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La naturaleza imita al arte

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 14 de julio de 2016
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No conozco demasiado a Carlos Arnaiz, pero conozco su trabajo, que es posiblemente la mejor manera de conocer a un pintor, y conozco sobre todo una de sus debilidades: las flores. "Me gustan las flores -me contó Arnaiz los otros días-. Siempre me han atraído las suculentas, desde chico? Esa morfología. Los hongos, pero también los caracoles. Lo que está dentro de la tierra y lo que sale."

Cuando uno mira los últimos trabajos de Arnaiz, queda algo de esas flores, pero ¿qué queda? "Ahora hay círculos. Parecen flores, pero no lo son", dice el artista.

Sin embargo, algo de esas flores queda en los círculos, algo que no se reduce a la mera geometría. Estos grados de diferencia entre la representación, lo representado y el artista son el rasgo más evidente que a partir del lunes que viene podrá ver el visitante de De Natura y De Natura II, sus dos muestras simultáneas y complementarias en la galería Jorge Mara-La Ruche, y enfrente, al cruzar Paraná a la altura de Santa Fe, en la flamante OTTO Galería, de Eugenio Carlos Ottolenghi. La primera comprende obras sobre tela y sobre papel y obras sobre madera; la segunda, sobre papel. Hay también un salto cronológico entre ellas y por eso De Natura y De Natura II podrían considerarse dos volúmenes de un idiosincrásico "libro de la naturaleza".

El nombre mismo, De Natura (Sobre la naturaleza) debería hacernos pensar el problema de la figuración y de lo figurado. En las obras de los dos períodos que se exponen (uno de 2009/2010 y el otro más reciente) no hay ninguna flor, pero estos trabajos (su humor, su erotismo fulminante y el color, claro, el color) no serían lo que son sin las flores. Esto no es tan raro. San Agustín ya nos había enseñado que la belleza no llegaba a los objetos representados por medio de la simple imitación, sino que se transfería del "espíritu" del artista a la materia.

El neoplatonismo agustiniano puede sonarnos un poco lejano ahora, pero acierta en un punto: la impugnación de la imitación. En el Renacimiento -sin ir más lejos o, mejor dicho, para no ir más lejos- se desarrolló, según enseña Erwin Panofsky en su estudio Idea. Contribución a la historia de la teoría del arte, el principio de "superación de la naturaleza", es decir, una actividad que traduce en forma visible una belleza nunca realizada en la realidad.

Arnaiz, por ejemplo, no imita las flores; inventa las suyas; es decir, formas, elementos que se acumulan y varían. "Yo no soy un abstracto -dirá siempre Arnaiz-. Abstracto es Mondrian. Yo no. Yo navego en una línea roja."

Hay algo oriental en estos trabajos, y eso explica probablemente también por qué el arquitecto neoyorquino de origen taiwanés Tony Chi eligió una obra de él para el Hotel Park Hyatt que diseñó en la ciudad de Chengdu: una naturaleza liviana, aérea, el color que lo es todo pero no se impone, la levedad más cargada de sentido.

Lo bello natural es la manifestación de una experiencia no mediada por ninguna subjetividad. La naturaleza se da y es aceptada. Arnaiz nos presenta una segunda naturaleza.

En esto se parece al pintor Mark Tobey, al que le gustaba decir: "La abstracción pura significaría un tipo de pintura sin relación alguna con la vida, algo inaceptable para mí". Para Tobey, en cambio, la abstracción no era más que la variedad última de la mimesis de lo bello natural: "Cuando encontramos lo abstracto en la naturaleza encontramos el arte más profundo". La identidad de cada cuadro de Tobey es la identidad inconfundible de lo abstraído en la naturaleza. Eso abstraído, al entrar en la serie artística, se vuelve histórico. Aquí es donde también la pintura de Arnaiz conversa con la tradición. Lo dice mucho mejor otro artista, Eduardo Stupía, en el escrito que acompaña el catálogo de OTTO: "Su filiación poética lo muestra perfectamente cómodo entre las concepciones colorísticas ortodoxas y los riesgos y azares de la contemporaneidad". Por eso es una "singular caja de resonancias no sólo con los fenómenos del mundo, sino con los territorios de su propia obra".

Voy a seguir mirando (¿tenemos permitida todavía la palabra "contemplación"?) los trabajos de Arnaiz. Voy a volver varias veces a estas muestras. Voy a seguir buscando sus propias flores, esas que no declinan.

El artista vuelve a enseñarnos que algo inmarcesible habita también en las formas del arte, menos fugaces, tal vez, que las de la naturaleza.

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