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Creatividad artificial. ¿Pueden los robots hacer obras de arte?

Las más recientes exploraciones en inteligencia artificial -que van de la música al diseño, de la danza a la poesía- están corriendo una nueva frontera: se habla ya de "producción artística asistida" entre personas y máquinas, mientras se dibuja un interrogante: ¿qué es lo específicamente humano en el mundo del arte y la creación?
Laura Marajofsky
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14 de agosto de 2016  

Ilustración: Javier Joaquín
Ilustración: Javier Joaquín

Robots que bailan o acompañan bailarines en el escenario, algoritmos que generan música o pinturas, inteligencia artificial aplicada en la elaboración de artículos periodísticos, y que incluso se adentra en el complejo territorio de la literatura. Antes cualquiera de estos ejemplos podía parecer extraído de un relato de ciencia ficción, hoy la creación artística por parte de computadoras es un floreciente y cada vez más explorado campo.

Mientras las posibilidades se multiplican, un panorama desafiante se despliega ante nosotros: por un lado, la búsqueda por ganar complejidad en estas tareas y un mayor entendimiento de las nuevas tecnologías y su funcionamiento; por otro, la aparición de una miríada de interrogantes a medida que la vieja división que separaba las tareas creativas (realizadas por el hombre) de las automáticas y seriales (realizadas por las máquinas) se desdibuja vertiginosamente. ¿Pueden las máquinas ser creativas? ¿Qué implicancias productivas y filosóficas conllevan esos desarrollos? ¿Ya es posible hablar de un nuevo paradigma de producción artística? ¿Cómo afecta esto nuestra idea de la creación?

Hace unos días la revista Time reportó que pequeños robots inteligentes de 43,8 centímetros de alto establecieron un récord en el libro Guinness bailando al unísono. Pero esto no es todo: el año pasado, la coreógrafa Blanca Li presentó, en la Brooklyn Academy of Music (BAM) de Nueva York, la obra Robot, en la que siete robots humanoides se contorsionaban en compañía de partenaires humanos. El mismo año, la agencia de noticias Associated Press anunció que estaba usando software para generar artículos mediante la recolección automática y el procesamiento de datos. Automated Insights o Narrative Science son algunas de las compañías que ofrecen la posibilidad de crear "historias" de bajo nivel de elaboración (reportes financieros o estadísticas deportivas) para ser publicadas.

Desde hace unos años, además, ya se están realizando exploraciones en terrenos más sofisticados como libros de no ficción o poemas. Sin ir más lejos, el Computational Story Lab de la Universidad de Vermont realizó un experimento que demuestra el creciente interés por saber qué piensan las computadoras de Frankenstein o Hamlet: crearon un "hedonómetro" que se vale del análisis de los sentimientos que despiertan distintos tipos de relatos para mapear los arcos narrativos de más de 1700 historias del Proyecto Gutenberg. Los hallazgos, que también fueron debatidos en el MIT, indican que existen seis tipos diferentes de arcos narrativos según el impacto emocional que generan, aunque se hace la salvedad de que analizar las ficciones bajo un rango binario (feliz o triste) deja mucha sutileza afuera.

Por su parte, el gigante Google lanzó el proyecto Magenta, que mediante el uso de inteligencia artificial puede crear piezas musicales que sorprenden por su elaboración. El sistema funciona a partir de una red neural (un sistema modelado sobre la base de nuestro cerebro) a la cual se le "cargan" contenidos musicales, y que va aprendiendo qué notas deben ir en una secuencia para luego crear una canción entera por cuenta propia. Y siguen los ejemplos: Amper Music es otra startup que como Google está abocada al desarrollo de soft para crear música, y DeepJazz, un programa creado por un estudiante veinteañero para enseñarse a sí mismo a tocar jazz, fue un éxito en Japón hace dos años.

En plena era del big data y el deep learning, cuando la recolección de información parece serlo todo, ya nada queda exento de estos procesos: desde las series que miramos hasta los discos que compramos. Quizá sea ésta la razón por la que algunos CEO como John Landgraf, de la cadena FX, advierten sobre el uso de algoritmos como la nueva forma de generar y programar contenidos exitosos.

