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Hermosa maniobra para soportar la tristeza

Viernes 12 de agosto de 2016
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LA NACION
Manuel Feito y Marisa Provenzano
Manuel Feito y Marisa Provenzano. Foto: LA NACION

UN CHARCO INÚTIL / Libro: David Desola / Intérpretes: Gustavo Bonfigli, Manuel Feito, Marisa Provenzano / Música: Fran Ruiz Barlet / Vestuario: Andrea Saldivia / Escenografía: Darío Feal y Horacio del Marmol / Iluminación: Caio Senicato / Producción: MarMan Producciones Independientes / Dirección: Matías Puricelli / Sala: teatro El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: jueves, a las 21.30 / Duración: 75 minutos.

Nuestra opinión: Muy buena

¿Qué es real y qué no? ¿Importa si eso es lo que nos hace seguir viviendo? ¿Cuál es el límite entre la locura y la cordura? ¿Acaso no somos todos locos cuerdos o cuerdos locos? Estas son algunas de las preguntas que deja flotando Un charco inútil, la obra del dramaturgo español David Desola, dirigida por Matías Puricelli, que reflexiona poéticamente sobre las formas que cada uno tiene de sobrellevar la tristeza y las pérdidas, de los fantasmas de los que nos rodeamos para soportar la angustia, de la nobleza de sentir compasión ante quien tiene un dolor hondo que no cesa y que lo vuelve un marginado en una sociedad sin alma.

En la obra se ve a Óscar (representado por Manuel Feito), un profesor en crisis con la enseñanza: después de haber sido agredido por un alumno frente a toda la escuela se siente un cobarde y no quiere volver a las aulas. Pero luego, por pedido de un ex profesor suyo (Gustavo Bonfigli), accede a dar clases particulares a Diego, un singular alumno. Entonces inicia una curiosa relación con Irene (Marisa Provenzano), la madre del chico, una mujer que vive inmersa en un mundo de recuerdos como refugio de una realidad insoportable. En la puesta se irá revelando, a partir del entramado de vínculos que ellos crean, que nada es tan real ni tan irreal como creemos.

El trabajo actoral es excelente porque logra que los personajes, tres criaturas complejas y dolientes, en un registro cotidiano y natural, desarrollen un drama filosófico abismal, insondable.

Todo transcurre en dos escenarios, un parque del que sólo se ve un banco y el interior de la casa de Irene, espacios que son verosímiles sin abandonar la mirada poética, el lenguaje onírico. Tal como la obra lo pide, el director consideró necesario aparentar una realidad consistente en la que sucede la historia, con elementos tangibles y reales que luego se van desarmando para producir el sentido simbólico que teje el texto. La iluminación contribuye a producir volúmenes y sombras en la puesta, como un modo de mostrar que no todo lo que se ve "es" la realidad.

El lago de patos del parque, que se menciona como "el charco inútil", tiene una alta simbología en la obra. El charco es el único cúmulo de agua que no tiene corriente y que se termina congelando, pudriendo o evaporando. Estos personajes también viven quietos. Será el movimiento, la corriente y, por qué no, algo de locura, los que hagan que el dolor se vaya curando.

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