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El nuevo brillo del Louvre

Por los pasillos del museo más visitado del mundo para apreciar la renovación más importante desde la pirámide, que será presentada el martes próximo

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PARA LA NACION
Domingo 03 de julio de 2016
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PARÍS

Para llegar hasta La Gioconda hay que seguir los carteles y pasar la sala de los bronces con el monumental techo pintado por Cy Twombly -350 metros cuadrados de azul cielo y esferas-, las decoraciones con ángeles, las puertas de hierro que no le tienen miedo a lo recargado y las pinturas italianas del siglo XIII. En el camino se puede descubrir el Sena, al mirar por uno de los ventanales. Inevitablemente, habrá que esquivar a esa familia india de ocho integrantes, al grupo de quince chinos con una guía que habla y no grita porque cada cual tiene su auricular propio, a la estadounidense en shorts y gorra que se toma fotos con el selfie stick y casi decapita a alguno en el movimiento, a la familia inglesa que bosteza al mismo tiempo mientras la guía le explica algo de historia, y a la veintena de latinoamericanos que avanza con el andar pesado detrás de un líder. Sin olvidar, claro, las millennials chinas que se sientan a pintarse al lado de la escultura en mármol de Adorante del siglo II, el grupo de amigas que encontró un hueco para descansar, el alemán que se quedó totalmente dormido en un banco en la rotonda de Apolo, y esa madre con su hija españolas que intentan comunicarse con uno de los agentes para entender dónde está la Venus de Milo.

El Museo del Louvre es la historia de Francia y sus nueve millones de visitantes anuales. Imposible separar lo uno de lo otro. Esta fortaleza imperial creada por Felipe Augusto en el 1200 para protegerse de los vikingos y convertida en palacio real a partir del siglo XIV es una de las citas ineludibles que los turistas tienen en mente al llegar a París. Ese aluvión lo convierte en el museo más frecuentado del mundo y en un interesante viaje al universo del turismo de masas. En el último año, la afluencia china aumentó 73%, con 820.000 visitantes, y podrían destronar a estadounidenses e italianos, las dos nacionalidades más presentes luego de la francesa. Los chinos son los únicos turistas que no modificaron su viaje parisino luego de los recientes atentados en esta ciudad.

La marea humana pone a prueba y a la vez evidencia la excelencia francesa: los 35.000 visitantes diarios quizás incomoden a los más fóbicos, pero no perturban en nada el orden del lugar. Detrás de ello, un escuadrón de 2290 empleados, entre ellos 1200 agentes de seguridad y una brigada de casi 50 bomberos que trabaja las 24 horas, protegen las 30.000 obras expuestas -de las 460.000 que conserva el museo, divididas en ocho departamentos- y custodian los más de 72.000 metros cuadrados en salas de exposición, 403 salones, 10.000 escalones y 14,5 kilómetros de pasillos.

Son ellos los que salvaron las obras, a principios de junio pasado, cuando las inundaciones provocadas por incesantes lluvias llevaron el caudal del Sena a picos históricos e hicieron activar la célula de crisis prevista en el plan de prevención. No hubo finalmente infiltración de agua, aunque el museo estuvo en "alerta general" y, como medida preventiva, decidió cerrar para evacuar las obras situadas en zonas inundables hacia pisos seguros. Dentro del museo, los especialistas de cada departamento ayudados por cientos de voluntarios trabajaron durante las noches para desplazar las 150.000 obras que están en las reservas. En los subsuelos existe una vía desierta e interna que se remonta a 1989 y por donde circulan obras, comida, objetos de la librería y materiales de construcción. La carga y descarga se hace debajo del parque de las Tullerías y se atraviesa un pasillo de diez kilómetros hasta llegar al montacargas.

En su gran mayoría, las obras desplazadas eran antigüedades griegas y arte del Islam, muchas piezas arqueológicas que suelen ser estudiadas por arqueólogos y académicos. Los especialistas que conocen en detalle cada una de ellas le indicaban y aconsejaban al resto de los equipos de qué manera debían ser efectuados los traslados, a través de ascensores y montacargas. El cierre se extendió por más de 72 horas, lo que significó una pérdida de 120.000 visitantes y cerca de un millón y medio de euros en ingresos. Pero desde el museo explicaron que su rol era el de guardianes de un tesoro inestimable y su misión era protegerlo y conservarlo para las futuras generaciones. Las víctimas fueron quienes llegaban hasta las puertas de la pirámide: leían los carteles, preguntaban para cerciorarse de estar entendiendo y se iban resignados y desilusionados.

Los empleados son salvadores en muchos sentidos: evitan que las obras se deterioren, orientan a los perdidos, informan a los curiosos y asisten frente a los accidentes. "Es una vigilancia física, y nos cambian de sala todos los días porque no es lo mismo estar en las pinturas italianas que al lado de la Victoria de Samotracia. Y es también un trabajo mental. Estás sentado y tenés todo el día para pensar en tus problemas, así que no hay que ser depresivo porque, si no, te hundís", comenta uno de los agentes de seguridad. Para el simple observador, estar rodeado cada día de miles de personas que preguntan incesantemente y en todos los idiomas parece un trabajo agotador. Los empleados, en cambio, priorizan el orgullo de pertenecer al museo. Sobre todo en la quincena de talleres, con artesanos y savoir-faire: marmolería, ebanistas, tapiceros y escenógrafos. La restauración de obras se hace en un centro especialmente encargado de todos los museos nacionales.

El Louvre recibe hoy más del doble de visitantes de los cuatro millones previstos cuando el arquitecto chino-estadounidense Ieoh Ming Pei inauguró su pirámide en 1989, lo que en los últimos años generó largas esperas, incluso en las puertas de los baños. A ello se suma que, inexistente en aquella época, el operativo antiterrorista Vigipirate se convirtió en una medida permanente, por lo que era imperioso actualizar esa especie de carpa de campamento instalada desde 2001 para los controles. Para readaptar el lugar a las nuevas exigencias y mejorar la calidad de acogida, el museo emprendió a principios de 2014 su mayor obra de renovación desde la pirámide y cuya inauguración está prevista pra este martes. Se podrá seguir ingresando por la pirámide, pero se suprime como opción de salida, se duplican los controles de acceso, se agranda la puerta de entrada (hasta ahora de sólo 90 centímetros), se pasa de 40 a 80 baños y habrá 10 boleterías automáticas además de las 10 manuales. Ya desde diciembre último se pueden sacar entradas online: increíble, pero real, el museo más visitado del mundo no se había modernizado. ¿Quizá la época de los reyes no esté sólo en los cuadros? En algunas cosas, Francia sigue siendo muy francesa.

Otro de los cambios: comunicar con imágenes. Imposible readaptar los carteles, de por sí bastante condensados, a la multiplicidad de nacionalidades. El equipo optó por crear, en la rotonda de la entrada, tres enormes banderas que incluirán fotos de las obras y espacios emblemáticos para que los visitantes se ubiquen y sepan hacia dónde quieren ir. Lo mismo respecto de la señalética de los servicios. La capacidad máxima estimada del Louvre con las nuevas obras es de 12 millones de personas.

"Fue un enorme trabajo porque, mientras hicimos las obras, el museo estuvo siempre abierto, así que había que coordinar empresas, personal, turistas y visitas oficiales. Todo el mobiliario que se construye para el Louvre es a medida. Es como una ciudad", cuenta a La Nación revista el jefe del proyecto Pirámide, Laurent Ricard, de la Dirección del Patrimonio Arquitectónico y del Jardín del museo. Con un presupuesto de 53,5 millones de euros, las remodelaciones incluyen la creación de una gran librería de arte, el reequipamiento con wifi en todas las zonas y el lanzamiento de una aplicación de geolocalización. El gran problema del Louvre, explican, es que los visitantes se pierden.

Se construyeron también 1700 casilleros que ya funcionan de manera autónoma para que la gente deje sus bolsos. Vidriados, por supuesto, para tener visibilidad de lo que la gente guarda.

Un grupo de turistas brasileños se acerca a Rebecca Blaise, encargada de monitorear este espacio. Le hablan en portuñol, y la francesa se hace entender con facilidad. ¿Su trabajo la estresa? "Aprendemos idiomas", responde. Desde que empezaron a funcionar, en septiembre, los casilleros sólo se saturaron dos veces. Rebecca, nunca en los últimos dos años.

Dejar su impronta

La inauguración contará con la presencia del presidente François Hollande. Como en la época monárquica, todos los presidentes quieren dejar su impronta en el Louvre. Pasaron más de 800 años desde que Felipe Augusto construyó la fortaleza por fuera de las murallas de París para defenderse de los vikingos. A finales del siglo XVII, Luis XIV se mudó a Versalles y mandó a sus artistas al palacio, que se convertiría en un palacio de las artes. En el salón Carré, donde actualmente se exhiben los primitivos italianos, la Academia de pintura colgaba sus cuadros y se decía que uno iba al salón a ver lo que estaba expuesto, término que se sigue utilizando hoy en el universo artístico. Fue allí donde se casó Napoleón I. Para muchos franceses, el que más hizo por el Louvre fue François Mitterrand, a quien le tocó gobernar una época que cambiaría el perfil de la ciudad. Además de la Biblioteca Nacional, la Villette, la opera Bastilla y el Instituto del Mundo Árabe, durante su mandato se creó el ala Richelieu con los aposentos de Napoleón III -hasta ese entonces allí funcionaba el ministerio de Economía- y se ordenó la construcción de la pirámide y del Carrusel, ese centro comercial del subsuelo por el que se termina la visita y fue convertido en vidriera de grandes casas francesas. Eso cambió radicalmente la fisonomía del lugar, le dio una dimensión comercial que antes no tenía, lo abrió al mundo del turismo y, sobre todo, fue durante esas excavaciones que se descubrieron los vestigios estructurales de esta antigua fortaleza.