Al mismo tiempo, los críticos de arte están siendo desplazados rápidamente ya no sólo por blogueros amateurs o prosumers, sino por pequeños bots desde Amazon hasta Apple que recomiendan qué libros leer, qué canciones escuchar o inclusive qué notas leer. En la mayoría de estos casos, sin embargo, vale preguntarse por el tipo de lógicas que prevalecen (ventas o calidad artística) y qué patrones de producción y consumo se imponen, sobre todo cuando existen grandes corporaciones detrás.

¿Un nuevo paradigma creativo?

Un creciente acople entre procesos realizados por el hombre y por las computadoras alumbra un nuevo horizonte de "producción artística asistida", en el que se intenta dejar atrás viejas dicotomías y visiones desalentadoras. "Hasta no hace mucho, las computadoras nos pasaban el trapo en todo lo que fuera serial (como sacar cuentas) pero eran más bien patéticas en tareas muy fáciles para un cerebro humano (como reconocer objetos en una imagen, o hablar el lenguaje natural). Esa muralla china, que conllevaba una distribución de tareas muy práctica, a la que todos nos acostumbramos rápidamente, se está empezando a resquebrajar", explica Leonardo Solaas, cuya especialidad son justamente los sistemas generativos, es decir, dispositivos (computacionales o no) que intervienen en el proceso de creación de una obra o diseño, con cierto grado de autonomía.

Es un mecanismo en donde el artista cede el control de lo que pasa por un rato. "Me gusta pensar la generatividad como una colaboración creativa entre un humano (el artista) y un agente no-humano (el autómata). Los resultados de ese diálogo son (o deberían ser) productos híbridos, tales que ni el humano ni el autómata podrían hacer por sí solos". Solaas ha dictado cursos sobre esta temática ("¿Cómo adiestrar la computadora para que haga arte en lugar de uno?") y este mes hace una Maratón de Producción en el CCEBA.

Aun cuando la noción del artista como único motor creativo se ha ido perdiendo hace tiempo y no sólo a manos de los robots, en un mundo hiperconectado y de mayor colaboración interdisciplinaria, ¿cuánto tiene que provenir del artista y con qué grado de control para que un producto sea considerado "arte"? "Conceptualmente, imagino un cierto nivel de crisis filosófica cuando un artista da una página de instrucciones, y una inteligencia artificial toma billones de decisiones para implementarlas. ¿De quién viene el arte? ¿Juega algún rol el programador que diseñó el algoritmo básico del software, aunque ni el algoritmo ni el matemático sepan nada de arte?", reflexiona Marcelo Rinesi, investigador del Instituto Baikal.

Incluso no sería alocado pensar en que la propia creación de inteligencia artificial pudiera considerarse arte en sí misma. "Así como hay un concepto de elegancia artística en matemáticas, hay uno, mucho menos desarrollado, en el software, y ciertamente va a haber uno en el diseño de inteligencias artificiales. No lo imagino como una disciplina artística reconocida explícitamente, pero sí como un arte sin nombre que va a influenciar profundamente en cómo experimentamos e interactuamos con el mundo", concluye Rinesi.

En cuanto a la cuestión de la factibilidad de pensar las máquinas como entidades autónomas creativas, un debate que remite al origen mismo de la inteligencia artificial, Valentín Muro, miembro del colectivo Wassabi y de El Gato en la Caja, comenta: "Podría argumentarse que la creatividad en este contexto es la capacidad de resolver nuevos problemas (algo que las máquinas pueden hacer). Pero, ¿puede una máquina desarrollar el criterio para identificar que algo que hizo es creativo? Si una máquina pinta una imagen que interpretamos como arte, ¿podemos decir que la máquina hizo arte o que nosotros optamos por atribuirle a eso carácter artístico?". Esto mismo parecieron tener en mente investigadores de la Georgia Tech's School of Interactive Computing, quienes para intentar dilucidar cuán creativa es una computadora idearon una nueva forma de Test de Turing llamada Lovelace 2.0, y explicaron que la manera de encontrar capacidades humanas en la inteligencia artificial es no olvidar que los humanos creamos.

