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Una gran pareja folklórica

Domingo 26 de junio de 2016
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LA NACION
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Di Paolo y Ledesma, asociados en la música
Di Paolo y Ledesma, asociados en la música. Foto: Prensa

En lo que va de este siglo, sin duda, María de los Ángeles Ledesma es la mejor cantora de música de raíz folklórica argentina. Está probado en la mayoría de los discos que grabó en la última década y media (e incluso antes) con el grupo Cosecha de Agosto y en otros proyectos independientes. Cuenta con varias cualidades y sobresalen al menos dos. Es una gran cantante y una gran intérprete. Es decir: maneja muy bien la herramienta técnica (la garganta), esa que ha mostrado crecimiento y maduración constantes con el paso de los años y se luce como intérprete porque entiende lo que canta y sabe cómo expresarlo con hondura. En la combinación de técnica e interpretación, además de poder cantar melodías bellas, con fidelidad a las obras y a sus autores, su fraseo capta movimientos que se encuentran en zambas y chacareras. Esa representación quizás inconsciente del movimiento de la pollera de una bailarina no es otra cosa que la más clara recreación vocal de formas folklóricas que son ni más ni menos que danzas, incluso en sus expresiones más contemporáneas y libres. Hagan la prueba: escúchenla, cierren los ojos e imaginen a una pareja bailando una zamba.

Con esas combinaciones María de los Ángeles (La Chiqui, como se la conoce) hace maravillas. En ese sentido, este nuevo disco, Arbolito del querer, que grabó en sociedad con el guitarrista Marcos Di Paolo es verdaderamente representativo de las cualidades de Ledesma.

Pero no será el único atributo del álbum. Afortunadamente, ese refinamiento vocal tiene un acompañamiento que está a su altura. El lucimiento no es individual sino compartido. Marcos Di Paolo hace un excelente trabajo por más de un motivo. La concepción guitarrística del álbum no es sólo la que se escucha en el primer tema, que puede sonar hasta con guiños a las cuerdas de don Alfredo Zitarrosa y de algunos modelos guitarrísticos del folklore argentino. En todo el disco se impone la guitarra, como paisaje y como compañera de baile de la voz, en coreografías como las que juntas crean para magníficas versiones de la zamba "Coplas del regreso" (Luis Franco-Cuchi Leguizamón) o la chacarera de traslasierras "Los chuncanitos del río" (José Luis Aguirre).

Hay otro detalle de la calidad de estos músicos. No sólo son buenos representantes de sí mismos en este siglo. Con este repertorio -las zambas y chacareras del párrafo anterior, la magnífica "Huella de la luna" (de otro músico enorme, Sebastián Monk), la belleza cargada de simpleza del tema que da título al CD (obra de Aledo Meloni y Coqui Ortiz) o el "Ña Polí" de Carnota y Parodi, más tres o cuatro clásicos de Yupanqui, Falú, Jara o Silvio Rodríguez- son representantes de la gran vitalidad que goza la música de raíz folklórica, cada vez que es aprehendida por buenas voces y buenas manos. Apenas pasaron seis meses de este año. Falta la mitad, pero ya se puede apostar por Arbolito del querer como uno de los mejores discos de 2016.

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