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¿Llegó la revolución de las princesas?

PARA LA NACION
Sábado 02 de julio de 2016
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Después de masacrar dinosaurios en el Jurassic Park Arcade fui con mis hijas a ver Alicia a través del espejo. Como casi siempre en esas funciones vespertinas de entre semana -en especial cuando es un título en retirada-, éramos unas ocho personas en el cine. Todo muy Lavalle año 2000.

Como algunos de ustedes saben, Alicia es ahora la capitana del Wonder, barco que heredó de su padre, y tiene planes para establecer una ruta comercial que conecte Gran Bretaña con China. Pasaron algunos años desde su excursión al País de las Maravillas y sigue soltera y sin apuro, habiendo encontrado su vocación real en la navegación, en el comando de maniobras aparentemente imposibles para esquivar maremotos y ataques pirata. En Londres la esperan las chimeneas humeantes de la Revolución Industrial, el menoscabo machista y la amenaza latente de un trabajo de oficina.

La película termina de convertir el imaginario de Lewis Carroll en una franquicia, y de homologar Wonderland con el esquema productivo de Disney, un multiverso en el que conviven, entre miles de cosas, las películas de Pixar, los remixes de clásicos y el negocio de las princesas llevado a otro nivel. La Alicia encarnada en Mia Wasikowska se integra a la nueva tanda de heroínas Disney, que disputan amigablemente el clima de época con las doncellas de la filmografía tradicional, inaugurada en 1937 por Blancanieves.

Después de esa generación de muchachas pasivas acosadas por madrastras maléficas y redimidas en matrimonios de sangre azul, la nueva camada de princesas rompió el molde, empezando por la Mérida de Valiente -una colorada con más ganas de cabalgar y disparar flechas que de casarse- y seguida por Elsa, de Frozen, una rubia solitaria y gélida condenada por un poder sobrenatural.

Este quiebre -más actitudinal que estético- no es accidental: fue impulsado por una escena de mujeres guionistas enfocadas en transformar los valores de las protagonistas. Aun así, las princesas clásicas siguen moviendo el negocio billonario de los productos derivados, el núcleo de facturación del emporio Disney.

A propósito de esto, un estudio elaborado por investigadores de la Universidad Brigham Young de Utah (cuándo no) concluye que el consumo abundante de historias y merchandising de princesas fomenta el desarrollo de estereotipos femeninos. Según el informe, aleja a las niñas de áreas de interés asociadas a lo masculino, como la ciencia, y afecta su autoestima física. Las consecuencias en varones, en cambio, se evalúan positivas: los conecta con su sensibilidad femenina.

¿Cómo generalizar patrones de conducta que pueden responder a miles de razones? Sabemos que la cultura pop nos marca y modela parte de nuestros sueños. Sin embargo, la etapa princesas suele ser acotada, una tormenta pasajera. Las nenas son bastante racionales y desapegadas con la ficción. Para mis hijas, incluso Frozen ya perdió el aura, mientras que los adultos encumbran a Elsa como ícono LGTB: hay gente en las redes pidiendo que, en la secuela, la rubia salga del armario (#GiveElsaAGirlfriend). Difícil, pero no tan improbable como, digamos, la inducción de una princesa gorda. En Disney, la diversidad étnica y sexual tiene mejores perspectivas que el sobrepeso.

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