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En La ilusión de estar contigo hay una mirada tibia sobre Emma Bovary

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PARA LA NACION
Jueves 30 de junio de 2016

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La ilusión de estar contigo (Gemma Bovery, Francia, 2014) / Dirección: Anne Fontaine / Elenco: Fabrice Luchini, Gemma Arterton, Jason Flemyng, Isabelle Candelier, Niels Schneider / Guión: Pascal Bonitzer y Anne Fontaine / Fotografía: Christophe Beaucarne / Edición: Annette Dutertre / Música: Bruno Coulais / Diseño de producción: Arnaud de Moleron / Duración: 99 minutos / Calificación: Apta para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: buena

Adaptación de una novela gráfica de la británica Possy Simmonds publicada en capítulos en el periódico The Guardian, este film de Anne Fontaine intenta reproducir parte del espíritu de uno de los grandes clásicos de la literatura universal, Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Lo logra sólo por momentos, cuando el voyeurismo y la neurosis obsesiva de Martin Joubert, un intelectual que abandona su vida parisina para hacerse cargo de una pequeña y exquisita panadería familiar de la región de Normandía, están teñidos de cierta angustia existencial o el humor se filtra en la trama con agudeza y sofisticación. No siempre es así: en más de una oportunidad, la historia se vuelve obvia, redundante y apela al trazo grueso (la escena de la picadura de la avispa sintetiza acabadamente las discutibles decisiones de la directora nacida en Luxemburgo, tan capaz de ser arriesgada -el caso de Cómo mate a mi padre o Nathalie X- como banal -el de Cocó antes de Chanel-).

El inglés Stephen Frears ya había llevado al cine otro trabajo de Simmonds (El regreso de Tamara Drewe, de 2010, también con la voluptuosa Gemma Arterton como protagonista). La voluntad lúdica de esta joven actriz combina muy bien con la eficacia del experimentado Fabrice Luchini para delinear su personaje, atrapado entre el deseo, la frustración y una torpe malicia provocada por la impotencia. Pero la película está lejos del poder de sugestión de la gran novela que, de algún modo, intenta homenajear. Es más pedestre y convencional, mucho menos perturbadora. El insólito final, de tono decididamente farsesco, no mejora las cosas. Son las remanidas teorías de la película -que la vida imita al arte, que no podemos controlar completamente nuestro destino- las que lo fuerzan y terminan por disolver su tenor más inquietante, el que consigue en sus mejores momentos, cuando podemos percibir que Joubert encuentra en la fantasía un antídoto vital contra la crueldad del paso del tiempo.

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