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Los propios musulmanes son los que más sufren la sinrazón jihadista

PARA LA NACION
Lunes 04 de julio de 2016
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Cada vez que el jihadismo golpea brutalmente un país occidental, los medios de todo el mundo le dedican un gran cobertura que se suele alargar durante varios días después de la tragedia. Así fue tras los recientes atentados en París, Bruselas y Orlando.

Por eso no es extraño que una parte de la opinión pública mundial considere que el jihadismo, encarnado en su última y más brutal versión por el autodenominado Estado Islámico (EI), se halla en guerra contra Estados Unidos y Europa. Sin embargo, las estadísticas desmienten esta creencia: las principales víctimas, y con diferencia, son los propios musulmanes.

Según el Centro Nacional contra el Terrorismo de Estados Unidos, los musulmanes representaron entre un 82% y un 97% de las víctimas de los atentados jihadistas durante los últimos cinco años.

Un estudio del Global Terrorism Database, que recogía datos entre los años 2004 y 2013, era aún más preciso en su radiografía de la situación: tres países -Afganistán, Irak y Paquistán- concentraron la mitad de los atentados y un 60% de las víctimas.

Una versión más actualizada del estudio añadiría al grupo de cabeza de esta macabra lista a Siria y Turquía, donde el martes pasado murieron 44 personas en un atentado en el aeropuerto de Estambul que los analistas atribuyen con toda probabilidad a EI.

Otro país musulmán donde está en auge es en Bangladesh. En un atentado la madrugada de anteayer en el distrito diplomático de su capital, Dacca, murieron por lo menos 22 personas.

La explicación de estos datos reside en el hecho de que el jihadismo no es eminentemente una ideología antiimperialista, sino el producto de un cisma en el corazón del islam. Y como tal, su principal objetivo es asumir el poder en los países de mayoría musulmana y aplicar una lectura rigorista y fanática de los textos sagrados musulmanes. Occidente es tan sólo el poderoso aliado de unos regímenes y gobiernos considerados impíos y, por lo tanto, un obstáculo en la creación de un "califato" universal.

De hecho, aunque algunos atentados hayan provocado decenas de víctimas occidentales, como el del Museo del Bardo en Túnez o el del avión civil ruso en la península del Sinaí, su verdadero objetivo era debilitar los gobiernos de estos países a base de hundir el turismo, uno de sus sectores económicos vitales. También bajo este prisma, el de desestabilizar su economía, cabe interpretar el atentado de esta semana en Estambul, un país con un pie en Europa y su corazón en el mundo islámico.

Una de las principales características del jihadismo es que considera "infieles" a todos aquellos musulmanes que se resisten a someterse a sus dictados, así como aquellos que trabajan para los gobiernos impíos.

En el caso concreto de EI, uno de los blancos predilectos son las comunidades chiitas, seguidoras de la rama minoritaria del islam y que representan aproximadamente un 15% de los más de 1500 millones de musulmanes que viven en el mundo.

No es casualidad que Irak, Paquistán y Afganistán fueran los tres países más golpeados por el terrorismo jihadista, pues en todos ellos hay importantes comunidades chiitas. Rara es la semana en que EI no lleva a cabo un atentado en una zona chiita de Irak que siega la vida de un puñado de civiles. Sin ir más lejos, ayer masacró a por lo menos 140 personas en una heladería de Bagdad. Su único pecado: ser chiitas.

Precisamente, el trato a los chiitas fue uno de los motivos de discrepancia centrales entre Al-Qaeda y su filial en Irak, que se acabaría escindiendo para dar lugar a EI, la versión más extrema de una ideología extremista.

Al-Zawahiri, el sucesor de Ben Laden, creía que se debían tejer alianzas con los chiitas contra Estados Unidos y que en ningún caso se podían atacar sus mezquitas, pues el Corán prohíbe atacar los lugares de culto de los musulmanes, por más que se hayan desviado de la ortodoxia.

En cambio, Abu Musab al-Zarqawi, el auténtico arquitecto de EI y uno de sus ideólogos más reverenciados, se dedicó a bombardear mezquitas chiitas durante la ocupación norteamericana de Irak para fomentar una guerra civil. Sus sucesores exhiben incluso pulsiones genocidas contra esta comunidad.

Así las cosas, puede resultar ridículo que algunos líderes políticos, sobre todo afiliados a los sectores más conservadores de Estados Unidos, critiquen a los "musulmanes" por no manifestarse en contra de los atentados terroristas ocurridos en Occidente. Nadie como los propios musulmanes sufre la sinrazón nihilista de EI. Simplemente, los atentados que este grupo perpetra en el mundo musulmán pasan más inadvertidos.

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