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Recaudar hasta con las pilchas del General

LA NACION
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Jorge Fernández Díaz
Domingo 03 de julio de 2016

La película de los días pasa en cámara rápida, asombra al más suspicaz y se parece a la serie del mago enmascarado: no era magia, al final sólo se trataba de un ingenioso mecanismo de engaño. Resulta que los nobles "emancipadores", mientras denunciaban a todo crítico como cipayo y entreguista, le regalaban 1500 millones de dólares al peor capital financiero. Esos bonistas afortunados se sirvieron del patológico afán por fingir que caracterizaba al gobierno cristinista. Que trucó las cifras de crecimiento para ganar imagen en los barrios, a sabiendas de que cuanto más inflaba los números más les entregaba el patrimonio nacional a esos buitres amaestrados por el cupón PBI. No se sabe a ciencia cierta qué hubiera dicho de semejante boutade el general Perón, que también fue noticia esta semana, aunque no por la actualización de su ide- ario, sino porque su heredero legal confirmó que un obispo comisionado por el gobierno kirchnerista le habría ofrecido treinta millones de dólares por esas pertenencias históricas. El negocio era más o menos así: el Poder Ejecutivo le pagaría oficialmente cien millones, y él tendría que devolver en secreto setenta, que serían destinados a "hacer política". Recaudar con los efectos personales del líder amado ya es rizar el rizo, comedia negra italiana de botín, obra cumbre del esperpento y la ratería. A Soriano se le haría agua la boca.

Tampoco podemos imaginar qué habría pensado Perón de los dos documentos intelectuales que el Movimiento produjo en estas horas aciagas. El primero es la llamada "Declaración de Formosa", que fue auspiciada por el moderno regente del congreso nacional del partido, el progresista Gildo Insfrán. "La universalización del pensamiento peronista es un aporte doctrinario a la humanidad", dice ese texto, decretando que la autocrítica y la modestia son desviaciones gorilas. El manifiesto reivindica el federalismo, después de haber practicado un feroz régimen unitario; la cohesión del movimiento obrero, que el anterior gobierno se cuidó de quebrar en cinco partes, y la unidad nacional, tras una década de grietas abiertas deliberadamente entre "el pueblo" y la "antipatria" (ver Laclau). Este nuevo programa del peronismo repudia, a su vez, la integración con la Alianza del Pacífico que lidera la otrora compañera Michelle Bachelet; la desigualdad que ellos mismos supieron consolidar durante doce años de dispendio; el individualismo que exacerbaron sepultando la cultura del ahorro y dándole gas al consumo cortoplacista e insustentable; la economía en negro, que la administración "inclusiva" no removió, y la acumulación de riqueza, principal tarea a la que se abocaron sus caciques multimillonarios. En dos temas, sin embargo, expresan suma coherencia: los que permitieron la inédita instalación del narcotráfico en la Argentina creen que, por lo general, la lucha contra ese aberrante fenómeno encubre una argucia del imperialismo, y los que fueron violadores seriales de la Constitución cargan expresamente contra ella.

El peronismo, lejos de impulsar una renovación republicana, se aferra a sus recuerdos más conservadores, sin discutir su pálida ideología: a estas alturas, sólo una vaga e incompleta noción de justicia social perpetuamente frustrada por sus propias inconsistencias. A propósito: Miguel Bein, el gurú económico del candidato presidencial de Gildo y sus amigos, rechazó la idea de que el actual jefe del Estado practique el neoliberalismo ("es un desarrollista y un constructor"), y admitió que ni con Macri ni con Scioli se hubiera podido sostener el irresponsable régimen de manteca al techo y plata dulce. También señaló que la agenda actual es la que él mismo le recomendaba al torpedo naranja: "Pasar del crecimiento basado en el consumo al desarrollo basado en la inversión".

El segundo paper lo pergeñó una vez más Carta Abierta. Los profesores trabajan sobre dos vocablos: asterisco y arquetipo. Piensan que Josecito López y los múltiples imputados serán apenas un llamado a pie de página en el gran libro de la historia jamás contada del glorioso movimiento nacional y popular. Esos "asteriscos dolorosos" desencadenaron, por dar un solo ejemplo, las muertes de Once, y las investigaciones judiciales van armando un rompecabezas según el cual aquí hubo una estrategia organizada desde la cumbre para el reembolso venal: será muy difícil que el conductor inmortal no termine asociado al posible arquetipo de un modelo de matriz corrupta diversificada. Las evidencias, tantas veces aletargadas, hoy son torrenciales: no llueven inversiones, pero sí escándalos por doquier. Y hay sentencias verbales de enorme contundencia. Guillermo Dietrich, vicepresidente de la Cámara Argentina de Comercio, dijo el martes: "Si escarban, esto estalla. Los empresarios fuimos cómplices". Horacio Rosatti, el ex ministro de Néstor Kirchner que fue votado por muchos senadores peronistas, asumió en la Corte y ratificó en público que había renunciado a aquel equipo por sobreprecios y actitudes sospechosas. El ex ministro de Cristina Lino Barañao fue contundente: "Lamento que un proyecto al que suscribí haya sido mancillado por la codicia y la corrupción". Y la escritora kirchnerista Elsa Drucaroff, en nombre de los militantes realmente honestos, colgó en su Facebook una carta en la que declara: "Los corruptos no son seres aislados particularmente ambiciosos que toman cocaína o les falta honestidad; marcan una mecánica de funcionamiento sistémico. Y Cristina tuvo la posibilidad de cambiarlo (tuvo una legitimidad inmensa, tuvo el poder y el apoyo masivo para hacerlo). Pero no sólo no lo hizo, ni siquiera lo intentó, participó activamente de lo mismo".

La Pasionaria del Calafate no acepta esta verdad honda y lacerante, que no sólo la compromete a ella, sino que toca de cerca a su familia y despinta a su famoso príncipe azul. La obcecada idea a la que se aferra en medio del maremoto consiste en denunciar por persecución ideológica a los medios, al "partido judicial", al frente Cambiemos y a la embajada norteamericana. Sólo falta la sinarquía internacional, pero hay que darle tiempo. La táctica central estriba en contagiar su propia ficción, que es negacionista. En Cien años de soledad se describe a un personaje femenino de la siguiente manera: "Llegó a ser tan sincera en el engaño que ella misma acabó consolándose con sus propias mentiras".

La prosa de Cristina transmite inconscientemente la contrariedad ante el hecho impertinente de que varios jueces de la Nación se atrevan a bucear en las acciones, omisiones y propiedades de una ex presidenta constitucional. Su sorpresa frente al dato de que los cronistas judiciales conocen de antemano algunos de los allanamientos y diligencias no comprende por enésima vez la simple tarea del periodismo y tiene por objeto demostrar una conjura alucinada: la prensa maneja a los magistrados, y unos y otros son orquestados por Mauricio Macri, que quiere verla presa. En verdad, al oficialismo no le conviene la licuación tan rápida de una fuerza que divide a la oposición ni de una adversaria que presenta tantos flancos débiles, y que es defendida por piantavotos con libertad ambulatoria y por violentos con capucha. ¿Por qué querría Macri perderse ese bocado de cardenal? Todos deberían velar, no obstante, para que verdaderamente no prime el oportunismo judicial: Cristina, como cualquiera, merece un juicio justo. No sea cosa que se hagan chapuzas jurídicas y que nos veamos obligados a salir a defenderla.

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