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Las lecciones de un maestro moderno

PARA LA NACION
Domingo 17 de julio de 2016
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El autor es compositor

Todavía no había caído el muro de Berlín pero ya estaba madurito. Barenboim se subió al escenario del Colón, tocó y se fue dejándome un futuro distinto al que tenía noventa minutos antes. Como en El Malogrado, de Thomas Bernhard, y su tajante frase central en mi adolescencia ("Ser el más grande o no ser nada") la situación era extrañamente parecida: un futuro ex-pianista (yo), era testigo del encuentro entre un intérprete genial (Barenboim reemplazaba a Gould, gracias a Dios) y un compositor-genio-absoluto (Bach) a través de una obra maestra (las Variaciones Goldberg). Hasta la institución que albergaba ese encuentro tenía el mismo nombre (Mozarteum). Un músico de 18 años ya conoce perfectamente lo que un burócrata de 75 todavía nunca experimentó: la duda.

Una ducha de ácido acababa de disolver mis esperanzas de hacer carrera. Parecería que Dios instaló a los genios sobre la tierra para señalar nuestras fragilidades. Ya no sería pianista, lo cual, como el narrador del Malogrado, nunca lamenté. Me aterraba pensar el resto de mi vida adherido a un mueble, presionando botones (no imaginaba que, algunos años más tarde, la humanidad entera estaría adherida a pantallas, presionando botones).

Mentalmente, ya tenía hechas las valijas y decidí zarpar igual; después de todo, músicos sin talento se ganaban la vida honorablemente, al menos como críticos. A la hora de irme, la frase central del Malogrado ya era: "No podemos elegir el lugar de nacimiento, pero podemos abandonarlo si amenaza con aplastarnos".

Un par de años más tarde, a fines de un diciembre nocturno en un pueblito westfaliano, durante una tormenta de nieve, encontré refugio en el único establecimiento abierto, una iglesia. La orquesta y el coro del pueblo, con el carnicero, la prostituta y el vigilante de solistas, ejecutaban el Oratorio de Navidad de Bach. Quise salir corriendo para no ser cómplice de la masacre, pero sentí que el Señor de los cristianos me invitaba a quedarme para decirme, a través de esa obra, algo preciso. En unos pocos compases me había olvidado de las desafinaciones y estaba atrapado en la más colosal construcción de aire vibrante que haya producido nuestra especie. Comprendí que la obra maestra absoluta resiste cualquier interpretación, como la obra maestra literaria resiste cualquier traducción. Pero más allá de la amarga genialidad, lo que me emocionó era que los que cantaban y tocaban se habían preparado con gran esfuerzo, fuera de sus ganapanes, por el mero gusto de construir algo entre todos. Con pocas orquestas profesionales sentí esa pasión por la música, formando un solo cuerpo, símbolo invisible de lo que una sociedad puede ser y hacer, gente que en lugar de volatilizar energía odiándose, opta por construir. Las cantatas de Bach son eso, una base para que la comunidad experimente el lazo. Hacer música es más emocionante que escuchar música, además de la única manera de entenderla.

Hoy día mi frase preferida del Malogrado es esta: "Cada ser humano es único y es, efectivamente, la más grande obra de arte de todos los tiempos".ß

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