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Ciencia en una viñeta

CURIOSIDAD. Con humor, imaginación e ingenio, tres ilustradores e historietistas -best sellers en sus países- retratan con sus dibujos la sensibilidad de los científicos y sacuden los estereotipos sobre la vida en los laboratorios

Domingo 14 de agosto de 2016
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PARA LA NACION
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El origen de la tesis, por Jorge Cham
El origen de la tesis, por Jorge Cham.

Un día un chico escocés tomó un lápiz, una hoja de papel y fabricó un universo. En el interior de una pequeña casa del condado de Aberdeen, se repetía la explosión silenciosa que ya había tenido lugar hacía 13.700 millones de años, pero esta vez a una escala mucho más personal, íntima, secreta. Había nacido el cosmos privado de un niño solo llamado Tom Gauld.

Con los años, este universo en miniatura no hizo más que crecer a saltos: acelerado por la fuerza perturbadora de la curiosidad, se expandió con anarquía en forma de garabatos en los márgenes de textos escolares y de escenas físicamente imposibles en libretas y cuadernos anillados de tapa blanda. "No podía parar. En el medio de la nada escocesa, no hacía más que leer tiras de Astérix y Tintín o Donde viven los monstruos de Maurice Sendak e intentar contar con imágenes mis propias historias locas", recuerda hoy desde Londres un Tom Gauld adulto, ilustrador y artista gráfico convertido para muchos en aquello que los fans llaman con devoción un "autor de culto", y que deja entrever aquel universo privado que nutrió con paciencia los últimos treinta años en las viñetas publicadas periódicamente en The New York Times, The Guardian, las revistas The New Yorker y New Scientist y en su libro Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, publicado por Salamandra Cómics en la Argentina.

En sus viñetas, que funcionan como ventanas, Gauld, de 39 años, invita a asomarse a un mundo poblado por robots caprichosos, astronautas melancólicos, viajeros del tiempo desconcertados y científicos azorados por sus experimentos que se mezclan con personajes literarios y libros rezongones. "Mis personajes suelen ser torpes -reconoce el autor de The Gigantic Robot, Goliath y el inminente Mooncop-. Me gusta la yuxtaposición entre los elementos grandilocuentes de la ciencia y la ciencia ficción y los aspectos mundanos de la vida. Porque los robots y los científicos también tienen malos días, ¿sabés?".

Influenciado por la estética 8-bit de los videojuegos y por el añejado optimismo de la ciencia ficción de los años 80 -ahora vista como una nostalgia premilenio, recuerdos de un futuro que se desplomó también con las Torres Gemelas y que prometía vacaciones espaciales y rutas colmadas por autos voladores-, Gauld es de los pocos artistas gráficos que no se dejó apabullar por la pomposidad y seriedad pétrea con la que se suelen envolver las ciencias y explora a su modo aquello que las alimentan: sus sueños, sus ansiedades, sus pesadillas y sus conflictos, como los que la enfrentan con la religión o lo natural versus lo artificial. "Me interesa el conflicto en sí mismo -dice-. Tomar un tema en debate y llevarlo hasta su extremo más ridículo. Una simple caricatura puede aportar cierta liviandad a temas serios."

La mirada del escocés Tom Gauld
La mirada del escocés Tom Gauld.

Su ring, su escenario, su patio de juego son las bases lunares abandonadas, los laboratorios, la soledad de los estaciones espaciales, las vacaciones en distopías futuristas. Allí sitúa sus microhistorias cargadas de lo que la filosofía zen denomina wabi sabi -la belleza de lo imperfecto o inacabado, mezclada con una serena melancolía-, en las que, apoyado en un estilo de dibujo simplísimo y en un humor surrealista, combina lo épico con lo mundano, lo serio con lo absurdo. En su crítica metacientífica y metaliteraria, Gauld logra el efecto cómico: una sonrisa más que una carcajada, capaz de conducirnos a pensar lo que no habíamos pensado. "El humor nos puede ayudar a sentirnos menos desconsolados por los límites de nuestro entendimiento o por nuestros fracasos -dice-. Nos puede hacer ver las cosas de una manera distinta. Algo divertido puede conducir a nuestras mentes a un lugar nuevo."

Las dos vidas de un best-seller

El estadounidense Randall Munroe es lo que en la jerga de espías se conoce como un doble agente. Luego de graduarse en física en la Universidad de Christopher Newport en Virginia y de pasar innumerables entrevistas laborales, ingresó en la NASA. Sin embargo, lo que para muchos hubiera significado tocar el cielo con las manos, para Munroe era insuficiente. De día, este hombre que creció rodeado de personajes como Garfield y la tira Calvin y Hobbes programaba robots en el Centro de Investigación de Langley. De noche y en sus tiempos libres, viajaba a los planetas internos de su mente en las caricaturas de su webcómic xkcd (xkcd.com). "Empecé a dibujar a los cinco años y creo que mi estilo mucho no mejoró desde entonces", cuenta desde su casa en Cambridge.

La divulgación científica, según Randall Munroe
La divulgación científica, según Randall Munroe.

