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Occidente, frente al angustiante desafío del terrorismo low-tech

Sábado 16 de julio de 2016
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MADRID.- El contraste profundiza la angustia: mientras las potencias occidentales sofistican su red de seguridad, lanzan ofensivas militares, vigilan las comunicaciones de medio mundo, combaten el tráfico de explosivos y cierran fronteras, el jihadismo es capaz de provocar una masacre con un camión alquilado.

El desfile sangriento de Mohammed Lahouaiej Bouhlel por Niza resultó la expresión más mortífera, pero no la primera, de una táctica alentada por Estado Islámico (EI) que quita el sueño a los servicios de inteligencia de Occidente. El terrorismo low-tech, perpetrado por individuos no integrados a células activas, sin habilidades para operar explosivos y que usan como armas herramientas cotidianas desnuda los límites del sistema global de lucha contra el extremismo.

Los expertos coinciden. Resulta casi imposible detectar a tiempo estas acciones de planificación rudimentaria o directamente casera, en la que no interviene armamento ilegal y cuyos ejecutores están dispuestos a inmolarse.

El atropellamiento múltiple es bastante habitual en Israel desde que las fuerzas de seguridad consiguieron blindar los objetivos sensibles y limitar el tráfico de explosivos. Hubo una decena de antecedentes menores en ciudades europeas. Y en Francia -en plena emergencia antiterrorista- se habían registrado episodios en Dijon y en Nantes, aunque sin víctimas mortales.

El horror de Niza enlaza con la matanza en la disco en Orlando, donde un simpatizante de EI mató a 49 personas el 12 de junio. Usaba un arma de guerra, que en Estados Unidos se puede comprar con menos trámites y dinero de lo que cuesta alquilar un camión en Europa.

Abundan los casos de apuñalamientos o agresiones en nombre de la jihad. Anteayer, el director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Nicholas Rasmussen, había alertado sobre el desafío que plantea este terrorismo casi amateur. "Mientras vemos una reducción en la frecuencia de ataques a gran escala, que llevan años de preparación, proliferan amenazas que emergen de un individuo que toma coraje para pasar a la acción, reúne rápidamente los pocos recursos que necesita y se mueve."

El tiempo que pasa entre que se decide la acción y el ataque es mínimo. "Dejan un margen casi nulo a las fuerzas de seguridad y de inteligencia para descubrir el plan y frenarlo", admitió Rasmussen.

El atacante de Niza es modélico: desconocido para los servicios secretos y con antecedentes penales por conducta violenta.

El gobierno francés tenía muy presente el miedo a un ataque de estas características. En un informe parlamentario de mayo, el jefe de la agencia de seguridad interior, Patrick Calvar, predijo que había que prepararse para ataques con vehículos "usados como trampa" por terroristas con mínimo entrenamiento, radicalizados a través de las redes sociales y sin acceso a armamento sofisticado.

EI ya había alentado a sus seguidores a matar a occidentales de ese modo. Uno de sus líderes, Abu Mohammed al-Adnani, escribió en enero de 2015 tras el atentado contra la revista Charlie Hebdo: "Cualquier musulmán con capacidad de derramar una sola gota de sangre de los cruzados que lo haga, ya sea con un artefacto explosivo, una bala, un cuchillo o un auto".

La lógica es apuntar contra "objetivos blandos": lugares muy concurridos por gente común y, en lo posible, simbólicos, como claramente era la fiesta de la Bastilla en Niza.

"Nos enfrentamos a la complejidad de lo rudimentario. Hasta los servicios secretos más profesionalizados tienen problemas para luchar contra los «lobos solitarios» -sostiene Fawaz Gerges, experto en terrorismo-. Es un problema que llegó para quedarse, porque EI libra una lucha por su existencia y necesita causar más muertes en Occidente al menor costo posible."

Los investigadores Mark Hamm y Ramon Spaaij elaboraron una base de datos histórica sobre ataques de "lobos solitarios" en Estados Unidos. Encontraron que la cantidad de hechos en lo que va de esta década duplica a los de la anterior (115 contra 54). Los muertos pasaron de 98 a 160. El estudio revela diferencias entre estos individuos y un terrorista tradicional. Suelen tener antecedentes de problemas mentales, son retraídos y con una identificación política mucho menor.

En sus conclusiones dejan dos pistas para los servicios de inteligencia. Una que podría pensarse buena: estos terroristas esquivos acostumbran contarle a alguien sus intenciones antes de actuar. La mala: sus ataques -simples, sanguinarios, impactantes- suelen envalentonar a potenciales imitadores.

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