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La batalla del islam moderado

Acorralados por el fanatismo jihadista que le da excusas a la xenofobia, los musulmanes de Francia empiezan a promover acciones concretas para condenar la violencia y diferenciarse del fundamentalismo

PARA LA NACION
Jueves 30 de junio de 2016
Foto: LA NACION
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PARÍS.-La queja de los musulmanes franceses, y hablo de ellos porque son los únicos a los que conozco de cerca, siempre es la misma: la obligación de justificarse frente a la violencia fundamentalista, machacando que ellos no son los malos, que no son responsables de una demencia en la que no reconocen en absoluto su propia religión. Cada golpe, cada atentado -dentro o fuera de Francia, como el de este martes en Estambul- los pone en una situación difícil. Por desgracia, sólo la reina de Inglaterra puede darse el lujo de pronunciar la consabida frase: Never explain, never complain. Los demás, me refiero a los miembros de estas comunidades sometidas a una vieja xenofobia, en franco crecimiento a causa de los recientes atentados y de las migraciones, no tienen más remedio que explicarse, y esperemos que sea rápido porque la mutua desconfianza contamina el ambiente.

Por eso la reciente iniciativa protagonizada en Francia por musulmanes moderados que, lejos de disculparse ante el resto de la población haciendo buena letra para quedar bien, luchan con argumentos religiosos contra esos otros musulmanes radicalizados que a ellos también los consideran infieles, debe ser aplaudida como lo es todo intento de restituir la razón allí donde el delirio cunde. El campo de batalla está en Internet, porque es en ese medio donde se desarrolla la propaganda jihadista. Recordemos los videos con espeluznantes decapitaciones filmadas "en vivo", por decirlo así, y las seductoras puestas en escena ideadas para atrapar a muchachos y chicas en busca de una identidad perdida, videos que demuestran conocimientos técnicos y cinematográficos de una gran sutileza. Unas semanas atrás, en un día calificado de "histórico", el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM) creó un "comité teológico" encargado de elaborar un contradiscurso que responda a esa propaganda con argumentos accesibles. Nada fácil, teniendo en cuenta que la fuerza del fanatismo consiste justamente en no aceptar la posibilidad de la duda sino en asestar verdades de a puño (una expresión española que en este caso no puede venir mejor). Todas las "sensibilidades del islam", con excepción de los salafistas, participan de esta organización: los liberales, los pietistas literalistas y hasta una rama surgida de los Hermanos Musulmanes. Objetivo común: instrumentar una argumentación teológica sólida y consensual que excluya una palabra de connotaciones negativas como fatwa, tristemente célebre por haber sido utilizada, entre otras cosas, para condenar al novelista Salman Rushdie. Era hora de que al CFCM -institución que representa las 2500 mezquitas de todo el territorio frecuentadas por unos cinco millones de fieles, muy criticada hasta el momento por su pasividad-, que el mismo martes hizo público un comunicado en solidaridad con las víctimas del atentado en el aeropuerto de Estambul, se le ocurriera alguna idea atractiva capaz de contrabalancear la fascinación de la jihad. La dificultad del proyecto consiste en que la adolescencia no se conforma con palabras simplemente sensatas: en definitiva, el drama del islam moderado reproduce el del mundo adulto de cualquier tiempo y lugar, ante una juventud que se le escapa en busca de aventuras.

Más allá de la batalla virtual, los últimos asesinatos cometidos en Francia han logrado sacar a los musulmanes a la calle para protestar contra un crimen cometido por otro musulmán. Días atrás, en Mantes-la Jolie, una pequeña ciudad de la región parisiense, unas tres mil personas desfilaron respondiendo al llamado de varias asociaciones musulmanas. Eran el doble que la manifestación del día anterior, compuesta por franceses "de pura cepa", suponiendo que tal cosa exista. A la cabeza del cortejo, que incluía a mujeres veladas y sin velar, un cartel, "Movilización contra la barbarie", se alzaba entre los retratos de Jessica Schneider y de Jean-Baptiste Salvaing, la pareja de jóvenes policías ultimados en su propia casa por un terrorista de Estado Islámico. Algunos llevaban otro cartel aún más elocuente: "Yo soy policía", alusión al eslogan "Yo soy Charlie", acuñado cuando se perpetró la masacre de los dibujantes de esa revista. Ante la comisaría de la ciudad los manifestantes aplaudieron a esos mismos policías que, según una visión generalizada, y por lo visto parcial, son sus enemigos, guardaron un minuto de silencio y pusieron flores. Es cierto que este asesinato, de un extraño paralelismo con el de la diputada inglesa Jo Cox, opuesta al Brexit, a manos de un miembro de la extrema derecha, contiene un elemento acaso más perturbador que una masacre colectiva: el asesino y sus víctimas eran vecinos, y el hijito de la pareja permaneció durante un largo rato junto al asesino, en el cuarto donde yacían sus padres.

No es la primera vez que una organización musulmana reacciona contra un atentado similar. Ya lo hicieron después de la matanza del 13 de noviembre en el Bataclan y en el Hyper Kasher (donde, por otra parte, un empleado originario del Malí, Lassana Bathily, arriesgó su vida escondiendo a decenas de personas en un sector del supermercado). Pero la prensa francesa ha demorado en darlo a conocer, sin duda porque sembrar el pánico resulta más vendedor. Esta manifestación a la que al fin se le da la debida importancia refleja la relación numérica entre los integristas violentos -ochocientos en toda Francia, según la policía- y la inmensa mayoría de gente de confesión musulmana que simplemente quiere vivir. No caigamos en la visión angélica: el prejuicio existe, resiste, y tampoco en este caso ha faltado algún periodista que acusa a los manifestantes antiterroristas de "duplicidad", viejo caballito de batalla que niega la posibilidad de una doble identidad, como si no se pudiera ser al mismo tiempo musulmán y francés, o judío y argentino.

En ese sentido el gran ejemplo viene de Londres: la elección de Sadiq Khan, primer alcalde musulmán de una ciudad europea, impresiona por su perfecta naturalidad: los londinenses no han elegido a este abogado de origen paquistaní por ser musulmán, ni tampoco a pesar de que lo sea, sino porque es laborista y representa un sueño muy neoyorquino, el del inmigrante que logra una ascensión social. El propio Khan se comporta con esa misma sencillez: se declara musulmán del mismo modo que se declara londinense o hijo de un chofer de ómnibus y asume su condición religiosa con la tranquilidad con la que asume el ser morocho y llamarse Sadiq en lugar de John. Es musulmán porque lo es, punto. La verdadera ausencia de xenofobia consiste en que la mención de un nombre raro o de una religión diferente no provoque ni rechazo, ni una adhesión particular: sólo en ese momento estamos ante la realidad de un hombre y no ante una proclama.

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