Un día, mantener esa doble vida le fue imposible. La NASA no le renovó el contrato y el hobby de Munroe se volvió su trabajo y su trabajo, su hobby. "Recién comencé a considerarme un caricaturista cuando pude pagar el alquiler con mis dibujos."

Hoy Munroe, de 31 años, es todo un best-seller: con sus libros ¿Qué pasaría si?? Respuestas serias y científicas a todo tipo de preguntas absurdas (Aguilar) y Thing Explainer: Complicated Stuff in Simple Words (aún inédito en español), se convirtió en toda una sensación geek. Aunque no tanto por su virtuosismo gráfico ("Internet me enseñó que no tenés que ser el mejor dibujante para poder crear tus propias historias"), sino por resolver las más irrisorias preguntas hipotéticas enviadas por sus lectores usando matemática, lógica, humor y dibujos. Las preguntas que hacen colapsar su casilla electrónica pueden ser de lo más extrañas, como "¿Qué pasaría si la Tierra de repente dejase de girar?", "¿Qué pasaría si todos los humanos saltaran al mismo tiempo?" o "¿Cuántas piezas de Lego harían falta para construir un puente entre Londres y Nueva York?".

Cada una es un pequeño desafío. "Elijo preguntas que al leerlas me dan curiosidad de inmediato -cuenta-. Es como cuando no podés sacarte una canción de la cabeza. Investigo hasta darme cuenta de que estaba en lo cierto y me siento orgulloso por eso. O que estoy equivocado y me sorprendo aún más porque no lo había pensado. Es todo un proceso de descubrimiento."

En los pasillos de MIT y de Harvard, sus viñetas decoran puertas y paredes. "Intentar responder en profundidad a una pregunta estúpida te puede llevar a lugares muy interesantes", señala Munroe, cuyas ventas saltaron a la estratósfera cuando Bill Gates consideró Thing Explainer -donde explica qué son las placas tectónicas o cómo funciona un reactor nuclear con ilustraciones y con las mil palabras más comunes del inglés- uno de los mejores libros de 2015.

Constructores de realidades

Si hubiese que dibujar un diagrama de Venn, el trabajo de Gould como el de Munroe ocuparían aquella intersección sombreada entre los círculos del humor y de la ciencia. "La gran dificultad de hacer estas tiras es que puedan ser disfrutadas por científicos y no científicos por igual -reconoce Gould-. No quiero hacer una tira y que necesites tener un doctorado para entenderla."

Como lo han demostrado gigantes como Quino, Mordillo o Bill Watterson, el humor gráfico es un medio privilegiado: tiene el potencial de representar cosas que nunca podrían suceder en la realidad. Como en la historieta, género mayor del que forma parte, allí todo es posible.

En la esencia del humor está la transgresión, la incorrección. "La labor del humorista consiste en tomar algo que se considera formalmente aceptable y normal y develar que no lo es -señala el español Manuel Junco, autor de El humor gráfico y su mecanismo transgresor-. La presa favorita de la sátira y la parodia es lo considerado serio, correcto y solemne." Al analizar su naturaleza en El chiste y su relación con el inconsciente, Sigmund Freud ya establecía que lo cómico puede disfrutarse en soledad, pero el humor precisa la complicidad de una comunidad de pares. En este caso, la "tribu científica", por un lado, y los lectores que consumen ciencia en forma de espectáculo, por el otro.

Estas tiras cómicas científicas tienen además el potencial de sacudir estereotipos sobre lo que son y hacen los que se dedican a la ciencia. "Hay una brecha entre las personas que resuelven los grandes misterios de la naturaleza y la percepción que tiene el público de ellas -dice el ingeniero mecánico panameño Jorge Cham, creador de PhD Comics (phdcomics.com), una tira conocida como "el Dilbert de la academia"-. Estas caricaturas ponen en tensión los estereotipos al retratar a científicos como personas reales y lograr que más personas se acerquen a la ciencia."

No es casual que su público no deje de demandar estos retratos minimalistas de la cotidianidad científica. Son, a fin de cuentas, el más reciente episodio de un desborde: la infiltración del discurso de la física, medicina, biología y demás disciplinas y sus personajes en el cine (Interstelar, Misión rescate, El código enigma, La teoría del todo), las series (The Big Bang Theory, The Knick), obras de teatro (Copenhague, Photograph 51, Constellations), literatura (Las partículas elementales, de Michel Houellebecq o La soledad de los números primos, de Paolo Giordano) y novela gráfica (Primates, de Jim Ottaviani y Cosmicómic, de Amadeo Balbi).

Más que los temas que abordan y los conflictos que exponen, lo que emparienta a Gauld, Munroe y Cham es la representación visual de una sensibilidad: la sensibilidad científica. Una particular forma de ver, pensar, imaginar, soñar y sentir: la "ciencibilidad" que anida en cada hallazgo, exploración o aventura del conocimiento que nos vuelven aún más curiosos y menos ignorantes.

Una viñeta que es parte de los comics de Jorge Cham
Una viñeta que es parte de los comics de Jorge Cham.
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