zonas de clase media es fácil de entender. El desabastecimiento generalizado hace necesario salir a buscar comida por todas partes, pero quienes tienen tiempo y están más necesitados de comprar los productos regulados son los más pobres: quienes no tienen empleo, quienes tienen familias numerosas y pocos ingresos, quienes no pueden pagar los productos a los precios a los que los venden los revendedores. También personas de clase media venida a menos, como oficinistas, plomeros, albañiles, pintores, tienen que dejar sus lugares de trabajo para ver si encuentran algo en supermercados o farmacias. Se quejan amargamente porque deben dedicar gran parte de su tiempo a hacer colas. Las empleadas domésticas –que necesitan su entrada diaria desesperadamente para sobrevivir– muchas veces no pueden ir a trabajar porque pasan el día haciendo cola. Otros deciden evitar los madrugones y comer sólo lo que se consigue con facilidad. "Yo ya no me preocupo por encontrar harina, pan o azúcar", me dijo Carmen, una mujer que trabaja por horas. "En mi casa comemos mandioca y frijoles."

Estuve una semana en Caracas. Lo suficiente para comprobar el hastío y la desesperación generalizada en las calles. Durante esos días, Maduro anunció que los artículos de la canasta básica ya no se venderían en los supermercados y que, precisamente, para eliminar el acaparamiento, las colas y los sobreprecios, se distribuirían solamente a través de los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción). El mismo día del anuncio, hubo decenas de protestas en todo el país. "Estamos frente a una sociedad en rebelión y a un Estado incapaz de encauzarla, comprenderla y gobernar adecuadamente", afirma el escritor, ensayista y analista político Joaquín Marta Sosa. "No olvidemos que el chavismo no llegó para gobernar bien y con eficiencia, sino para llevar a cabo una revolución. Al no lograr ni lo uno ni lo otro, el resultado es una situación tan caótica que resulta imposible superarla con el gobierno actual, que, además, se niega de manera numantina a dejar que la ciudadanía se exprese en el muy constitucional referendo revocatorio, propuesto y aprobado por los mismos chavistas en la Constitución vigente."

La profesora universitaria Magaly Huggins afirmó que el control de los CLAP presupone el establecimiento de hecho de una especie de "apartheid" alimentario. A simple vista, la medida no sirvió de nada, porque las colas siguen ahí: los revendedores no quieren perder su tajada, los CLAP funcionan a medias y en pocos lugares, y lo poco que tienen para ofrecer es para los amigos del partido, no para todos. Quienes necesitan comprar a los precios regulados siguen haciendo horas de fila bajo el sol del trópico. Quienes compran para revender tardan menos porque sobornan o coaccionan a quien corresponda para comprar productos que luego venden hasta cuarenta veces más caros. "En muchos casos no se trata simplemente de individuos o familias necesitadas, que bajan a la ciudad a procurar alimentos, sino de grupos organizados, muchas veces de naturaleza mafiosa, que buscan acaparar los pocos alimentos existentes a precios regulados, utilizando con frecuencia procedimientos violentos o intimidatorios", señala Héctor Vanolli, ex representante permanente del Centro Carter en Venezuela. Y agrega: "La idea del supermercado de barrio, destinado a abastecer a los vecinos del lugar, prácticamente ha desaparecido en Venezuela. Todos los sectores están a la caza diaria de alimentos, en los supermercados en que los encuentren. En la base del problema está el quiebre de los sistemas gubernamentales de distribución y abastecimiento alimentario destinados a los sectores populares, como la red Mercal".

A los revendedores se los reconoce por su cara de pocos amigos y porque entran antes y compran más que todos los demás. Se les llama "bachacos", que es el nombre que se da en Venezuela a las hormigas cortadoras. Grandes y voraces, esas hormigas llevan sobre la espalda trozos de hojas y flores que no comerán ellas, sino que servirán para alimentar a la reina. Lo mismo pasa con mucha de la gente que se ve en las colas: llevan comida que enviarán luego a domicilio a la gente de la clase alta, formada tanto por los sectores tradicionalmente pudientes del país como por la nueva aristocracia venezolana vinculada al régimen.

"El empeño chavista en aplicar el modelo político y económico de los gobiernos de tipo autoritario marxista ha provocado la destrucción de la red productiva, un mayor empobrecimiento de las clases populares y esta suerte de comienzo de rebelión popular en busca de la comida desaparecida", afirma Marta Sosa. Evidentemente, el autodenominado socialismo del siglo XXI no ha revertido, en los 17 años que lleva en el poder, ni la estructura de clases ni la tremenda desigualdad social y económica preexistentes. La revolución no ha sido tal. Los ricos no hacen cola, sino que reciben la mercadería en su casa. La clase media ha sido diezmada por una inflación que sólo el año pasado fue del 180,9%, de acuerdo con cifras del BCV. Y, como tantas otras veces, los más pobres siguen siendo los mismos.

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