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El barrio Los Andes, una comunidad colectiva que sobrevive en pleno Chacarita

La intimidad de una manzana que alberga unas 500 personas organizadas en comisiones de trabajo; un recorrido por la biblioteca, la administración y el patio interior, el orgullo de los vecinos

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LA NACION
Jueves 16 de junio de 2016 • 02:03
Una vista del barrio Los Andes, en el corazón de Chacarita
Una vista del barrio Los Andes, en el corazón de Chacarita. Foto: Gentileza barrio Los Andes

Al barrio colectivo Los Andes, una manzana de "casas obreras" inaugurada en 1927 en Chacarita, se puede entrar desde su biblioteca una tarde de invierno en la presentación de un libro sobre Baldomero Fernández Moreno, poeta que le da nombre a esa esquina de Concepción Arenal y Guzmán. Si no aman las plantas no amarán el aire / no sabrán de música, de rimas, de amor / nunca se oirá un beso..., se leen los versos de Setenta balcones y ninguna flor en la entrada. Las demás cuadras que delimitan el barrio son las calles empedradas Leiva y Rodney.

A la hora de la siesta casi no hay vecinos en las veredas. Alguno que otro: una joven con auriculares sin intenciones de detenerse; un grupo de chicos que sale de una clase de teatro; un señor cuarentón de colita que cruza el barrio pero trabaja atrás, en una metalúrgica. El paisaje está quieto: un gato negro echado al sol de la tarde; dos sillas tipo reposeras, a la espera de su dueño.

En un día de semana común y corriente la actividad en la biblioteca se limita a recibir a los habitués del lugar, visitantes de este barrio o de otros que se acercan, a veces con sus propios libros, para leer en silencio. Como José Caballero, un señor flaco, canoso, que se presenta como "retirado del servicio de inteligencia" y extiende una tarjeta personal. Viste traje marrón entallado, corbata, lleva maletín. "Me rinde muchísimo la lectura acá. Casi todos los días vengo".

-¿Quiere mate?, le ofrece, desde atrás de un mostrador antiguo, Ricardo López, un empleado de la biblioteca. Caballero acepta el mate cocido que le sirve y lo bebe de a sorbos cortos. "Yo lo conocí a Borges cuando no era ciego todavía", dice, como para sacar tema. "Estaba en la Biblioteca Nacional, me acuerdo".

López, un empleado municipal que hace años le tomó el gusto a este silencio, sigue con su promoción del lugar: "Esto se construyó pensando en una biblioteca para el barrio. Y viene mucha gente; hay fines de semana que no quedan mesas libres". Cuenta que algunos de los socios viven en este "complejo" de más de 500 personas, pero muchos no. También se acercan a estudiar grupos de jóvenes, sobre todo los sábados y domingos. Está permitido que circule el mate y eso se valora.

Así luce el barrio desde afuera, donde no se adivina la belleza del jardín interior
Así luce el barrio desde afuera, donde no se adivina la belleza del jardín interior. Foto: Gentileza barrio Los Andes

Este lunes es de los concurridos. Sin mesas, el saloncito ofrece unas veinte sillas frente a un escritorio preparado para el escritor y periodista Fernando Pieske. Además de las palabras de presentación, se planea proyectar un documental del poeta y médico rural. En la austera biblioteca empiezan a convocarse algunos miembros del club de lectura: 5, 6, 10. La cita es a las 16. El autor empieza con una puntualidad ya no muy habitual. La sala se llena unos 10 minutos después.

Al barrio colectivo Los Andes se puede entrar desde su biblioteca, una de cuyas puertas penetra en el centro del barrio, un espacio verde de pérgolas con una Santa Rita en tonos violeta y una fuente que le da un aire a patio colonial. Según cuenta la historia, el arquitecto Fermín Beretervide trazó este espacio de 157 departamentos de cuatro plantas, con más de 7000 metros cuadrados de parques interiores para que esta disposición comunitaria promoviera la integración entre vecinos. Quizá en un intento por recrear el espíritu de los conventillos típicos de la época.

