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Cuando la perfección tiene sabor a poco

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PARA LA NACION
Domingo 03 de julio de 2016
Impecable, Fleming no acertó en el programa
Impecable, Fleming no acertó en el programa. Foto: LA NACION
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Recital de cámara de Renée Fleming / Con Gerald Martin Moore (piano) / Programa: x arias y canciones de Mozart, Handel, Massenet, Saint-Saëns, Oscar Strauss, Rachmaninov, Stefano Donaudy, Francesco Paolo Tosti, Arrigo Boito, Leoncavallo, Manuel Ponce y Carlos Castellano Gómez / En el Teatro Colón.

Nuestra opinión: Muy bueno

Aun a riesgo de redundar en lo archisabido, vale recordar que Renée Fleming es una cantante excepcional, una artista de altísimo valor, y que, en el Colón o donde fuere, lo que haga sobre el escenario, seguramente, bordeará la perfección. Del mismo modo, Gerald Martin Moore es un pianista de cámara fantástico, de una fenomenal solvencia y musicalidad. Con todo, lo acontecido en el Colón, el día miércoles, estuvo lejos de ser un recital que habrá de quedar en la memoria como un momento portentoso. Si la gran soprano y el gran pianista, además, estuvieron a la altura de lo esperado en sus funcionamientos, el asunto pareciera tornarse misterioso o inexplicable. Con todo, de un recital de cámara -o, en términos más pedestres, de un espectáculo- estamos hablando y el programa que se ofrece es la llave para la empresa artística. Y, en este sentido, de principio a fin, el concierto fue un mosaico aleatorio e inasible, una larguísima sucesión de arias y canciones mayormente breves que, cualquiera de ellas, podría haber sido reemplazada por otra sin que se hubiera notado ningún menoscabo. Tampoco, ningún beneficio.

Fleming ordenó su presentación en secciones breves según idiomas. En la primera parte, que se extendió por apenas media hora, cantó tres arias de Mozart y de Handel en italiano y luego, en francés, dos arias de Massenet, una canción de Saint-Saëns y un vals de Oscar Strauss. Si bien "Porgi, amor", de Las bodas de Figaro, fue su señal inequívoca para marcar los veinticinco años transcurridos desde que se presentó, por primera vez, en el Colón, haciendo el papel de la Condesa, las dos arias de Handel que le continuaron, de Agrippina y de Giulio Cesare, pasaron como una exhalación sin que se entendiera por qué habían estado ahí. Luego continuó el segmento en francés con dos arias de Thaïs y de Manon, de Massenet, seguidas por una intrascendente canción de Saint-Saëns y un aria festiva en francés, de Los tres valses, de Oscar Strauss. Más allá de que el canto de Fleming y las interpretaciones de Moore habían sido irreprochables, cierta anodinia se instaló en un Colón que, por lo demás, no estaba completo.

El mismo análisis podría efectuarse con lo acontecido en la segunda parte con tres secciones sucesivas en ruso (Rachmaninov), nuevamente en italiano (Donaudy, Tosti, Boito y Leoncavallo) y, por último en español (Ponce y Castellano Gómez). No hubo relación de necesariedad entre las arias y las canciones que iban desfilando una a una.

Sin lugar a dudas, el momento más interesante fue el que conformó con cinco canciones de diferentes ciclos tempranos de Rachmaninov, un fragmento en el que hubo cierta unidad y en el que los contrastes aparecieron con una cierta lógica. En sentido inverso, la sección italiana que le continuó ofreció la diversidad menos deseada. Luego de las agradables irrelevancias de "Aprile", una canción de Tosti, Fleming ofreció lo que tal vez fue su mejor interpretación de toda la noche cuando, intensa y con toda su magnificencia, ofreció "L'altra notte in fondo al mare" de la ópera Mefistofele, de Arrigo Boito. Pero después de la muerte de Margarita, como si nada, cantó "Mattinata", de Leoncavallo, tan bella como insustancial. El recital formal concluyó, a puro virtuosismo vocal, con "Estrellita", de Manuel Ponce y una muy fiestera canción de Castellano Gómez, con palmas incluidas.

Cuando Fleming ingresó al teatro, en el mismísimo comienzo, se le tributó una ovación extensa y estremecedora, prueba del amor que le tiene el público argentino. A lo largo de un concierto llamativamente corto en el cual, micrófono en mano, estableció un muy cálido contacto, ofrendó una voz maravillosa, coloraturas impecables, afinaciones irreprochables e interpretaciones que, individualmente tomadas, fueron admirables. En el final, el estruendo se hizo sentir nuevamente y la cantante ofreció tres piezas fuera de programa: "La canción de la luna", de Rusalka, de Dvorák, "I could have danced all night", de My fair lady, y, por último, "O mio babbino caro", de Gianni Schicchi, de Puccini. Desde aquel aplauso inicial al último, con intervalo y tres bises incluidos, la noche de Renée Fleming duró apenas una hora y media. En muchos sentidos, todo tuvo un cierto sabor a escaso.

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