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Secretos de un museo que ve pasar la historia

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LA NACION
Domingo 03 de julio de 2016
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Desde su llegada al Louvre, en 1797, la Mona Lisa sólo abandonó tres veces el museo más célebre del mundo. La primera vez fue cuando Napoleón, enamorado de La Gioconda, ordenó instalarla en su propio dormitorio, en el Palacio de las Tullerías. En 1804, tal vez agobiado por no poder descifrar su enigmática sonrisa, la devolvió al museo, donde permaneció exhibida hasta el 21 de agosto de 1911, cuando fue robada por las supuestas órdenes del comerciante argentino Eduardo Valfierno. Dos años y 111 días permaneció la Mona Lisa fuera del Louvre hasta que fue recuperada, y durante los primeros días tras el robo una multitud de visitantes acudía a observar el vacío donde había estado colgada.

Sólo la tercera y última vez que la obra de Leonardo abandonó el palacio-museo, proyectado por Catalina de Médici, no se debió a la codicia de un hombre. Fue la pasión por el arte y el deseo de preservar el mayor tesoro de Francia lo que llevó a Jacques Jaujard, director de Museos Nacionales, a ordenar pocos días antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial el traslado de la Mona Lisa y de otras miles de pinturas, esculturas y objetos invalorables. En secreto absoluto y mientras el museo permanecía oficialmente "cerrado por mantenimiento", Jaujard, que actuó por decisión propia -el orgulloso gobierno francés jamás habría admitido un acto que podría ser considerado derrotista-, embaló las piezas y clandestinamente las sacó del museo para preservarlas del inminente conflicto en viviendas particulares por toda Francia. Cuando los nazis ocuparon París, nueve meses después, encontraron vacías las galerías del Louvre.

Jaujard, que murió en 1967, fue un héroe olvidado por la historia hasta hace dos años, en que el documental francés Ilustre et Inconnu ("Ilustre desconocido") recuperó su hazaña. Un año más tarde el director ruso Alexander Sokurov rescató en su extraordinario film Francofonía al otro héroe del Louvre: el conde Franz Wolff-Metternich. Oficial alemán enviado por los nazis a París con el fin de "preservar" las obras de arte, conoció por Jaujard el destino de los tesoros del Louvre pero desoyó las órdenes de sus superiores en Berlín que clamaban por su devolución al museo. El aristócrata alemán sabía que los nazis sólo pretendían saquearlas y su desobediencia salvó a la Mona Lisa y a gran parte del arte occidental.

Francofonía ha sido en las últimas semanas un inesperado éxito en los cines porteños, donde permaneció en exhibición más tiempo del previsto gracias a la respuesta del público. Es que el Louvre sigue siendo un imán fascinante que siempre tiene nuevas historias que revelar. Algunas fueron develadas por Nathalie Kantt, que escribió una crónica para esta edición de La Nación revista sobre los secretos del edificio más famoso y visitado de París, donde la Mona Lisa aún ve pasar la historia delante de su sonrisa.

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