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La bandera descalza

PARA LA NACION
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Eduardo Fidanza
Sábado 02 de julio de 2016

El país, turbulento y preocupado, parece girar en redondo, repitiendo los ciclos de sus logros e impotencias. La incertidumbre económica, el trabajo disminuido, la inflación, las derrotas deportivas, se combinan con la antigua voluntad de mejorar, de sacudirse la corrupción, de empezar una nueva época, con menos estridencias y caudillos, sin un iluminado que decida el rumbo pasando por encima de las instituciones y los hombres. Ante la evidencia del eterno retorno, los argentinos de más edad les dicen a los jóvenes afligidos por el esquivo destino de la selección y de su ídolo: esto ya lo vivimos, en tal año el seleccionado perdió la final del campeonato y nos fuimos a dormir tristes, desolados. O recordarán, con angustia visceral, no lúdica: la inflación ya me destruyó el salario en el pasado, o perdí el trabajo por la recesión en aquel tiempo. Sin embargo, los que no se quedaron en el camino también evocarán la experiencia de los sobrevivientes, de aquellos que cambiaron el fracaso por la voluntad férrea de prosperar.

En medio de estos ciclos de aflicciones y propósitos, de pronto una fotografía. Una escena de la indigencia argentina. Nada nuevo, que no se haya visto con reiteración. Se trata de algo familiar, ya frecuentado. Como escribió Susan Sontag, el enorme catálogo fotográfico de la miseria y la injusticia a lo largo del mundo ha provocado un efecto paradójico: la familiaridad con lo atroz, a la vez que la distancia. Lo terrible es remoto, preserva al espectador, lo absuelve: "Es sólo una fotografía". La imagen muestra a un adolescente indígena descalzo que porta la bandera argentina en un acto escolar en un lejano lugar de la provincia de Misiones. La foto está cargada de significados. Por un lado, exhibe un modo de la injusticia: la incongruencia entre mérito y destino. El abanderado, el mejor del grado, está sin zapatos. Su logro no fue recompensado, su esfuerzo no sirvió si quiera para cubrirle los pies. Por otro lado, tal vez el más relevante, la fotografía reúne símbolos: la bandera, emblema de la patria, con un rasgo inequívoco de la pobreza: no tener calzado, andar "en patas", pasar hambre y enfermedades.

Por la reacción visceral que provocó particularmente en las redes, la suerte de esta foto no fue la que previó Susan Sontag. Por el contrario, la respuesta social ante el abanderado descalzo recuerda a Miguel Hernández. En la época en que el soporte de la fotografía era sólo material, el poeta preso escribió ante la imagen de su mujer y de su hijo: "Un cartón me conmueve. /Un cartón me acompaña." Es preciso calibrar esa conmoción, desentrañarla. Tal vez no sea el hecho fáctico lo que impacta. Es decir, la situación de ese chico preciso sin calzado. Hasta podría argumentarse que andar descalzo es para él un hecho natural derivado de costumbres ancestrales. Lo que acaso golpee la sensibilidad no son los pies desnudos del abanderado, sino lo que ellos simbolizan: la extrema necesidad acoplada a la bandera argentina, la miseria celeste y blanca. El símbolo, decía Paul Ricoeur, da qué pensar. Podría agregarse: no sólo provoca el pensamiento, desata la emoción. El símbolo, que se desliga de la determinación concreta, conjuga en una imagen conmovedora juventud, pobreza, virtud no recompensada, educación, sufrimiento, bandera, orgullo, abandono. Puede interpretarse que lo simbolizado posee aún otro significado posible: es la conjunción de la carencia con el deseo cívico de superarse, en las fronteras de una sociedad habitualmente distraída e indolente.

La sacrificada y orgullosa maestra explica el trasfondo de la fotografía: "La mayoría de niñas y niños van a clases descalzos, pero como el horario es continuado de 8 a 16, el mayor problema es darles de comer. Hay que hacer 24 kilómetros para llegar al pueblo más cercano; mi mayor preocupación no son los zapatos todavía. Cada día debo conseguir alimentos para el día siguiente". Como se ve, la escala de prioridades pone el estómago antes que los pies. El problema es el hambre, como en tantos lugares marginados del país. Zonas donde el rol de la escuela resulta decisivo: antes que proveer educación debe dar el alimento, requisito de cualquier aprendizaje. En otro tono, el Informe de James Anaya, relator especial de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas, confirma el cuadro, que excede a estas comunidades. En rigor, son los datos hirientes de la indigencia argentina: ingresos muy por debajo de la media nacional, niveles altos de NBI, acceso restringido a la salud y la educación, falta de vivienda, discriminación, persecución, despojo.

Dentro de una semana el país celebrará los 200 años de su independencia. Lo gobierna un nuevo partido de clase media, que tiene entre sus principales metas erradicar la pobreza. Antes, por décadas, lo gobernó un movimiento popular que dice representar a los pobres, con el resultado paradójico de que los aumenta. La Argentina circular deberá resolver estas incongruencias, que dos siglos no pudieron corregir. En tanto eso no ocurra, la fotografía del abanderado descalzo habilita la metáfora: la que está descalza es la bandera. El emblema de un país que olvida a los pobres que quieren progresar.

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