Ahora dos chicos de unos diez años juegan al fútbol en "la canchita". Una nena, de unos 6, anda de panza en patineta por las calles interiores. No parece haber necesidad de adultos que custodien sus juegos: a diferencia de sus comienzos, por una cuestión de seguridad, el predio está cerrado con portones con llave. "Es un country en el medio de la ciudad", dice el bibliotecario. Y avanza en su recorrido por el patio: "Esto es patrimonio histórico, no se lo puede tocar. Las chimeneas no funcionan, pero no se tocan", señala a modo de ejemplo. "Y con esos aire acondicionado hubo lío". Los rectángulos blancos metálicos y las mangueras de plástico que escupen agua resaltan en las paredes antiguas, con detalles de ladrillos vistos, cuyos techos son de tejas coloniales a dos aguas con estructura de madera y provistos de delicadas molduras.

El patio compartido está pensado como lugar de encuentro entre vecinos
El patio compartido está pensado como lugar de encuentro entre vecinos. Foto: blog lateja1.wordpress.com

A ‘las colectivas’, como se conoce al barrio, también se puede entrar desde la Administración, una oficina que ocupa otra esquina de la manzana y que está precedida por un salón de uso social propiedad de los vecinos. Marisa Soncini, la administradora elegida en asamblea, vive en el barrio desde que nació. Su abuelo fue uno de los primeros habitantes de este complejo y se lo recuerda como al alma mater de este modo de organización que lograron. En su honor, el salón de fiestas lleva su nombre.

Este barrio en su nacimiento estaba administrado por la Municipalidad. Con el paso de los años los vecinos lograron escriturar e iniciaron el "consorcio de autogestión", con una comisión directiva, un consejo de administración y otras comisiones, todos integrados por vecinos que trabajan ad honorem. Aún recuerdan los primeros tiempos en los que hubo que convencer a los más duros de que era necesario hacer un aporte mensual, las expensas, para mantener limpio y arreglado el predio.

En una compilación de testimonios de aquellos tiempos, allá por los años 70, se lee a Chiche Batica: "Como Vera conocía a mucha gente porque había nacido aquí y era amiga de todos, le dije: ‘Vos que conocés vení, vamos juntas a hablarles a los vecinos para comentarles que vamos a hacer un consorcio y que van a tener que pagar expensas’. Un domingo a la mañana nos fuimos las dos a recorrer los departamentos. Muchos nos recibieron y nos invitaron con un café, otros más o menos, pero hasta hubo quienes nos esperaron con un revólver encima de la mesa. Los vecinos no entendían que tenían que pagar, porque la Municipalidad les pagaba todo y vivían muy bien". Con el tiempo se fueron convenciendo y los fondos se usaron en mantenimiento de los edificios y del parque, colocación de bombas de agua, los primeros porteros eléctricos.

Por la Administración, el punto de reunión obligado de vecinos, pasan Rosa Sigal, "Rosita" para todos, que vive en el barrio desde el 70 y preside la comisión de Cultura, y María Rode, "Mary", vecina del barrio hace 52 años, de la comisión de Limpieza. Se suman a conversar, con una verborragia propia de amigas que hace mucho que no se ven.

Aquí se localiza el barrio colectivo
Aquí se localiza el barrio colectivo.

-¿Por qué eligieron vivir acá?

-¿Yo?, interviene Rosita al instante. Era directora de Jardín de Infantes muy cerca de acá. Vinimos a grabar para una fiesta de fin de año. Yo entré, abrí la puerta, y dije: Quiero vivir acá. Y me agarró un ataque. Fue cuando crucé la verja y ví el jardín y todo lo demás. Era el lugar que yo hubiera querido siempre porque estás en el campo, en un bosque en contacto con la naturaleza todo el tiempo.

-Tenemos muchísimas plantas, flores, árboles, apunta Mary antes de que siga Rosita.

-Yo no había visto la construcción, solamente ví eso, el patio. Después sí: la construcción de primera, todo de primera, las escaleras de mármol de carrara, los pisos de madera.

