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Europa paga el precio de su propio éxito

La integración del Viejo Continente creció a partir de los bienes que ofrecía: seguridad, estabilidad, prosperidad; la decisión de los británicos de abandonar la UE jaquea al bloque y marca la vuelta de los nacionalismos; aquí, tres miradas sobre el fenómeno

Loris Zanatta

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PARA LA NACION
Miércoles 29 de junio de 2016
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Foto: LA NACION

BOLONIA.- Sobre el Brexit, sus causas y sus consecuencias se ha dicho casi todo. ¿Qué puede añadir un historiador? Más allá de las noticias del día, una clave de interpretación de largo aliento quizá ayude a entender el fenómeno. Porque Europa es muy vieja, pero joven, en términos históricos, es la Unión Europea hoy puesta de rodillas por el Brexit. La distinción, se verá, no es capciosa.

Cuando oí el resultado del referéndum británico no me sorprendí. Me desagradó, pero no me sorprendió. ¡Los británicos no son europeos! Esto es broma, pero no demasiado. Gran Bretaña no fue de los miembros fundadores de la Comunidad Europea y, de hecho, la obstaculizó. Cuando pidió entrar, Charles De Gaulle la dejó bastante tiempo esperando en la puerta. Al final entró, pero con apenas un pie. No eran caprichos. En términos geopolíticos, Europa continental nunca ha sido una prioridad de los británicos, que se proyectan en los escenarios globales. Para ellos, fue fundamental que en el continente reinaran la paz y el equilibrio de poder. Por lo demás, cada uno para sí. Incluso más ajena les parecía la Europa del otro lado del cCanal, por otras razones: poco pensaban compartir con países como Francia y Alemania, organizados en torno a un Estado fuerte y poderosas corporaciones. El individualismo típico de la tradición liberal británica los miraba con recelo. Eran mundos diferentes.

Sin embargo, el trauma de la Segunda Guerra Mundial trajo muchos cambios, y los retos de la Guerra Fría, aún más. La entrada de los británicos en los años 70, de los países ibéricos en los años 80, de los centro orientales desde los años 90 en adelante, y las esperanzas de los que siguen llamando a la puerta, como Serbia, han marcado el extraordinario éxito de la integración europea, que garantizaba bienes raros y valiosos: la seguridad, la estabilidad y la prosperidad. Y que reflejaba, además, su capacidad para cruzar fronteras antiguas, espesas y peligrosas. No sólo entre el liberalismo inglés y el estatismo continental, sino también las existentes entre la Europa católica y la protestante y, a continuación, entre Europa Occidental y Oriental, de tradición democrática la primera y autocrática, la segunda. Y así sucesivamente. Hay que ser justos, ahora que se tambalea lo edificado: lo que se ha logrado hasta aquí es digno de aplauso.

Pero, ¿por qué se tambalea la casa europea? Los politólogos apuntarán a la sofocante burocracia de Bruselas; los sociólogos, a la debilidad de la identidad europea; los economistas, a las políticas de las instituciones económicas; algunos dirán que hay demasiada Europa y otros, que hay poca. Como historiador, creo que Europa sufre el síndrome de la masa: mientras más se le pasa por encima el palo de amasar para estirarla y ensanchar los bordes, más riesgo se corre de rasgarla en el medio. Es decir, Europa está pagando la factura de su éxito. La vieja Europa de las identidades incompatibles entre sí, sobre las que la Unión Europea había sido capaz de extender la pacífica manta de sus instituciones, vuelve a levantar la cabeza. Si se lo mira bien, esto es lo que todo el mundo llama el renacimiento populista.

Y no sucede por casualidad. Se debe a que han cambiado y están cambiando cada vez más ciertas condiciones que habían contribuido al éxito europeo. Se debilitan los factores externos que empujaron a los europeos a una mayor cohesión; crecen los factores internos que generan fragmentación. Fruto virtuoso de una poderosa fuerza histórica centrípeta, hoy Europa está sujeta a fuertes tensiones centrífugas. Pueden mencionarse muchas: en primer lugar, la desaparición de la amenaza soviética y de la alternativa ideológica que representaba, contra la cual se había unido Europa; luego, la decadencia de la idea de Occidente, en cuyos valores se había fundado la Comunidad Europea a medida que se oscurecía el liderazgo de los Estados Unidos; por último, la crisis de los Estados de Bbienestar europeos, el envejecimiento de la población, la pérdida relativa de poder económico en favor de las potencias emergentes, el alto desempleo juvenil causado por las bajas tasas de crecimiento combinadas con los efectos de la innovación tecnológica.

Pero el factor centrífugo más importante, el que tiene el mayor impacto en la percepción de los europeos y sirve como un catalizador para todos los demás es, sin duda, la inmigración; la islámica, en particular. No tengo nada en contra de los musulmanes, pero está claro que en torno del islam gira un sistema de valores especialmente extraños u hostiles respecto de aquellos sobre los que descansa la precaria identidad europea: autogobierno, autodeterminación de los individuos, principio de laicidad de la vida pública, pluralismo de estilos de vida y así sucesivamente.

Si todos estos factores provocan una sensación generalizada de miedo y desorientación, es lógico que la reacción consista en una promesa de seguridad e identidad. ÉEstos son los bienes que el populismo ofrece con gran éxito en todo tiempo y lugar: la sensación de seguridad garantizada por la restauración de una comunidad de historia y de destino, de una idea de pueblo único y homogéneo. Contra la grande pero evanescente patria europea, el populismo profetiza el renacimiento de la patria chica que hace palpitar los corazones.

Son promesas ilusorias: en Europa, donde millones de estudiantes cruzan cada año las fronteras y las familias son cada vez más multinacionales, esta nostalgia de identidad perdida está condenada a la frustración. Sin embargo, su poder evocador es lo suficientemente potente como para socavar el sueño de sociedad abierta que Europa ha cultivado hasta ahora.

Si los populismos amenazan la unidad europea, sin embargo, no se debe tanto a su naturaleza intrínseca, sino a que son muchos y diferentes unos de otros. Me explico: los populismos invocan identidades históricas antiguas, y culpan a Europa de desfigurarlas. El populismo británico, por ejemplo, no es antiliberal, sino más bien hiper-liberal: considera el edificio europeo fFranco-aAlemán un himno al estatismo enemigo de las libertades individuales que el corazón de la identidad anglosajona representaría. Por el contrario, el populismo de los países católicos, como Italia y España, suele ser de inspiración antiliberal y comunitaria,; y aún más el alemán, heredero de antiguas utopías románticas. ¿Y qué pasa con el populismo de Europa del Este? Son países en los que la democracia liberal es todavia pintura fresca, donde los populismos reivindican identidades étnicas y religiosas. A través del populismo, en síntesis, lo que emerge es la vieja Europa de identidades múltiples y contradictorias. Todo un peligro para la joven Unión Europea.

¿Qué hacer? No hay atajos ni magias, y vendrán años duros. Algunos, incluso yo mismo, a la luz del Brexit pensamos: ya basta, es el momento de volver a la Europa de los seis, a los orígenes míticos. Pero eso es absurdo e imposible. Europa está condenada a seguir adelante. La cuestión es: ¿hacia dónde? En lugar de pensar en sí misma como un Estado, como una gran máquina que ambiciona uniformarlo todo a través de reglas minuciosas y exasperantes, sería mejor que Europa se limitara a velar sobre el cumplimiento de sus valores: la libertad, el pluralismo, el laicismo. Un moderado populismo europeo de ese tipo ayudaría tal vez con el tiempo a apaciguar a los fantasmas de la vieja Europa.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia, Italia

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