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No sirve que venga para hacer un favor

LA NACION
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Diego Latorre
Sábado 02 de julio de 2016 • 21:24
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Ya pasó una semana desde la caída en la final por la Copa América Centenario y la posterior renuncia de Lionel Messi al seleccionado. Una semana rica en palabras que -creo- debería inaugurar un amplio período de reflexión en nuestro fútbol y en todo lo que concierne al equipo que dirige Gerardo Martino.

Es tiempo de pensar, de razonar, de hacer diagnóstico y autocrítica para discernir qué hay que descartar, mantener e incorporar para que las cosas regresen a su cauce y volver a intentarlo.

Hay varios puntos desde los que se puede abordar este presente espinoso: Messi, Martino, el juego... Intentaré tocar todas las teclas, pero me gustaría aclarar de antemano que no soy partidario de los apocalipsis a la hora de describir problemas. Hay un montón de elementos por rescatar en este proceso, igual que un buen número de errores por corregir. Sobre esta base me siento a escribir y a analizar.

Nada hay más candente que el futuro de Messi vestido de celeste y blanco. Todos hemos visto y leído los múltiples mensajes de apoyo, una muestra de ese doble juego tan nuestro de empujar a alguien al piso mediante la exageración y la crueldad, pisarlo un poquitito y después, cuando ya está desahuciado, ayudarlo a levantarse y abrazarlo como si no hubiera pasado nada.

Dijo Maradona, y acuerdo con él, que ahora toca dejar tranquilo a Messi. Permitir que pase este período de dolor; que se dé cuenta de que quien le hizo creer que un jugador es culpable de un fracaso es un delirante, un irresponsable, y que reconozca en sus genes la capacidad de salir adelante, como ya lo demostró en situaciones incluso más difíciles.

Pero ahora bien: también creo indispensable que Messi busque su propio bienestar. No sirve que venga al seleccionado para hacernos un favor o por el pedido popular. Uno no puede hacer un bien a los demás o sentirse a gusto en un lugar si no está bien consigo. Para él entonces es tiempo de descanso y búsqueda. En este punto, a los demás sólo nos queda la espera.

Claro que para los protagonistas directos debería ser una espera activa. Personalmente, aspiro a que se mantenga y se profundice una línea futbolística. Hay países que han tardado muchos años en delinear una forma de jugar. Por una vez, tendríamos que permitirnos ser más y mejores arquitectos de nuestro futuro, poner las bases para impedir que los procesos se derritan demasiado rápidamente.

Los mejores equipos del mundo siempre tienen una identidad, una orientación. Y lleva tiempo construirlas, tal como les pasó a Alemania, España y el propio Chile. No es soplar y ya está. No hay fórmulas mágicas, no hay "salvadores patrióticos".

Sin embargo, es la idea en la que nos gusta creer. Y lamentablemente, en el fútbol de vez en cuando surge la jugada mágica. Le salió a Maradona y ese ejemplo nos martiriza, porque no nos ayuda a construir el futuro. Maradona podía hacer milagros a menudo, pero para pensar en un porvenir mejor hay que crear las condiciones propicias, sin basarnos en milagros. Y en las últimas competiciones el seleccionado argentino no lo ha hecho.

Es acá donde entran en acción el director técnico y los propios jugadores. Martino tiene por delante la tarea de desentrañar y corregir los defectos. Los futbolísticos y los otros. Entre los primeros hay varios estructurales que vienen reiterándose desde hace un tiempo: volantes que no pisan el área, laterales que no se incorporan bien al ataque, falta de soluciones cuando rodean a Messi, cierta facilidad para perder el dominio y echarse hacia atrás, ineficacia de las sustituciones durante los partidos...

Pero existen otras cuestiones igual de importantes. Un entrenador es un arquitecto global, un psicólogo, alguien que construye una idea futbolística al mismo tiempo que establece lazos humanos con los jugadores. A la hora de jugar, la estrategia, la táctica y la preparación son vitales, pero uno siempre da y se compromete un poquito más si la relación con el entorno es honesta, positiva y abierta. En ese sentido, siempre resulta saludable que la unión entre el director técnico y los jugadores sea fuerte, y esto se sostiene no sólo con el afecto. El respeto es ganado también con sabiduría, conocimiento y admiración.

Hay varios métodos de ejercer el liderazgo. Están quienes llegan al alma de los jugadores siendo distantes, fríos, incluso herméticos, y quienes establecen una corriente más cercana. Creo que en estos niveles los futbolistas tienen una carga emocional muy grande y es tarea del entrenador abordar y entablar con ellos cierto diálogo para que se sientan más comprendidos, más parte de la familia.

Desconozco el nivel de relación de Martino con el grupo de jugadores del seleccionado, y si algo he aprendido en el fútbol es no dejarme llevar por conjeturas ni rumores. Pero aun así, observo algunos comportamientos que quizás merezcan una autocrítica del DT. Como algunos mensajes que transmite. Comenté en la columna del martes pasado la inconveniencia de decir frases con poco sustento. Hablar de la practicidad que implica llegar al área contraria con pocos pases (una circunstancia del juego que se desarma en cuanto el rival espera muy atrás) y de ganar una final "como sea" no ayudan al jugador.

Asimismo, el entrenador debería analizar si es acertado llevar a estos torneos cortos a futbolistas que están en proceso de recuperación física. Cada DT tiene la libertad y el derecho de armar su lista de convocados y no debe estar condicionado por nada ni por nadie. Pero debe saber que antes de incorporar al equipo a quien vuelve de una lesión no dispondrá de tiempo para probarlo en situaciones de exigencia máxima. Se puede hacer una concesión con un futbolista que sea vital -el caso de Uruguay con Luis Suárez-, pero si se repite con tres o cuatro, la incertidumbre y el riesgo crecen en exceso.

La desgraciada catarata de lesiones sufridas por la Argentina en la Copa demostró que un suplente puede ser tan trascendente como un titular y hace pensar que en el futuro sería mejor dar lugar a aquéllos que estén aptos y puedan funcionar mejor.

¿Y los futbolistas? El jugador siempre hace autocrítica. Su combustible es pensar qué cosas le salieron bien y cuáles no, aunque a veces ni siquiera sea consciente de eso. En el entramado de circunstancias que es un equipo, cada uno debe ver qué fue lo que no aportó de manera individual y, sin buscar coartadas, qué cosas no le entregó el entorno para que pudiera rendir mejor.

Unos y otros tienen tarea por delante. Y cuando se reencuentren a fines de agosto para la próxima fecha de las eliminatorias deberán dialogar mucho. Porque en el seleccionado, como en cualquier dinámica de equipo, sólo entre todos se pueden encontrar la verdad y las soluciones.

gs

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