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Veinte millones de doctores

LA NACION
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Nora Bär
Viernes 01 de julio de 2016
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Integraba circunstancialmente un grupito de neurocientíficos que se había reunido en el espacio reservado para las máquinas de café y bebidas, en uno de los amplios corredores que atraviesan Neurospin, la mole de vidrio y acero convertida en "catedral" del cerebro en Saint-Aubin/Saclay, 25 km al sudoeste de París.

En ese mínimo recoveco que era una Babel lingüística, un investigador chino que me explicaba sus exploraciones en la intrincada geografía de las neuronas remató su relato diciendo: "A fin de año, en cuanto termine este proyecto, me vuelvo a China".

Debe haber advertido mi sorpresa (el centro francés es uno de los lugares más prestigiosos en el escenario de las neurociencias), porque enseguida aclaró: "Y no soy el único: muchos de mis amigos están volviendo. Nos ofrecen sueldos altísimos y hay muchos fondos para montar laboratorios e investigar".

Eso fue a fines del año pasado y, al parecer, lo que contaba mi interlocutor no era lo que aquí llamamos "un cuento chino". Nature, una de las publicaciones científicas más reverenciadas, acaba de publicar una edición especial dedicada al sorprendente crecimiento del dragón oriental, que, afirma, "busca asegurarse un lugar entre los líderes de la innovación".

Para Occidente, la civilización nacida hace miles de años a orillas del río Amarillo fue tradicionalmente un lugar misterioso.

Basta nombrarlo para que nos asalten imágenes de sedas suntuosas y coloridas, tallas en jade, esa gran muralla construida para proteger el imperio ¡entre el siglo V a. C. y el XVI d. C!, que medía casi 22.000 km desde la frontera con Corea hasta el desierto de Gobi, y el "ejército del más allá", los 6000 guerreros de terracota que debían proteger en la posteridad al emperador, en un complejo funerario de 90 kilómetros cuadrados descubierto en 1974.

Excluyendo las noticias económicas, frecuentemente lo que nos llega de esas tierras lejanas está vinculado con tradiciones milenarias. Incluso el primer premio Nobel científico otorgado a China lo obtuvo el año pasado Tu Youyou, una farmacóloga de 84 años y miembro de la Academia China de Medicina Tradicional, que recibió la distinción por la artemisinina, un remedio para la malaria, que había descubierto revisando antiguos textos de la medicina herbal de su país.

En De Mao a Mozart: Isaac Stern en China (1979), el maravilloso documental de Murray Lerner que sigue al eximio violinista en su gira de clases magistrales, conciertos y visitas a centros icónicos del gigante asiático que comenzaban a liberarse de los lastres de la revolución cultural, vemos a miríadas de personas andando en bicicleta, poblaciones rurales paupérrimas, y multitudes de pequeños aprendices talentosos y capaces de observar una disciplina que deja sin palabras tanto en las técnicas teatrales y circenses como en el dominio de los instrumentos.

Pero, a juzgar por logros como el de su programa espacial, en las últimas décadas la ciencia china se movió a la velocidad del rayo gracias a grandes inversiones y una creciente fuerza de trabajo.

Según el informe de Nature, hoy China tiene más investigadores que los Estados Unidos, gasta más en investigación y desarrollo que la Unión Europea, y está camino de superar a todos los demás países en su producción anual de papers científicos. Aunque hasta ahora sus trabajos no venían teniendo alto impacto, también eso está cambiando.

Como parte de un plan quinquenal, el gobierno chino se propuso formar 20 millones de doctores y alcanzar una inversión en ciencia y tecnología del 2,5% del PBI para 2020. Como suele suceder, con el crecimiento de los números también llega el de la calidad: ya hay "estrellas" de ese país en campos como las neurociencias, la genética, la física, la biotecnología, la exploración submarina, la investigación antártica y la computación cuántica. Y se proponen ubicarse al frente de la secuenciación genómica y la medicina personalizada.

Para llegar a esas metas, por supuesto, deberán atravesar un camino que no está libre de obstáculos.

Pero si estos planes se concretan, ¿será el chino el idioma de la ciencia del futuro? Vale recordar que ellos ya estuvieron en otros tiempos a la vanguardia de la tecnología de su época. Por citar sólo algunos, allí surgieron cuatro inventos que cambiarían la historia: el papel, la imprenta, la pólvora y la brújula.

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