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Messi, un conjuro contra la frustración argentina

Al crack se lo ha acusado de escatimar esfuerzos y no dar todo lo que puede, características que podrían aplicarse al país que lo juzga y que, creyéndose predestinado al éxito, no puede soportar la derrota

Viernes 01 de julio de 2016
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Posiblemente se haya hartado Messi de ser el pararrayos de la frustración argentina. Es que sobre nuestra vida colectiva se mueve una frustración flotante que, como una nube negra, está siempre presta a realizar una descarga eléctrica sobre el blanco que mejor la atraiga. Esta nube se ha formado por la condensación de décadas de desilusión de un país que no ha tenido, hasta ahora, otro destino que el fracaso frente a lo que se proponía ser. Las reacciones ante la derrota tienen algo de esa explicación: el tipo de desengaño que ha vivido nuestro país es esencialmente el mismo que padece hoy la selección argentina.

Esto es, ser una promesa de alto calibre, tener los mejores recursos del planeta, avanzar en una dirección hasta casi conseguirlo y de golpe caer y retroceder a foja cero. En esa imposibilidad de culminar un proyecto exitoso hay algo que duele más allá de lo deportivo: es la llaga de no realizar lo que está desde siempre a la mano realizar.

Duele repetir el gesto de la brecha entre nuestra predestinación al éxito y lo que la realidad nos muestra paso a paso, entre sentirnos campeones por anticipado y patear la pelota afuera en el momento decisivo. Por eso estas finales no alcanzan a satisfacer a nadie. Ya ni siquiera se aprecia salir segundos, porque el dato no es leído como un mérito, sino como un monto que se agrega a nuestra deuda con lo que no somos, como un cavado adicional en la fosa que nos separa de un destino que no se logra. Además de eso, hay una sensación de que lo que merecemos no se cumple. En el núcleo de nuestra irrealidad creemos ser merecedores de lo que no logramos. Y como el destino y Messi parecen no haberlo advertido, hay que recordárselo.

Tal vez de aquí provenga la exacerbada relación que mantenemos con el éxito y el fracaso, aquellos impostores a los que aludió con maestría Rudyard Kipling y que para nosotros son los naipes que damos vuelta para averiguar si el destino se está comportando como debe con nosotros. Más le vale, si no ya encontraremos la manera de vengarnos de él, además de Messi y el equipo. Pero el naipe del domingo dio derrota y así vino la renuncia del ídolo a la selección, empujado por la imposibilidad de digerirla, por la nueva oportunidad perdida de cancelar deuda y como respuesta también a las impiadosas críticas que fue recibiendo por su participación en el equipo. Acaso los ídolos sean construidos con el fin último de ser vehículos y conductores de la electricidad colectiva, tanto en su polo positivo como negativo.

Pero Messi se hartó de ser el depositario de esta ansiedad que nos carcome y que nos impide toda serenidad ante lo que ocurre, en cualquier ámbito. Se trata de una furia ciega que es primariamente una forma y que, como tal, va cambiando y devorando sucesivamente todo contenido. La que ha sido capaz de llenar dos plazas de Mayo con 48 horas de diferencia por razones inversas. La ansiedad que vapulea todo lo que se le cruza, como las bocinas frente a los peajes, como el subirse a la banquina, como el colarse en las filas. Es la necesidad de atropellar una realidad que, en su sentido más profundo, hace tiempo que ya no soportamos. Es, además, el complemento perfecto de la docilidad con que nos dejamos seducir por los relatos que ayudan a olvidarla. Pero esta ansiedad destructiva no se detiene ni ante el mejor jugador del mundo, así como esa docilidad no se detiene tampoco a tiempo ante lo que nos destruye. Así, pareciéramos capaces de arruinar lo mejor que tenemos y simultáneamente preservar, durante años, lo peor.

Si Messi percibía esa presión social, esa crítica feroz que no lo dejaba en paz, lo mejor que pudo hacer es renunciar. La renuncia puso las cuentas en cero con una parte de la sociedad que le reclama títulos, coraje y liderazgo, como si le faltaran. Una parte de la sociedad se hace ventrílocua de Maradona, quien cree tener la autoridad moral para criticarlo. La renuncia, entonces, desplazó a Messi del lugar que soporta reclamos injustos, como si eso fuera una obligación. Pero la renuncia nos recuerda que Messi no tiene la obligación de someterse a nosotros. ¿Por qué admitir la saña de muchos de sus pares como si fuera una necesidad histórica? Debajo de su construcción mitológica sigue siendo un hombre libre. Además de la tristeza de imaginar la posibilidad de que no juegue más para la selección, nos ha shockeado su capacidad de sacudirse de encima el ropaje y el rol que le habían asignado sus exigentes espectadores.

Si, como señaló Valdano, Messi no juega finales para alcanzar la gloria, sino para que lo perdonen, habría que preguntarse de qué se lo acusa. En la superficie se lo acusa de pecho frío, de ausencia de carácter, de no poner suficiente pasión. La acusación entraña la sospecha de que se guarda esfuerzo y que no da todo lo que puede. Con toda precisión son las características que podrían aplicarse al país que lo juzga. Porque la Argentina no sería lo que es si la gente se comportara con las características que se le exigen a Messi. Un país que se sabe o se sospecha infradesarrollado por elección propia -a pesar de las excusas, también acusatorias, hacia el imperalismo u otras factores exógenos- cree que Messi no trae el título también por falta de decisión propia. Pero en lo profundo se lo acusa de no cumplir con la misión de limpiar una y otra vez nuestro pecado original, que ha sido -hasta ahora- nuestra decisión de no ser.

Messi ha resuelto librarse de toda acusación y en alguna medida ha resuelto librarse también de todo elogio. Porque tampoco habría que desconocer que no sólo las críticas han dañado a Messi, sino los juicios desmesurados que lo obligaron a estar a la altura de ellos en todo momento y que le quitaron margen de maniobra para errar sin desfallecer. El mejor gambeteador del mundo no ha podido eludir la inculcada idea de perfección, la inoculada idea de ser un representante divino en la Tierra, la de ser él solo el redentor de un equipo y, por momentos, de un país. Bajo esas condiciones no se puede errar un penal y no se puede perder una tercera final consecutiva.

¿Por qué un fracaso deportivo produce una devastación de alto calibre? Difícil saberlo, pero si hay una relación anómala de nuestro país con el éxito y el fracaso es porque no se ha decidido por ninguno, y la emergencia de cualquiera de ellos parece ser siempre el signo de esa decisión. Tal vez por eso a cada paso se leen los signos sin la serenidad de comprenderlos como un eslabón del tiempo o como un peldaño, sino como el momento del Juicio Final. De ahí el frecuente clima de Apocalipsis. Pero atención: ahora han llegado el clamor popular, los mensajes y videos, el desgarro y los llantos para que reflexione y retorne. Por eso, de todo este frenesí probablemente se emerja con Messi volviendo a la selección, con la ilusión regenerada en nuevos triunfos que evidencien nuestra grandeza, y con nuestra artillería preparada para quien ose nuevamente demostrar que no es así.

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