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Ideología y corrupción

Los teóricos del populismo corrupto elaboran relatos literarios para ocultar crudas realidades que contradicen todos los párrafos de sus prédicas

Domingo 03 de julio de 2016
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Suele decirse desde la izquierda que la derecha la ocupan quienes están satisfechos con el orden existente, son pragmáticos, ricos y, muchas veces, corruptos. Dicen que carecen de empatía hacia el prójimo y son ciegos al sufrimiento de los que menos tienen. Del lado de enfrente se ubica la izquierda, de la cual se sostiene que es contestataria, idealista, dispuesta a subvertir el orden para establecer uno nuevo donde prevalezca la igualdad, se incluya a los excluidos y donde prime la honestidad, con vínculos realmente humanos y solidarios.

La realidad es que las izquierdas marxistas han fracasado en todas partes del mundo, pues la colectivización de las actividades productivas elimina los incentivos, desalienta el esfuerzo y, peor aún, traslada al sector público los peores instintos de los seres humanos. De ese modo, aparecen los nuevos ricos debido a la corrupción y a los privilegios conseguidos desde el Estado, como ocurrió en la Unión Soviética y en los países de la Europa Oriental, al igual que con la boliburguesía venezolana.

A través de los años, desde que Tony Blair propuso la Tercera Vía en Gran Bretaña mediante su partido laborista, comenzaron a desdibujarse los límites entre estas dos ideologías enfrentadas, pues el socialismo advirtió que sus propuestas de bienestar social requieren una economía vibrante y en crecimiento, para poder financiar esos gastos crecientes sin incurrir en inflación, endeudamiento o presión fiscal insostenibles. Ello implicó adherir en forma clara a los principios republicanos, asegurando las condiciones para el desarrollo de un capitalismo social. En esa línea estuvieron Gerhard Schröder en Alemania, Felipe González en España, y más cerca de nosotros, Julio María Sanguinetti en Uruguay, Ricardo Lagos en Chile y Fernando Henrique Cardoso en Brasil.

Pero en América latina, en tiempos más recientes, ha surgido un nuevo populismo que condenó esa deriva de los socialismos democráticos por considerar que, en definitiva, han sido cooptados por el "capitalismo financiero" internacional y que han abandonado la defensa de los pobres, por presión imperialista. Inspirados en las teorías de Ernesto Laclau y de su esposa, Chantal Mouffe, optaron por tirar por la borda los socialismos "a la Bernstein" y prefirieron dividir a la sociedad en forma transversal, abandonando los principios republicanos para acumular poder crudo y duro en aras de un objetivo igualitario sin prejuicios burgueses ni pruritos constitucionales.

Esa es la bandera que adoptaron los Kirchner con el apoyo teórico de Carta Abierta y de muchos activistas, intelectuales y luchadores por los derechos humanos. En su mayoría habrán creído en la honradez del modelo propuesto y suponemos también que ignoraban la famosa respuesta de Néstor Kirchner al entonces gobernador Ramón Puerta, cuando éste se sorprendió por el giro de aquel a la siniestra: "Ramón, ser de izquierda te da fueros".

Ahora que la corrupción estructural del kirchnerismo se ha manifestado de la manera más burda, se comprenden mejor las cínicas palabras del ex Presidente, quien ya venía poniendo en práctica en Santa Cruz y tenía en sus planes el esquema de venalidad que luego ejecutó a nivel nacional. Pues la izquierda es así, bien agradecida y, desde sus múltiples voceros, legisladores y panelistas, continúa dándole fueros a la memoria del marido y a la vigencia de su viuda, mediante argumentaciones absurdas, como si la corrupción fuese un costo que debe tolerarse para lograr los beneficios del "modelo".

