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La patria como tragedia erótica

Domingo 10 de julio de 2016
PARA LA NACION
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En la época en la que, tras la muerte de Franco, España estaba en plena transición hacia la democracia, Fernando Savater publicó varios artículos criticando los resabios del Estado policial que sobrevivían entonces. Savater decía allí que el origen de esa mentalidad guerrera anidaba en la idea de patria, que si bien había nacido para referirse al terruño en el que se nace y a los primeros afectos había pasado a significar el espacio que solo nos da sentido si apostamos a la violencia, si nos enfrentamos a todos los que no forman parte de nuestra misma "familia". La patria exige, decía Savater, siempre la idea de la guerra contra lo extraño.

El tema de la patria recorre también toda la literatura argentina. Se podría decir que es uno de los grandes debates soterrados de nuestra cultura.

Es visible en Leopoldo Lugones, en Macedonio Fernández, en Manuel Galvez y en casi todos los escritores de fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Aparece, además, en gran parte de los textos en los que Borges reflexiona sobre la Argentina. A veces, habla de la patria como del hogar de todos, tal como se ve claramente en su "Oda escrita en 1966", sobre el sesquicentenario de la Independencia argentina, donde está el verso "Nadie es la patria, pero todos lo somos".

Sin embargo, en muchos otros textos Borges liga la idea de patria a una violencia que es anterior a cualquier forma política coincidiendo con la visión de Savater.

En su origen la patria, para Borges, fue un magma salvaje, brutal que despedaza a los que están forjándola.Eso es visible en el "Poema conjetural", en el que se narra la muerte de Narciso de Laprida (el hombre que declaró la Independencia "de estas crueles provincias") a manos de los montoneros de Aldao. Allí Laprida, dice Borges, se encuentra con su destino latinoamericano: ser sacrificado.

Laprida es un avatar del Moisés que conduce a su pueblo hasta la puerta de Jerusalén, pero que no puede entrar allí. Declara la Independencia, pero el país que surge de esa acción no le permite seguir viviendo.

Como el unitario que es penetrado con una mazorca en El matadero, de Esteban Echeverría, o el legionario que defendía Montevideo contra el ejército rosista en La Refalosa (ese poema de Hilario Ascasubi que narra una tortura atroz), el Laprida que Borges recrea en el "Poema conjetural" tiene también una metafórica, pero no menos salvaje, relación erótica con sus asesinos.

En todos estos casos la matanza del unitario dramatiza una relación fetichista amo-esclavo.

El "Poema conjetural" concluye con las últimas imágenes que Laprida nos ofrece de su vida: "Ya el primer golpe/ ya el duro hierro que me raja el pecho/ ya el íntimo cuchillo en la garganta".

La patria, dice Borges, quizá sea de todos, pero no a todos les permitió sobrevivir a la violencia que nos fundó.

Al rememorar el origen de la patria, Borges recuerda que somos fruto de una silenciada y monstruosa guerra civil (una guerra que duró 70 años, desde la Revolución de Mayo hasta 1880).

La patria es fruto de una brutal relación sadomasoquista: somos hijos de esa pasión salvaje.

El autor es crítico cultural

@rayovirtual

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