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Un trío con brillo, pero desigual

Miércoles 27 de julio de 2016
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PARA LA NACION
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Recital de Daniel Barenboim / Piano: Michael Barenboim, violín: Kian Soltani, chelo / Programa: Mozart: Trío en Do mayor, K.548, Jörg Widmann: Dúos para violín y chelo (selección); Chaikovski: Trío en la menor, op.50. mozarteum argentino / Teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno

Daniel Barenboim entra al escenario como solista, como camarista o como director e irradia una sensación de solvencia invulnerable. Sus certezas lo acompañan y no habrá dificultad musical alguna que logre incomodarlo. Sin embargo, esa posición de garantía ilimitada no es extensible a todos los que lo acompañan en sus aventuras musicales. Michael Barenboim, su hijo, y Kian Soltani, un chelista austríaco de familia persa, son dos correctísimos músicos jóvenes, pero a una distancia cierta de las capacidades del líder de la agrupación. De algún modo, esta realidad pudo haber sido percibida por un público que, muy lejos de los estruendos con los que le dieron la bienvenida el día anterior, frente a la Orquesta del Divan, apenas si fue saludado por aplausos muy corteses. Lo que vendría a continuación, y siempre desde la más estricta subjetividad, dio la razón a las presunciones.

Los tríos elegidos para el programa, los dos maravillosos, el K.548, de Mozart, y el op.50, de Chaikovski, son absolutamente diferentes y plantean distintas actitudes para el grupo que los encare. El de Mozart es una de las primeras grandes obras del género. Escrito en 1788, el trío seguía los dictados de ese tiempo en el cual el piano era el instrumento central. No es ocioso recordar que en aquel tiempo las sonatas eran denominadas "para piano y violín" y no como las conocemos hoy en día, es decir, "para violín y piano". Con dos instrumentos no decorativos pero sí planteados como acompañantes de la figura esencial, la obra, en esta interpretación del trío Barenboim-Barenboim-Soltani, encontró sus mejores resoluciones en la soltura, la seguridad infinita y las consabidas certezas que Barenboim padre hizo fluir desde el piano. Pero, aun así, la poca sonoridad del chelo y cierta falta de matices y sutilezas expresivas de Barenboim hijo restaron efectividad al resultado general. Por suerte, Daniel estuvo en el centro y su interpretación mozartiana fue magistral, de manual. Su sonido, sus galanteos, sus muchos toques siempre bordeando el preciosismo fueron, en el más artístico de los sentidos, de una perfección consumada.

El trío de Chaikovski, en cambio, es una monumental obra romántica de intensidad expresiva propia y cabalmente chaikovskiana para tres instrumentos en plano de rigurosa igualdad. Sin menoscabo de las voluntades y las capacidades del violinista y el chelista, este ensamble no se acerca a ese requisito imprescindible. Soltani denotó un sonido y una calidad superlativas en el momento de tener que asumir la voz cantante. Pero luego, casi sin hacerse notar, redujo su acción a un papel muy secundario y la voz del chelo no pudo ser percibida en el papel de importancia que la partitura exige. Michael, por su parte, no sale de esa corrección inapelable de la cual hace gala y, en ningún instante, se muestra como el conductor que, desde el violín, debería liderar al grupo con firmeza y personalidad. Por su parte, Daniel, tal vez en la necesidad de impulsar a sus compañeros de aventura, se mostró innecesariamente brusco en algunos pasajes intensos. De todos modos, la obra emergió, en general, en un buen nivel, aunque sin alcanzar esa plenitud y esa magnificencia romántica que hacen de este trío una obra de cámara superlativa.

Entre ambos tríos, en el final de la primera parte, Michael y Soltani interpretaron cinco dúos de Jörg Widmann, un compositor y clarinetista alemán. En los dúos, cuadros breves de colores y climas cambiantes, el violinista y el chelista, sin la presencia poderosa de Daniel, lucieron mucho más liberados y seguros.

En el final, fuera de programa, los Barenboim y Soltani tocaron el segundo y el tercer movimiento del primer trío de Mendelssohn. Liberados y con mucha soltura, el trío lució espléndido. Muy poéticos en el Andante y definitivamente virtuosos y ultraprecisos en el Scherzo. Las dos ovaciones que continuaron a cada movimiento fueron, sin lugar a dudas, las más estrepitosas de toda la noche.

Un Tristán modelo 2018

El Festival de Música y Reflexión tendrá novadades. Ayer, el Teatro Colón anunció que está prevista para 2018 la realización de Tristán e Isolda, en la producción que Harry Kupfer hizo en 2000. Daniel Barenboim será por supuesto el director.

"Será posible por convenio del Colón con la Staatsoper de Berlín. Aspiraría a que en los papeles protagónicos estuvieran el Peter Seiffert y Anja Kampe. Apuntamos a que sea como un festival de verano europeo en el invierno argentino", dijo Lopérfido.

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