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Gladys Steffani: "La marcha de #NiUnaMenos no me gusta, la veo muy política"

Su hija, María José Coni, fue una de las jóvenes asesinadas en Ecuador; a casi cuatro meses del crimen, insiste en que hay vínculos con el comercio de drogas y la trata de personas

Martes 14 de junio de 2016
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PARA LA NACION
''Just Breathe'', el cartel que está en la habitación de María José Coni, la hija de Gladys Steffani
''Just Breathe'', el cartel que está en la habitación de María José Coni, la hija de Gladys Steffani. Foto: LA NACION / Marcelo Aguilar

MENDOZA.- Gladys Steffani, de 62 años, fija la mirada en el espejo de la habitación de su hija y no puede dejar de viajar mentalmente a unos 5000 kilómetros de distancia. Sobre el marco de madera, cuelga un cartel en el que se lee: Just breathe (sólo respira). Toda la familia se iba a tatuar esa frase cuando se reencontraran. Pero María José Coni, de 22 años, y su amiga Marina Menegazzo, de 21, nunca volvieron. El 22 de febrero pasado, fueron asesinadas mientras estaban de vacaciones en Montañita, Ecuador.

A casi cuatro meses del doble crimen, Steffani se muestra con la misma fortaleza que hizo que viajara a aquel país para empezar una investigación paralela a la de la justicia ecuatoriana.

Steffani abrió las puertas de su departamento a LA NACION para contar cómo es su vida después del crimen, cuestionar el uso político de las marchas #NiUnaMenos, exponer lo que espera de la justicia ecuatoriana y hacer un llamado al Gobierno y al papa Francisco porque, según dice, siente que los familiares de las víctimas están relegados.

"Es muy duro y difícil todo, pero tengo que estar fuerte, por mi hijos. Ahora tenemos en frente el juicio contra los dos detenidos. Esperamos que salgan a la luz más cosas para abrir más pistas y avanzar con la investigación, que no está cerrada. Insistimos en que hay alguien más grande detrás de todo, vinculado a las drogas y la trata", dice.

Camina de la cocina al comedor del departamento que comparte con dos hijos y un nieto en el sexto piso de un edificio en avenida San Martín Sur, en Godoy Cruz. Se siente incómoda al hablar de las marchas de #NiUnaMenos porque cree que se usaron políticamente y que el crimen de las dos chicas es diferente a los que pueden catalogarse como femicidios porque, para ella, hay un trasfondo social más violento y "enfermo" que el de género. Lo expone en estos términos: "La marcha de #NiUnaMenos no me gusta, la veo muy política.Tuve que salirme de la fila porque pedían por [la liberación de] Milagro Sala. En el fondo, hay que enfocarse en la sociedad, que está enferma, y en las drogas, que están haciendo estragos. Por más que hagas una marcha, al otro día tenés dos crímenes. No se pueden comparar estos casos [el de su hija y Menegazzo] con violencia de género. Hace falta más educación, terminar con la gente enferma, meterla presa y que se reclamen leyes más fuertes".

En los comienzos de la investigación, se sorprendió ante la intromisión de la Justicia en la vida privada de su hija. Pero hoy se asombra más por las pocas repercusiones que encuentran en el Vaticano este tipo de casos. "Yo sé la hija que tuve. Creo que debería existir la pena de muerte. Tenía gran admiración por el Papa, pero hoy lo tengo allá abajo. En ningún momento habló de estos casos ni recibió a madres que han perdido a sus hijos de esta manera", señala. Y cuestiona a Francisco: "No puedo aceptar que les lave los pies a los presos, que reciba a la señora Hebe de Bonafini -que es lo peor que he conocido en mi vida- o le envíe de regalo un rosario a Milagro Sala. ¿Dónde están los derechos de las víctimas? Nadie nos asistió psicológicamente. Todos tenemos que costearnos los profesionales de salud mental. Tenemos criaturas de 12 años violadas, asesinadas y el Papa nunca llamó a sus familias. ¿Cuántas veces fue la ex presidenta? ¿Quién es ella más que una madre que está pasando por este dolor?".

Después de enviar cartas a diversas dependencias oficiales, dice que sólo el embajador argentino en Ecuador, Luis Juez, mostró preocupación y se comprometió a asistirlos en los próximos meses, cuando comience el juicio. Según alega, aún esperan la llamada del gobierno nacional. "No puede ser que haya que estar mendigando ayuda. Que el Estado haga algo. Acá, lamentablemente, los derechos humanos están para los que cometen los crímenes. Nadie me llamó. He escrito cartas dirigidas al Gobierno para viajar cuando empiece el juicio. Son costos que debería afrontar Ecuador, pero lo estoy tramitando acá en el país y me están derivando de Cancillería a Jefatura de Gabinete, con Marcos Peña, y de ahí al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Todavía estoy esperando que me contesten y ya hace un mes. Tenemos derecho a viajar todos los que podamos: nos mataron a una hija."

El 22 de febrero pasado, las estudiantes universitarias Coni y Menegazzo fueron drogadas, abusadas, golpeadas y tajeadas hasta morir en Montañita. Sus cuerpos fueron hallados envueltos en bolsas plásticas en un descampado. Por el caso hay dos detenidos: Alberto Segundo Mina Ponce, de 33 años, y Aurelio Eduardo Rodríguez, de 39. Sin embargo, se sospecha que hay más involucrados. Mientras tanto, se espera el comienzo del juicio, que se prevé que será a más tardar en septiembre.

El impulso

Steffani sigue dudando de la investigación y, sobre todo, de la rapidez con la que se intentó cerrar el caso. Para ella, hay varias contradicciones e inconsistencias.

"Si no estuvieran mis hijos, estaría viviendo en Ecuador, siguiendo con nuestra investigación. Por momentos no me cierra nada, siento que nos contaban el cuento de Caperucita Roja.Es algo que nos tortura todos los días", indica. Y agrega: "Estoy cada vez más convencida de que hay más personas involucradas, algún pez gordo, la policía. Todos saben que en Montañita se vende droga de día y noche. El perfil de Majo y Marina no encajaba en ese lugar. Ellas les advertían a muchos chicos que tuvieran cuidado con las drogas, mientras vendían sus ensaladas de frutas y hamburguesas. Puede haber sido un ajuste por advertir", dice.

Hoy su vida tiene dos motivaciones: luchar por el futuro de sus cuatro hijos -María Emilia, Juan Manuel, Felipe y Martina- y sus tres nietos y lograr el esclarecimiento de los crímenes.

Para sus vecinos y conocidos siempre fue una persona inquieta, curiosa y luchadora. En diálogo con LA NACION, dijeron que sienten admiración por su fortaleza y están convencidos de que no parará, que moverá cielo y tierra hasta conocer qué ocurrió a más de 5000 kilómetros de su casa, en Montañita, después de la siesta del 22 de febrero, cuando escuchó por última vez la voz de su hija, que emprendía el regreso. Desde ese día, Steffani sólo respira para tomar fuerzas y no dejarse caer.

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