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Pueblo versus ciudad, en escena

Atrás quedaron las obras sobre familias urbanas disfuncionales; hoy en el off la mirada se dirige hacia la vida en el interior

Lunes 08 de agosto de 2016
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LA NACION
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Si la década pasada subió a escena a múltiples familias disfuncionales reunidas en un living alrededor de una mesa ratona, todo bien urbano y en muchos casos con el psicoanálisis a cuestas, este tiempo se presenta con otros aires. La ciudad perdió peso, mostró la hilacha y hay que buscar verdades por otros lados. Los ideales terminaron por ser espejitos de colores donde reflejarse en la más profunda soledad a pesar de estar siempre rodeado de gente.

La Pilarcita, de María Marull, un éxito del circuito off
La Pilarcita, de María Marull, un éxito del circuito off. Foto: Sebastián Arpesella

Luego de años tras bambalinas, por estos tiempos parece que el pueblo resurge como tema recurrente en muchas de las obras del off. Para buscar los antecedentes es necesario retrotraerse a los inicios del teatro argentino: 1884 y el estreno de Juan Moreira en manos de los Podestá, que se convirtió en el hito del drama gauchesco. A esto hay que sumarle, para la misma época, la aparición del célebre Florencio Sánchez, que con su Barranca abajo le dio inicio a la extensa tensión que tendrá el gaucho mítico con una sociedad que lo acorrala hasta matarlo.

Si bien en 2004 Julio Chávez, con Rancho (una historia aparte), reabrió las puertas a este eje temático, recién ahora parece instalarse.

En muchas obras la irrupción de un personaje que viene de la gran ciudad, arrollador, citadino, con aires de más, coloca a los otros personajes pueblerinos como subsumidos en el deseo profundo de superarse y salir disparados hacia esa meca que propone de todo. A lo largo de estas piezas resulta finalmente que nada es así: este ciudadano está completamente solo en la multitud, desorientado, y esas grandes promesas de la ciudad terminan por convertirse en casi nada. Y, en todo caso, los que tienen mucho que aprender son estos fulanos de las grandes urbes que, enternecidos por los buenos valores de los pueblos, terminan por decidirse a hacer un cambio profundo en ellos mismos.

Aunque la intención de la mayoría de los autores no fue, según ellos mismos dirán, idealizar al pueblo, sino todo lo contrario: mostrar la tensión que existe entre estos escenarios, la incomprensión de algunos y los prejuicios de todos.

Para las autoras, directoras y actrices Paula y María Marull la temática es casi un sello. "Yo no duermo la siesta, mi obra que está en este momento en cartel -cuenta Paula Marull-, sucede en el pueblo, y hay un personaje que se quiere ir todo el tiempo a la ciudad, ha comprado el estereotipo de ciudad que nos vende el sistema. Se da esta paradoja: la gente del pueblo idealiza la ciudad y muchas veces la gente de la ciudad idealiza el pueblo. En los dos escenarios están los personajes parecidos y son víctimas de las mismas cosas." Reflexiona y agrega: "El combo perfecto sería poder vivir en un pueblo que tenga las posibilidades de una ciudad: esa paz, ese tiempo, esos valores. En el pueblo uno puede volver a como se vivía antes, al barrio, algo que se ha ido perdiendo por el ritmo de la actualidad. Esto de saludarse con el vecino, un poco de humanidad cotidiana".

Para María Marull, directora y autora del éxito del off La Pilarcita, el pueblo aparece por el tiempo. "En los lugares chicos el tiempo tiene otro peso. Creo que está pasando algo con la simultaneidad de las cosas. Cuando me pongo a escribir busco algo genuino, primitivo. Y eso está en otros espacios, más oxigenados, en el aire libre, en el pasado, en el pueblo. Hoy la gente está yendo de un lado al otro, en el subte, contestando los mensajes, viviendo diez vidas de las de antes juntas y hay una necesidad del tiempo puro. De hacer una cosa por vez. El espectador se emociona al recordar aquello que está más entero. Con los hijos también aparece la pregunta sobre si está bueno que se aburran, porque yo de chica cuando me aburría pensaba, escribía, imaginaba."

Francisco Lumerman, el autor y director de El amor es un bien obra que lleva más de un año en cartel a sala llena dos veces por semana-, arma su propia versión del clásico chejoviano Tío Vania y lo hace viajar a Carmen de Patagones. Cuenta respecto del proceso de escritura: "Cuando pensaba esta obra me aparecían muchas preguntas sobre los modos de vida, el consumo y el capitalismo. La gente que vive en Carmen de Patagones muchas veces tiene que venir a estudiar a la capital. Con respecto a lo artístico y el cómo desarrollar y exhibir lo que hacés, las posibilidades que te brinda no son las del éxito que uno tiene construido en la capital. La ciudad responde a un modelo de consumo y a una forma de vida que están ligados a maximizar el tiempo. En cambio, en el pueblo el tiempo corre distinto. Y eso genera otro modo de vida. En esta obra los personajes eligen ir a vivir ahí cuando tienen la posibilidad de vivir en la capital. Buscan calidad de vida".

Como si pasara un tren, de Lorena Romanin, es otro gran ejemplo: "En la obra cuenta la autora- llega Valeria de la Capital a pasar una temporada en el pueblo de su primo y su tía. Ella funciona como espejo para una relación que está un poco enviciada. La dicotomía pueblo/ciudad enfrenta las miradas de mundo desde esos distintos ángulos. Es innegable que existe una diferencia entre vivir en un pueblo o en una ciudad. Pero ninguna de las dos alternativas te resguarda. Sea como sea, la vida es difícil. Los afectos son complejos. Estar contento, satisfecho, es complicado. Allá o acá".

Los ejemplos se multiplican. En otra tesitura, Lisandro Penelas, con su obra El amante de los caballos, se acerca al mundo rural. Alta en el cielo narra las dificultades de una escuela rural y la tensión que existe con la ciudad que desde el orden y la burocracia desoye sus necesidades. Hasta los personajes del musical infantil Saltimbanquis dan cuenta de que la ciudad ideal no es tal y, en cambio, los pueblos resultan más amables y contenedores para estos animales con aires musicales. Por estos días, la obra La pose, de Marina Carrasco, sube al Sportivo Teatral. Se anuncia como una versión libre y campera de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, que viaja y se instala en un pueblo. Para algunos dramaturgos que vienen de tierras remotas el pueblo chico significó un infierno grande. Martín Marcou, director santacruceño, presentó este año la obra Te estaba esperando como una fuerte denuncia de lo que le sucede a un joven que se siente extranjero en sus propia tierra.

El asunto no está cerrado. Promete más. Los nuevos tópicos son bienvenidos y el teatro tiene la fortaleza de mostrar y nombrar lo que empieza a ser una necesidad a veces medio silenciosa. Esa ciudad que en el retorno de la democracia hubo que volver a conquistar se fue transformando en un monstruo de mil cabezas, tirano, violento, lleno de estímulos que agotan. El pueblo con sus tiempos más calmos, más ciertos, parece estar dando algunas nuevas respuestas.

Dónde verlas

La Pilarcita

Viernes y sábados, a las 20 y 22. El Camarín de las Musas

Yo no duermo la siesta

Miércoles, a las 21. Espacio Callejón

Como si pasara un tren

Viernes, 12 y 22.30; domingos, 17. El Camarín de las Musas

El amor es un bien

Sábados, 20.30; domingos, a las 18. Moscú Teatro

Saltimbanquis

Sábados y domingos, a las 15. Teatro Regio

La pose

Domingos, a las 20. S. Teatral

Alta en el cielo

Domingos, a las 20. El Vitral

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