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Cinco últimas ideas antes del final

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PARA LA NACION
Domingo 03 de julio de 2016
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Mirando My Beautiful Broken Brain, el documental que registra la traumática recuperación de una mujer que sufrió una hemorragia cerebral, aprendí: 1) que se puede filmar una película con un iPhone y pegarla; 2) que toda meditación es, desde el vamos, trascendental; 3) que el canadiense Patrick Watson es un músico del carajo: su disco Adventures In Your Own Back Yard lo comprueba largamente; 4) que David Lynch quizá sea uno de los grandes artistas del 21; 5) que un segundo resulta decisivo; 6) que no hay garantías.

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Buscando departamento para alquilar -tarea innoble- uno se topa con horrores como éste: "El edificio cuenta con seguridad 24 horas, piscina climatizada cubierta con vestuario, gimnasio totalmente equipado, microcine, sala de estar para adultos, ciber room [sic], amplio SUM, sala de juegos para niños + área verde con juegos para niños, sauna seco y sauna húmedo, sala de relax, terraza jardín de 300 m² con gazebos, piscina con jacuzzi en terraza, sector parrillas, solarium con deck, laundry y cocheras cubiertas".

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Por recomendación médica leo el sensacional Diario, de la neocelandesa Katherine Mansfield, átomo disléxico de la endogamia de Bloomsbury. El 8 de diciembre de 1916 escribió: "Reflexioné esta mañana sin llegar a gran cosa. No puedo adivinar por qué, pero mi inteligencia me hace mala compañía cuando quiero bajar a tierra. Todo anda bien mientras planeo por los aires. Incluso en mi cerebro y en mi cabeza soy capaz de pensar, de reaccionar, de escribir maravillas; cuando intento anotarlas, fracaso miserablemente".

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La estafa sucedió en las calles céntricas de la capital mexicana y me llevó a pensar en la pareja realidad-ficción (que Susan Sontag y John Berger desvisten en una conversa de alto vuelo rastreable fácilmente en YouTube). El juego se llama la tapadita y es, en rigor, un delito que figura en el Código Penal. La mujer perdió un fajo de pesos frente al tipo que la engatusó con tres cubiletes y una bolita de goma. Lloraba como una magdalena mientras el estafador y sus secuaces, que fingieron apostar y ganar, se hacían humo.

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Mercedes, lectora generosa, leyó el poema de Safo que se publicó acá y me regaló éste de Catulo: "Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, / sin importarnos la crítica de los viejos. / El sol se pone cada tarde y sale al día siguiente, / pero nosotros, cuando se nos apague la vela, / dormiremos una noche sin fin. / Dame mil besos y después dame cien más / y después otros mil más y después otros cien más / y muchos miles más hasta que enredemos la suma / y ya no sepamos cuántos besos nos damos / ni los envidiosos lo sepan".

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