"El límite de nuestra taxonomía sobre el arte (artificial vs. humano) es en última instancia una discusión sobre la causalidad, o si se prefiere, la creación. Si un algoritmo genera, por ejemplo, un tapete a partir del cálculo de fractales y luego lo borda sobre una tela, ¿podríamos decir que es una creación artificial? ¿O es una creación de quienes programaron aquellos algoritmos originalmente? La discusión va a remitir necesariamente a la agencia: ¿acaso el robot 'artista' hizo una obra motu proprio o estaba programado para hacer algo así?", agrega Muro.

Temores y antiguas dicotomías

¿Qué podemos vaticinar de lo que viene? De acuerdo con Rinesi, en un nivel pragmático vamos a ver una explosión en la cantidad y complejidad de todas las formas de arte similar a lo que sucedió con la tipografía y el diseño gráfico a partir de las primeras herramientas computarizadas. Ahora, ¿cuáles serán las implicancias productivas para la sociedad en términos de distribución de tareas y capacidad de trabajo, y en materia de relevancia de lo producido?

Lo cierto es que las tensiones ante la irrupción de esta clase de tecnologías alcanza algo más que el mero plano filosófico con preguntas respecto de la atribución, la causalidad o la creatividad. La eventual obsolescencia del humano ante el avance de la inteligencia artificial ya es un lugar común en los titulares de los diarios -con apostillas apocalípticas al estilo de "Los robots nos están robando nuestros trabajos"- y el campo artístico no pareciera ser la excepción. Sin embargo, pese a ser un fenómeno de nicho, el floreciente campo del "arte algorítmico" o computer art es mirado con suma desconfianza.

Podría argumentarse que detrás de todo algoritmo o programa está el hombre, pero estas cavilaciones no parecen matizar la zozobra generada por viejas concepciones y un gran prejuicio hacia lo nuevo. "¿Cómo es un mundo donde al menos ciertos niveles de creatividad están disponibles de manera prácticamente infinita? El resultado más probable es el menos espectacular, y es como las culturas humanas han reaccionado siempre a la disponibilidad de nuevas formas de creación: primero una combinación de entusiasmo y pánico moral, luego acostumbramiento, y después cierta incredulidad de que haya sido alguna vez tema de discusión", cierra Rinesi.

Así como se considera en otros menesteres que la creciente automatización y el empleo de algoritmos libera el tiempo y los recursos humanos, algunos fantasean con la idea de que "libre del tedio de la técnica o los mecanismos del arte" el artista se dedique simplemente a "crear". Una visión romántica y despojada de contexto crítico que no tiene en cuenta aspectos como cuál sería el eventual resultado de una proliferación de herramientas a disposición de casi cualquiera, y dispara interrogantes varios, como el sentido de crear, de la obra o del arte en sí mismo y su papel en la cultura.

Mientras el fetiche por los algoritmos permea rápidamente otros ámbitos de la sociedad (desde la economía hasta la educación, pasando por la vida ciudadana o la salud), el arte como uno de los pocos bastiones donde la supremacía humana parecía intocable e indiscutible se tambalea. "Parece que cada vez es menos especial ser humano. Creo que viene una época interesante, en la que iremos perdiendo la exclusividad en cosas tales como la intuición, la capacidad de descubrimiento o el criterio estético", advierte Solaas.

Si las computadoras pueden no sólo ganarnos en el ajedrez o anticipar qué tipo de dentífrico querríamos comprar, sino también tomar decisiones creativas o discernir respecto de cuestiones estéticas o editoriales, nos vemos obligados a repensar la vara con la que caracterizamos nuestra humanidad. Lo estimulante es que a medida que nos vemos compelidos a bucear en estos temas, también se habilita toda una nueva visión sobre nuestras potencialidades, que de otro modo tal vez no hubiéramos llegado a descubrir.

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