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Las manos de la vida

LA NACION
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Sebastián Torok
Sábado 02 de julio de 2016
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Las manos se movían de un lado a otro, incómodas. Por momentos, en medio de frases lapidarias y gestos apesadumbrados, esos mismos dedos sujetaban un almohadón gris. En casi 15 minutos de videomensaje, el 15 de junio de 2015, Juan Martín del Potro, vestido con chomba de tres colores y sentado en un sillón, relató al mundo su angustia, su tortura. Dolorido, hacía tiempo que no se entrenaba con exigencia y nuevamente debía pasar por el quirófano para operarse la muñeca izquierda. "Quiero empezar a ser feliz, con o sin raqueta", reconocía, con crudeza, uno de los pocos campeones de Grand Slam en tiempos de dominio del Big Four. Su futuro era una gran incógnita. Aquella se distinguía como la última chance. Reservado y muy golpeado anímicamente, el retiro era una posibilidad -concreta- que le martillaba la cabeza, que le hacía desconfiar de muchos y ver todo oscuro.

Son esas mismas manos de aquel melancólico video las que ahora se sacuden, pero de alegría y sana incredulidad. Del Potro está sudado y con palpitaciones cuando la TV oficial de Wimbledon le hace un puñado de preguntas al pie del centre court. Acaba de derrumbar a un top 5, Stan Wawrinka, a latigazo puro en el estadio de tenis más importante del mundo. Un escenario que no pisaba desde las semifinales de 2013. "My hands are shaking. I feel alive (Me tiemblan las manos. Me siento vivo)", confiesa Del Potro, tras recibir una de las mayores ovaciones de su cambiante carrera. "Todo esto es más de lo que podía esperar. Me marca que con tiempo y sacrificio, los obstáculos se superan", añade. En febrero, cuando regresó al tour en Delray Beach, literalmente se caía del ranking, era 1042º. Con lo logrado hasta ahora en All England, quedó cerca de los 130 mejores. Aunque está claro que, al menos en esta primera temporada de adaptación al circuito, el argentino no juega preocupado por lo que indican las posiciones. Su desafío es otro: tratar de sentirse saludable y de competir con libertad, sin temores. Claro que batacazos deportivos como el que logró frente a Wawrinka lo invitan a observar más allá, a no conformarse con haberse vuelto a vestir de tenista. "No quiero pelearme con el tenis, no quiero llegar a odiar a este deporte", había admitido hace un año, con los ojos humedecidos. Hoy vuelve a lucir la mirada vidriosa, a llorar en la intimidad; pero lo hace con satisfacción. Puede quedarse tranquilo: su relación con el tenis no está dañada. Sus manos le regalaron un desquite.

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