- Madera, madera, ratifica Mary.

-Y hay un teatro. El telón era de terciopelo rojo traído de Francia, con eso te cuento todo. Esta era la primera casa obrera. Obrera no pudo ser, fue de empleados porque salía muy caro el alquiler. Inclusive algunos departamentos tenían doble inquilino. Tienen 3, 4 y 5 ambientes. Con balcones, lavadero y ya entonces había teléfono, dice Rosita. El teléfono en cada casa era una rareza para la época.

-Ahora es peor porque hay quienes compran y subalquilan. Ya no sabemos quién vive Antes el dueño vi-ví-a (enfatiza). Aparte nos conocíamos todos. Eran los abuelos, después los padres, luego los hijos. Como en el caso de Marisa, dice Mary, y señala a la administradora, que sonríe y asiente.

La vecina Susana Aimo, en una entrevista para el canal Encuentro, coincide: "Para vivir en ‘las colectivas’ te tiene que gustar, cualquier persona no puede vivir acá, porque tu vida privada y tu vida pública tiene un hilito débil (dibuja una línea en el aire con sus manos). Si a vos te molesta que los vecinos se metan en tu vida, andá a vivir a otro lado".

Como en un pueblo, la sociabilidad se densifica y la regulación se vuelve más rígida. No se puede ser anónimo y eso es celebrado por algunos: peor es la inseguridad y la soledad.

(entrevistas Canal Encuentro)

-Yo nací acá, mi mamá nació acá. Si me tuviera que ir tendría que ser algo muy superior. Pero ¿qué es superior a esto? Es como un pueblo chico, nos conocemos todos, es seguro... (Marisa se detiene y piensa unos segundos, pero Rosita la interrumpe y sigue).

-Acá nunca estás solo. Tengo un departamento que está en una esquina, tengo siete ventanas que dan al parque. O sea, yo abro la ventana y ya me saludo con el vecino que baja, con el otro y así. Yo siempre digo que mi oficina está en la ventana de mi cocina, dice Rosita, con sus rulos perfectos, sus aros perlados, su maquillaje generoso.

-¿Quedó algo de lo colectivo?

- Quedó todo, todo de lo colectivo, dicen a dúo Rosita y Mary

-Somos especialistas en comisiones. Jajaja. Hay un problema y se forma una comisión. Hace poco se formó una de convivencia, dice Rosita.

-Antes no había problemas de convivencia. Pero ahora… ¡de todo!, dice Mary.

-Ahora cuando salgas a pasear por el parque vas a ver un cartel de lata que hizo un artista plástico: dice, ‘tu caca es mi caca’, y así, tratando de que la gente se enganche con que esto es colectivo, todos tienen que hacerse cargo de la caca de sus perros, de la suciedad, de cuidar el lugar.

Patios interiores del barrio Los Andes
Patios interiores del barrio Los Andes. Foto: blog lateja1.wordpress.com

-Con los chicos hay un reglamento de horarios: de 14 a 16 no deberían abajo estar por la siesta. Pero no. No se respeta. Se respetaba… Mis hijos, que hoy tienen 50 y pico, me decían: ¿mamá, puedo bajar? Hasta las 4 no los dejaba porque hay un reglamento de copropiedad que te dice que no podés. Después hay horario hasta las 22. Y están hasta las 2 o 3 de la mañana. Y la gente grande se queja. Esos son los jóvenes, los mayorcitos, relata Mary.

-Por esto se creó la comisión de convivencia, para los adolescentes. Se arman amigos acá, a veces coincide que van al mismo colegio, aporta Marisa.