Con esta riqueza histórica en mente, el Louvre también está creando un espacio didáctico y pedagógico para contarles a los visitantes los más de 800 años de estas piedras, una iniciativa que se inscribe en la tendencia del storytelling. "Es una demanda de los visitantes. Quisimos hacer un paseo arquitectónico y mostrar cómo cada soberano quiso poner su piedra", explica la responsable de la Historia del Louvre, Neguine Matthieux.

El Louvre es una ciudad dentro de la ciudad, lo que explica el tiempo destinado a su visita. A diferencia de los protagonistas de la película Banda aparte de Jean-Luc Godard, que lo atraviesan en 9 minutos y 43 segundos, una de cada diez personas le dedica más de cinco horas y sólo un pequeño grupo termina la visita en menos de una. Los resultados surgen de un estudio realizado por un grupo internacional de investigadores, en colaboración con el museo, que pudieron seguir el flujo de visitantes y analizar sus recorridos y el tiempo frente a cada obra a través del relevamiento de señales Bluetooth y wi-fi emitidas por los celulares. El estudio también revela que la gente suele atravesar rápidamente las salas menos frecuentadas y pasar mayor tiempo en las más densas, un dato sociológico sobre esa incomprensible atracción por amontonarse.

Al ingresar en la sala 6, el retrato de Leonardo da Vinci se ve a lo lejos: chico, protegido por una vidriera y rodeado por una marea humana. Los visitantes solían contemplarlo, luego le sacaron fotos, y hoy prefieren darle la espalda y fotografiarse en primer plano con el cuadro de fondo. "Quieren sacarse una foto y decir: yo estuve. A veces ni miran el cuadro magnífico que hay enfrente, Las Bodas de Caná, de Paolo Veronese. Un episodio bíblico y una pintura inmensa donde cada cara es una obra de arte en sí misma", comenta la guía Anne Papazoglou-Obermeister.

La Mona Lisa lidera el ranking que la gente quiere ver. En el Top Five se le suman la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia (ambas esculturas del período helenístico), La Coronación de Napoleón (Jacques-Louis David), y La Libertad guiando al Pueblo (pintura de Eugène Delacroix). También atrae especialmente la galería de Apolo, porque es una repetición de la galería de los espejos de Versalles, donde no todos llegan, y donde están las joyas de la corona. "La Gioconda es el cuadro más conocido del mundo. Nadie lo quiere asegurar porque no se puede estimar su valor. No sale nunca del museo y está protegido por una vidriera y, en caso de incendio, se activan paredes de 40 centímetros de espesor que la encierran para protegerla. Desde su creación, alrededor de 1503, fue considerada como una obra aparte. Además, integró las colecciones privadas de los reyes. Francisco I adoraba este cuadro y la leyenda cuenta que lo tenía en su cuarto de baño para admirarlo. Contribuye a su atractivo el hecho de que un italiano la robó en 1907 y la guardó durante tres o cuatro años. Intentó venderla, pero era imposible, y así fue como la recuperaron. Otro le tiró una piedra y por eso, si se mira bien, hay un costado estropeado. Por supuesto, nadie se atreve a restaurarla. Los colores están amarronados por las múltiples capas de barniz que nadie se anima a sacar por miedo a destruirla. De hecho, la copia del alumno de Leonardo, pintada al mismo tiempo que su maestro y expuesta en el Prado, tiene colores más vivos", relata Papazoglou.

La de Anne es una profesión reglamentada, con una formación y una autorización otorgada por la Prefectura para darle garantía al cliente y evitar la competencia desleal. Con nueve millones de visitantes anuales, entre el negocio y el robo hay un solo paso. Los museos como el Louvre tienen guías internos y la tarjeta reglamentaria permite a los externos acceder con hasta seis personas. Cuando el grupo es más grande, el guía debe pagar lo que llaman el droit de parole -derecho a hablar-, valuado en 30 euros. La terminología suele revelar ese costado monárquico que este país conserva.

Modelo económico exitoso, con ingresos por más de 216 millones de euros -116 son subvenciones estatales y 100 son recursos propios-, el Louvre tendrá pronto su primer franquicia. Con el fin de convertirse en un destino cultural de calidad y en una referencia en materia de arte, el Emirato de Abu Dhabi se asoció con el savoir-faire francés para crear el primer museo universal del mundo árabe. Debería ser inaugurado a fines de este año, según lo establecido, diez años después de la firma del acuerdo intergubernamental. La transferencia de competencias francesas y préstamos de obras incluye a 12 establecimientos públicos como el Pompidou, el Orsay, Versalles y Rodin, pero el emirato eligió llamarlo Louvre Abu Dhabi. Esta diplomacia cultural despertó polémica y el acuerdo fue denominado el contrato del siglo. Generará más de mil millones de euros para los museos franceses. Eso sí: La Gioconda se queda en casa.

Fotos: Nathalie Kantt, Reuters y AP

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