Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Hasta siempre, Marianne

Víctor Hugo Ghitta

SEGUIR
LA NACION
Domingo 07 de agosto de 2016
0

Vivían bajo el sol, descalzos, rodeados de la magnificencia de la isla de Hydra, de una belleza indómita con sus casitas de pescadores y sus mansiones decadentes del siglo XVIII, sus bohemios y sus hermosas delirantes, sus burros como medio de transporte, una vida sencilla, monástica, un amor hecho de pequeñas cosas, la playa y el mar, un libro de poemas, dos miradas que se cruzan, la chispa del deseo. Se habían conocido en una tienda, ella lloriqueaba de pena o despecho, quién sabe; él la invitó a unirse con su grupo de amigos. Ella accedió, quizá demasiado sola (había sido abandonada junto con su hijo por su esposa, el escritor Axel Jensen) o apenas movida por la curiosidad de embarcarse en una aventura. Era una mujer hermosa, una hermosura a la que era difícil sustraerse, demasiado curiosa para contentarse con las rutinas de la vida. Él era Leonard Cohen. Estuvieron juntos siete años, siete años de felicidad arrobadora y de perturbadora desdicha, el claroscuro del amor. Se separaron, pero -quedó tan claro ahora, en la despedida- han estado juntos toda sus vidas. La de ella -la de Marianne Ihlen- acaba de apagarse.

Hace muchos años, cuando la relación se resquebrajaba, él le dedicó una canción: So long, Marianne. Algo así como hasta siempre, Marianne. Alguien contó más tarde que al momento de componerla el poeta había escrito come on, Marianne, un modo de incitarla a que juntos recobrasen ese amor malherido. Pero cuando llegó al estudio de grabación en Nueva York, desencantado ya, Cohen introdujo esa ligera modificación para verla partir.

Leonard Cohen tiene 81 años. Es uno de los más grandes poetas canadienses vivos y el creador de una obra musical monumental. Le ha cantado (le canta todavía: la voz grave y desnuda, los ojos tan llenos de melancolía, el traje gris y el sombrero Borsalino que siguen confiriéndole un aire ligeramente anticuado) al amor y el deseo, las miserias humanas y la redención; en algunos de sus álbumes dio también muestras de su preocupación por cuestiones sociales y políticas.

Sus canciones tristonas, ligeramente amargas, lo convirtieron en un poeta de los desahuciados de ese mundo. Cohen susurra apenas, dice sin énfasis, horada el alma de quien lo escucha. Hay algo místico en esa voz, un mantra hipnótico que transporta al oyente a cierto paisaje interior. No es raro: durante cinco años, se retiró a un monasterio zen en las montañas de San Gabriel. Meditaba, tomaba té y, de vez en cuando, grababa alguna canción o hablaba por teléfono con su hija. Fue ordenado como monje budista de la escuela japonesa Rinzai con el nombre de Jika, que significa silencio.

Se enteró hace algunas semanas que Marianne había sido internada con un muy mal pronóstico de los médicos por una carta que le envió Jan Mollestad, el cineasta que había rodado un documental sobre quien fue su compañera. Más de cincuenta años después de ese amor nunca concluído, como nunca concluyen los amores verdaderos, Cohen respondió de inmediato la correspondencia.

"Bien, Marianne -escribió-, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Quiero que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu manos, creo que podrás tocar la mía. Sólo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino."

Marianne Ihlen murió poco tiempo después. Mollestad quiso que Cohen se enterase por él mismo de la noticia y le envió unas líneas en las que le contó cómo habían sido las últimas horas. "Marianne cayó muy lentamente en un sueño que la sacó de esta vida por la noche -escribió-. Tu carta llegó cuando todavía podía hablar y reír con completa conciencia. Cuando se la leímos en voz alta, sonrió de la manera en que sólo Marianne podía hacerlo. Elevó su mano, cuando decías que estabas justo detrás de ella, tan cerca como para alcanzarla. Le causó una honda tranquilidad saber que conocías su estado. Y tu bendición para su viaje le dio una fortaleza extra. Durante su última hora, tomé su mano y tarareé «Bird on a Wire», mientras ella respiraba tan ligeramente. Y antes de abandonar la habitación, después de que su alma hubiese volado por la ventana en busca de nuevas aventuras, besamos su rostro y susurramos tus eternas palabras: Hasta siempre, Marianne."

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché:New Skin for the Old Ceremony, Songs From a Room, Songs of Love and Hate, Old Ideas, Leonard Cohen

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas