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Los empresarios hicieron catarsis y mea culpa por los casos de Báez y López

Ejecutivos de primera línea discutieron lo hecho durante el kirchnerismo y pidieron no ser tratados todos del mismo modo

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LA NACION
Jueves 30 de junio de 2016
Adrián Werthein ayer, en el Alvear, con el embajador Noah Mamet
Adrián Werthein ayer, en el Alvear, con el embajador Noah Mamet. Foto: LA NACION / CLCYP
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Por una vez las palabras del anfitrión fueron más resonantes que las del invitado. No porque Noah Mamet, embajador de Estados Unidos e invitado, careciera de interés. Pero la catarsis y el mea culpa con que Adrián Werthein, nuevo líder del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp), abrió el almuerzo de ayer en el hotel Alvear resultaron lo suficientemente sorpresivos como para que el auditorio, conformado por ejecutivos de primera línea, aplaudiera un buen rato y se quedara conversando sobre el rol que todos tuvieron durante el kirchnerismo.

Incomoda el pasado. En particular José López , Julio De Vido y Lázaro Báez , con quienes interactuaron durante más de una década. Tal vez por eso Werthein, habitualmente cuidadoso, arrancó con una crudeza infrecuente. "Hemos reemplazado la palabra empresario por emprendedor porque a veces nos da vergüenza -dijo-. Preferimos callar porque el silencio nos protege: tenemos miedo de que nuestras palabras sean replicadas por los medios, que las redes las viralicen. Pero cuando se habla de Fariña, de Elaskar, de Báez, yo no me siento como esos señores, y no creo que ninguno de ustedes se sienta así. Tenemos que tener la frente alta y saber cuál fue nuestra responsabilidad".

Escuchaban, en un silencio que no volvió a repetirse ni siquiera durante la exposición de Mamet, Javier Madanes Quintanilla (Aluar), Adelmo Gabbi (Bolsa de Comercio), Jaime Campos (Asociación Empresaria Argentina), Marcos Bulgheroni (Pan American Energy), Jorge Brito (Banco Macro), Adrián Kaufmann (Unión Industrial Argentina), Jorge Di Fiori (Cámara de Comercio), Gustavo Weiss (Cámara de la Construcción), Héctor Méndez (Conarsa), Martín Cabrales, Alejandro Roemmers y Marcelo Figueiras (Richmond), entre otros.

Werthein, que había subido decidido a improvisar, se excedió en el tiempo previsto para la introducción y empezaron a apurarlo por señas, pero quiso ser más específico: "Somos hijos de tiempos en que el apego a la ley no estaba sobre nuestro escenario. Muchos de los ministros del gobierno anterior no tuvieron apego a la ley. Más que currículum, tienen prontuarios. Debimos haber sido menos permisivos. A veces fuimos permisivos, a veces indolentes y a veces, conniventes". La exhortación mereció después varios comentarios. "Estoy totalmente de acuerdo, mirá los aplausos", dijo Kaufmann, que coincidió en la opinión con Di Fiori.

Werthein venía de proponer días antes una idea que, dadas las urgencias y los temores, parece difícil de concretar: que cada cámara del Cicyp cree un organismo interno para controlar las buenas prácticas de sus socios. Desde el atril no lo expuso así, pero instó a dejar atrás el silencio: "Decir lo que se piensa en libertad no es un acto sedicioso".

Convirtió entonces a la corrupción en el tema del almuerzo. Tanto, que llevó a Mamet a meterse en el asunto cuando contestó una pregunta sobre el Brexit. "Eso muestra que hay una tensión subyacente, la gente no está contenta con lo que se está haciendo. En Estados Unidos solemos invitar a funcionarios y a candidatos a empresas, pero me sorprende que aquí ha dejado de hacerse. Hay como una aversión de las empresas a involucrarse en la política, como si existiera una posibilidad de fraude. La gente está cansada de la corrupción".

Es cierto que, de tan sensible, la cuestión disuadió a unos cuantos de opinar. "No comments, como dicen los norteamericanos", se excusó ante LA NACION un hombre de obra pública. Otros se sentían interpelados. "¿Es lo mismo la responsabilidad que tiene el Estado que el de un dueño que sabe que, si no colabora, van por su empresa? Mi empresa es mi hija: yo soy capaz de pagar un secuestro extorsivo", se confesó otro ejecutivo.

La premisa es la de siempre: no todos son iguales. "¿Luis D'Elía es un periodista porque tiene un programa?", preguntó Werthein ante LA NACION. Acababa de plantear en público su confianza en que con el macrismo todo sea menos escandaloso. Lo hizo delante de los dos únicos ministros entre el público, Francisco Cabrera (Producción) y Rogelio Frigerio (Interior), y mediante una referencia a lo que llamó "herencia": los destinatarios de subsidios y jubilaciones subieron en diez millones de personas entre 2002 y 2012, y los 6,2 millones de asalariados del sector privado deben sostener a 18 millones dependientes de ingresos públicos. "Por una vez tenemos que dar, no pedir. Éste es un gobierno de gente que está bien inspirada, que va a cometer errores, pero debemos estar para señalárselos y para acompañar. Y ayudar a Macri a que, con las presiones políticas que tiene que soportar, no se desvíe".

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