En síntesis: que el Plan Progresar, la Asignación Universal por Hijo, las pensiones no contributivas, las becas para capacitación, los pagos de Argentina Trabaja, la ley de matrimonio igualitario, la justicia legítima, la eliminación de la jubilación privada, el plan Conectar Igualdad, la confiscación de YPF, el satélite Arsat, los precios cuidados, Tecnópolis y Ahora 12, por sólo nombrar algunos, son logros tan profundos y estructurales que justifican los millones contados en La Rosadita o arrojados por los aires hacia el interior del convento de General Rodríguez. Esa visión es insostenible para cualquiera que no practique el fanatismo.

La población espera de sus gobernantes una conducta ejemplar, aunque sepa que, en muchos casos, ello no ocurrirá. El modelo del gobernante es esencial como aglutinante del capital social: cuando la corrupción impera, en la sociedad se aplica el "sálvese quien pueda". Nadie cumple con sus impuestos, ni con las normas cotidianas más elementales. El grande se come al chico y el rico, somete al pobre. De allí que la Argentina haya sido uno de los países con mayor fuga de capitales del mundo y con mayor presión tributaria. Por eso han proliferado los asentamientos, el empleo informal, la deserción escolar y el narcotráfico.

La corrupción es también inmoral en cuanto implica la apropiación privada de recursos públicos. Es vergonzoso que, quienes fundan su discurso en las necesidades de quienes menos tienen, se lleven a su casa cifras siderales, que son el reverso de la desnutrición infantil, de la falta de vivienda, de la falta de agua potable; la ausencia de cloacas, de medicamentos en los hospitales, de rutas y ferrocarriles, que causan muertes, y de sueldos dignos para los maestros.

Pero hay también una cuestión de fondo, que invalida el argumento de quienes aceptan convivir con la corrupción como costo de la transformación igualitaria: cuando hay corrupción, no solamente los funcionarios se llevan dinero público, sino que sus decisiones quedan afectadas, torciéndose en función del interés privado de quienes han pagado las coimas.

De ese modo, toda la actividad del Estado queda bajo sospecha, muy lejos de los ideales románticos de quienes llenan bibliotecas elogiando el populismo democrático, de quienes han militado para convencer acerca de sus virtudes, de quienes han infiltrado esa ideología en las escuelas, las universidades y las familias. Muy lejos de los larguísimos debates parlamentarios, pues el presupuesto nacional se convierte en letra muerta ante el manejo discrecional de las partidas y la proliferación de decretos de necesidad y urgencia.

Cuando la corrupción subvierte la actividad pública, ésta queda inmediatamente privatizada, pero no como resultado de una decisión política, mediante un proceso abierto y transparente, sino privatizado en la oscuridad de los pasillos y de los encuentros reservados, donde se intercambian valijas con fajos termosellados contra promesas de actos públicos desviados.

Cuando la corrupción permite que la actividad del Estado se venda al mejor postor, no hay ninguna posibilidad de que el pueblo mejore su nivel de vida por haberse liberado de la dependencia extranjera y de los llamados "poderes concentrados" internos.

Los teóricos del populismo corrupto sólo habrán elaborado relatos literarios para ocultar crudas realidades que prefieren ignorar. Que los contratos de obras públicas serían otorgados a los amigos del poder con sobreprecios para los retornos. Y que, en definitiva, las obras no se realizarían o se realizarían parcialmente y nadie sería sancionado, pues el propósito era la inauguración en videoconferencia y nada más. Y que las concesiones serían otorgadas a quienes supieran compartir los subsidios. Que los empleos serían para parientes y militantes y, las sentencias, conforme al texto que ordenase el poder de turno.

La ideología puede impulsar un movimiento colectivo y, eventualmente, lograr grandes realizaciones en provecho de la mayoría. Pero como han señalado conspicuos comunicadores afines al kirchnerismo, en referencia al escandaloso caso de José López, secretario de Obras Públicas del gobierno precedente: "Hoy ya fue el límite".

Está claro que no hay ideología que pueda soportar, en última instancia, una realidad que en forma manifiesta contradice todos los párrafos de su discurso. Hay un punto de inmoralidad, donde ni siquiera alcanzan los fueros de la izquierda, como esperaba el extinto Néstor Kirchner.

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