Carina Martínez cumple sus bodas de plata como vecina en el barrio. Empezó viviendo sola, unos años después se casó y tuvo una hija, Luna. Ahora vive con ella. Su hija adora el barrio y no quiere mudarse por nada del mundo. "Luna tiene amigos, con quienes se junta a charlar en los patios. De chica, en verano, por supuesto se metía en la fuente, que está en el centro del barrio y se llena cada día para disfrute de los peques. Y giraba de casa en casa, cual comunidad del Chavo. Al llegar de trabajar, nunca sabía con cuántos me encontraría para merendar. Hoy, que ya es adolescente, también disfruta mucho de los espacios comunes con amigos que no son del barrio. Mi casa es un poco la casa del pueblo, y me encanta", cuenta Martínez. Para ella, en cambio, el mayor placer es bajar con su sillita, un libro y música para tomar sol en los jardines no bien despunta la primavera.

Desde la Administración, por la puerta vidriada, el retazo de patio que se ve no alberga chicos ahora. Se adivinan algunas ventanas, trazos de balcones con sus barandas de hierro, alguna pérgola sobre la terraza de un primer piso, árboles. Mary ofrece: "Si querés, antes de que mi marido duerma la siesta, yo te muestro mi casa. Te invito a conocerla. ¿Venís?".

Primero, el patio; después, la escalera de mármol de carrara con baranda de madera madera; entonces sí, el departamento de Juan y Mary. La claridad de la tarde dibuja los objetos con delicados trazos, las paredes blancas de los cuatro ambientes contribuyen a potenciar una luz que llega a todos los rincones. Los ambientes tienen ventanas grandes, incluso el baño, y dos de ellas se comunican con balcones. El arquitecto pensó la distribución de los departamentos de forma que cada cuerpo de edificios, con forma de T o de L, no produzca conos de sombra sobre el del vecino. Pura claridad. "Mi casa está intacta. No reformamos nada", dice.

El verde predomina en los espacios comunes del barrio
El verde predomina en los espacios comunes del barrio. Foto: Gentileza barrio Los Andes

En la oficina, Marisa sigue con sus tareas. Ahora responde un mail a la Biblioteca del Congreso de la Nación porque un grupo de personas de allí vendrá, como cada año, a visitar este sitio histórico. "Es un orgullo para nosotros", dice Marisa. "El barrio se puso un poco de moda, creció mucho… yo no lo cambio por un edificio de esos modernos con SUM o gimnasio. Solamente con los árboles... "

El mercado inmobiliario también lo valora como un lugar exquisito. El metro cuadrado está tasado en unos 4000 dólares, un precio comparable a algunas zonas de Puerto Madero. El resto de Chacarita, donde se localiza esta cuadra de las colectivas, está en un promedio de 1500 dólares el metro. Pese al costo, hay lista de espera para comprar y los alquileres también vuelan: un departamento de 3 ambientes cuesta $8000 mensuales más $700 de expensas, pero es raro que haya alguno libre.

Las vecinas se entusiasman al hablar del espíritu de "puertas abiertas" del barrio. Lo visitan varias veces al año estudiantes de arquitectura; cada año se realiza el Open House, con expertos de urbanismo de Londres; siempre hay visitas guiadas para privados. Interviene Rosita: "Lo que nos propusimos es relacionarnos con el afuera, que no estemos tan encerrados entre nosotros. Acá enfrente hay un jardín maternal, por ejemplo. Es municipal. Nosotros les prestamos este salón y también les prestamos un poquito de sol cuando empieza la primavera, porque ellos no tienen".

Las crónicas de lo que sucede en el barrio quedan registradas en su boletín informativo, un espacio que surgió a finales de los 70. Allí también se promocionan servicios de los vecinos: se consigue electricista, remisero, licores artesanales, enfermera, meditación, por nombrar algunos; se mencionan problemas de inseguridad, anuncios de celebraciones. En uno de los últimos números Liliana Díaz, una astróloga del barrio, publicó la carta natal de Los Andes. "Fecha de nacimiento: 17/03/1927; 11 horas. Con sol en Piscis, luna en Virgo y ascendente en Tauro (...) Por un lado existe una cualidad receptiva, servicial y acogedora, de gran sensibilidad, aunque cautelosa y tímida para expresar sentimientos (...) Probablemente vecinos más introvertidos tengan dificultad para insertarse en este nido ya conformado".

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