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Un viaje a los años 60, con buenos actores

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PARA LA NACION
Viernes 01 de julio de 2016
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El andador / Libro: Norberto Aroldi / Dramaturgia: Florencia Aroldi / Dirección: Andrés Bazzalo / Intérpretes: Muriel Santa Ana y Agustín Rittano / Escenografía: Alejandro Mateo / Vestuario: Adriana Dicaprio / Iluminación: Fabián Molina Candela / Música original y diseño sonoro: Rony Keselman / Sala: Teatro de la Ribera, Av. Pedro de Mendoza 1875 / Funciones: viernes a domingos, a las 15 / Duración: 80 minutos / Nuestra opinión: buena

Finalmente resulta todo un programa ir a ver El andador al Teatro de la Ribera. Termina siendo un pequeño y entrañable viaje en el tiempo. La obra de Norberto Aroldi, que se estrenó en 1965 con Tita Merello y Ernesto Bianco como protagonistas, sigue siendo porteñaza y tanguera, y algo de eso se potencia en el escenario del recién restaurado teatro del barrio de La Boca (dicho sea de paso, quedó precioso). Es cierto que ya no están ni Merello ni Bianco, pero se podría decir que las interpretaciones de Muriel Santa Ana y Agustín Rittano terminan justificando y legitimizando todo lo anterior. Si no fuera por ellos -y por la cuidadosa mano que los dirige-, podría verse una obra demasiado vieja, demasiado costumbrista y con cierto machismo rancio (puede haber peleas internas -con uno mismo- por los roles y discursos del hombre y la mujer). Algo de todo eso continúa, pero tamizada en el cuerpo de estos dos grandes actores la historia se carga de modernidad, ternura y calidez.

Así, el director, Andrés Bazzalo, logra un juego escénico en el que dialogan -muy sutilmente- pasado y presente. La excusa es adentrarse en la intimidad de una pareja de hecho de los años 60 -raro, muy raro por aquellos tiempos-, en la que él es un chanta -por momentos simpático y entrador-, pero chanta al fin, y ella una mujer apenas sumisa que necesita sólo un clic para rebelarse, descubrirse y afianzarse: la inesperada noticia de la llegada de un hijo (El andador bien podría ser traducido como El cochecito). Esta nueva realidad pone en jaque sus deseos, los enfrenta, los separa? pero no cambia sus esencias.

Bazzalo rescata el lenguaje visual y corporal de aquellos años (muy subrayado con un noticiero de la época y con la música) para mostrar algo que todavía pasa hoy. El hombre como macho alfa de una casa, que a la primera de cambio desbarranca y vuelve con el caballo cansado. Una mujer que logra imponer su deseo y se fortalece con la libertad y con la posibilidad de reconocer su propia voz. Pero ese hombre y esa mujer -Julián y Rosa- se aman; entonces, hay que barajar y dar de nuevo para que no todo vuelva a foja cero, para que no quede como si nada hubiese pasado. En el camino están ellos dos, Julián y Rosa, bellamente interpretados por Rittano y Santa Ana, discurriendo en una vida que se les vuelve difícil pero que los hace queribles hasta en la pifiada.

Nostálgica, para unos; un descubrimiento, para otros (dependiendo del punto en que a cada uno le toque pararse en el calendario), pero disfrutable para todos los que no se queden sólo soplando el polvo que pudo haber dejado el paso del tiempo. En eso estuvieron trabajando el director, los actores y todo el equipo técnico (la escenografía de Alejandro Mateo es impecable), y tan bien que les salió.

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