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Kaufmann deslumbró en su debut

Lunes 08 de agosto de 2016
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El tenor alemán, dirigido por Barenboim
El tenor alemán, dirigido por Barenboim. Foto: Arnaldo Colombaroli / Teatro Colón

Orquesta West-Eastern Divan / Director: Daniel Barenboim / Solista: Jonas Kaufmann, tenor & Programa: Wagner: Preludio al tercer acto de Los maestros cantores; Mahler: Las canciones del caminante; Mozart: Sinfonía N°41, K.551, "Júpiter". Abono azul / Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

El debut argentino del gran Jonas Kaufmann fue tan admirable como breve. Apenas Las canciones del caminante, de Mahler, y, fuera de programa, un aria y una canción de Wagner. Semejante artista, tamaño cantante para media hora escasa fue tan gratificante y emocionante como, al mismo tiempo, un tanto decepcionante. O tal vez lo suficientemente estimulante como para no dejar de asistir, el próximo domingo, a un recital extenso que ofrecerá, también en el Colón, junto a su pianista habitual, el versátil Helmut Deutsch.

Ante un tenor de la envergadura y la calidad artísticas de Kaufmann es ocioso detenerse a comentar cuestiones técnicas. Kaufmann es un músico completo que está para narrar e interpretar textos cantados como pocos lo pueden hacer. El programa elegido era cuando menos extraño ya que Las canciones del caminante (o Canciones de un compañero de viaje, según las traducciones) es un ciclo que Mahler concibió para barítono (o, eventualmente, mezzosoprano) y piano y que, de principio a fin, no llega a los veinte minutos.

En la memoria individual o colectiva, ya sea en esta versión con piano o la orquestada, el timbre y el color de la voz del barítono vienen asociados de modo indefectible. Con todo, la maestría de Kaufmann, un tenor con respetabilísimos bajos, hizo olvidar desde el comienzo mismo esa alianza bajo el manto de su canto pleno, refinado, envolvente y auténticamente teatral.

Kaufmann aplica todos los matices, apela a todas las inflexiones imaginables y recurre a sutiles cambios de tempo para acercar, una a una, todas las sensaciones que desfilan en esos poemas ultrarrománticos del propio Mahler. De la manera más consumada, Kaufmann recorrió y recreó de un modo conmovedor la desazón, los interrogantes, el dolor, la soledad, el amor, la muerte y las tristezas de este caminante errante. Su interpretación de esta obra de Mahler fue definitivamente magistral. Claro, por detrás y bien prendidos a la propuesta estaban Daniel Barenboim y la Orquesta del Divan. Seguirlo y acompañarlo a Kaufmann y, más aún, reforzar y acentuar esas propuestas interpretativas pareció sencillo para la experta mano de Barenboim. Sintonizando el mismo espíritu y sintiendo los mismos impulsos dramáticos, Kaufmann, Barenboim y la orquesta forjaron un momento insuperable de altísimo arte musical.

Después, tras el estruendo del público, Kaufmann deslumbró recreando la euforia y la ebullición del Sigmund enamorado del primer acto de La valquiria, de Wagner. De aquellas finuras mahlerianas, Kaufmann, como por arte de magia, pasó a otro estado de gracia y su voz y su canto adquirieron otra dimensión. Y, por último, luego de una complicada tarea de ingeniería escénica, los técnicos trajeron un piano para que el tenor y el ahora pianista Barenboim ofrendaran, nuevamente con una exquisitez superior, "Träume", la última de las canciones de los Wesendonck lieder, de Wagner. Y envuelto en una exaltación colectiva que le tributó todos los aplausos y los estruendos imaginables, Kaufmann, lamentablemente, se retiró para ya no volver.

Antes del gran suceso, Barenboim había dirigido una interpretación calma, profunda y muy sentida del preludio al tercer acto de Los maestros cantores, de Wagner, que ya había presentado como pieza fuera de programa en el concierto del pasado jueves, y en el final, otra vez, como lo había hecho en el primer encuentro en el Colón, hace dos semanas, la última sinfonía de Mozart, por supuesto, apegada a estilo y con los mejores recursos y la más plena y mozartiana de las pasiones. No hubo obras agregadas y el público se despidió de su venerado ídolo con una ovación interminable.

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