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Libros que liberan: volvió a la cárcel, pero esta vez como profesor

Carlos Mena estuvo preso por más de ocho años; hace seis su destino cambió cuando se sumó a un proyecto educativo

Volver y caminar por los pasillos que lo despidieron con la posibilidad de una vida nueva
Volver y caminar por los pasillos que lo despidieron con la posibilidad de una vida nueva. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
Viernes 19 de agosto de 2016
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Carlos siempre es bien recibido por los que alguna vez fueron sus compañeros
Carlos siempre es bien recibido por los que alguna vez fueron sus compañeros. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

A Carlos Mena le dijeron que salía en libertad el 3 de junio pasado.En una bolsa puso libros de Dostoievski, Nietzsche y Sartre. Un agente penitenciario le dio $ 2500 por los trabajos que hizo en la cárcel durante los casi ocho años que estuvo preso por un robo a la salida de un bingo. Cuando caminó desde la Unidad Penitenciaria 23 de Florencio Varela hasta la ruta 53 tuvo miedo de que lo robaran. Tomó tres colectivos y a las 8 lloraba frente a su madre en su casa de Monte Grande. Le juró que ya no era "un chorro", que, ahora, era un escritor. Le avisó que tenía que cumplir una promesa: volver a la cárcel todos los miércoles para enseñar a leer y escribir. "Soy docente", le dijo. Y le explicó que se había propuesto colaborar con la editorial que funciona dentro de su ahora ex pabellón, un proyecto cultural que lleva editados cinco libros y que consiguió pacificar una convivencia que en la mayoría de las cárceles bonaerenses está marcada por la muerte. "Voy a demostrar que la utopía de la redención puede ser realidad", trató de resumirle lo que se proponía.

El abogado Alberto Sarlo creó en 2010 la editorial en el pabellón
El abogado Alberto Sarlo creó en 2010 la editorial en el pabellón. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

En las unidades penitenciarias de la provincia hay un homicidio cada 1220 presos. Según las últimas estadísticas de la Comisión Provincial por la Memoria, en 2014 fueron 28. Mena pasó la mitad de su vida en la cárcel: 17 de 34 años.

Dos veces salió en libertad, pero volvió a robar. Reconoce que hasta hace seis años era una "cosa" que se golpeaba el pecho, en señal de orgullo, cuando decía que era "chorro". En la cárcel, tiraba y esquivaba puñaladas. Recuerda que casi se muere cuando un penitenciario le reventó el ojo izquierdo al dispararle con una escopeta cargada de balas de goma durante una revuelta o cuando un interno lo apuñaló por la espalda. "Nunca fui inocente", señala. Pero en 2010 alguien le dio una oportunidad. No fue un juez ni un funcionario del Servicio Penitenciario. No le abrieron la celda para que saliera a vengar la vida que se lleva en un pabellón inundado de pastillas, infectado de VIH y tuberculosis y entregado al autogobierno de delincuentes violentos. "Alberto me puso un libro en la mano y me enseñó filosofía. Me hizo escribir y volví a ser una persona. Si pude porque me ayudaron, quiero ayudar", promete.

Todos se reúnen en los pasillos e intercambian opiniones
Todos se reúnen en los pasillos e intercambian opiniones. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

Alberto es Alberto Sarlo, un abogado platense, esposo y padre de dos hijas. Hace seis años convenció al director de esa cárcel de Florencio Varela de algo inédito en el país: que lo dejaran armar una editorial dentro de un pabellón de máxima seguridad. Quería modificar el lugar donde los presos pasan todo el día y los agentes penitenciarios entran sólo cuando hay requisas. Le asignaron el pabellón cuatro. Cada miércoles, y sin el padrinazgo de nadie, Sarlo demostró que es posible otro paradigma en el encierro: 50 presos empezaron a leer, mantuvieron una biblioteca de 400 libros y se animaron a escribir. Publicaron dos de cuentos infantiles, uno de escritos filosóficos y dos sobre torturas en cárceles. Imprimieron 3500 ejemplares y los donaron a comedores que funcionan en las villas. Sarlo pacificó el pabellón. Y Mena fue un gran aliado: "Logró mantener reglas contrarias a los códigos tumberos". En el pabellón no puede correr droga ni haber facas. La comida se comparte. Y hay una máxima que rige la suerte de todos: el que no lee ni escribe se tiene que ir.

Un joven lee para sus compañeros
Un joven lee para sus compañeros. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

Mena hizo la primaria en la cárcel y aprendió a leer a los 30 años. Cuando llevaba un año en la editorial Cuenteros, Verseros y Poetas, le autorizaron una salida para repartir el primer libro de cuentos en un comedor de una villa de Quilmes. Pensaba fugarse. No lo frenó el patrullero que lo custodiaba. Un chico ciego lo llamó escritor y le pidió que le leyera su cuento. Mena eligió quedarse. Al año siguiente escribió un poema que tiene un comienzo que recita de memoria: "En momentos complicados me sirve de mucho tomar como ejemplo mi pasado para recordar lo que era y estrellarlo contra el piso como una vieja estatua".

Visita a los presos todos los miércoles
Visita a los presos todos los miércoles. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

Juan Fernando Pirali es el director del penal, que tiene 1265 internos y 126 agentes penitenciarios por turno. A Mena lo recibe con un apretón de manos. Pirali, de 41 años y 24 en el Servicio Penitenciario, elogia el trabajo de la editorial y dice que el pabellón cuatro "se maneja como una gran familia". Reconoce que como este tipo de proyectos hay pocos. Y después duda si existe otro.

Carlos Mena aprendió a leer a los 30 años en la cárcel, después de 8 años preso quedó libre y prometió volver para enseñarle a leer a los otros presos
Carlos Mena aprendió a leer a los 30 años en la cárcel, después de 8 años preso quedó libre y prometió volver para enseñarle a leer a los otros presos. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

A Mena le abren 10 rejas antes de que los ex compañeros del pabellón puedan envolverlo en abrazos. Sarlo los reúne y les avisa que el joven se integra a la editorial como docente. No les cuenta que él le pagará de su bolsillo $ 1200 por clase ni que está convencido de que el Estado lo debe dignificar con un sueldo. Sí les advierte que es una voz de autoridad y que la clase queda en manos de Mena. Y él empieza con un guiño y los reconoce como "sufridos y pobres", pero avisa que no viene a "justificar el delito de nadie", que viene a "cambiar tiros y palazos por abrazos y libros". Y como un docente que sabe que debe empezar por lo básico les grita: "Ustedes son personas".

El abrazo

La clase dura cuatro horas. A Matías, uno de los internos, Mena le dice que las descripciones de su cuento son como las de Stephen King. Y a Marcelo, que escribió una historia sobre fútbol, le asegura que juega en Primera.

Cuando termina la clase, Mena les dice que se porten bien, que no hagan lío, que se cuiden. Sabe que en la cárcel la utopía personal que él encarna y muchos buscan se sostiene con un hilo delgadísimo. Sabe que sin la mente ocupada "el abrazo del preso lastima como el lamido de un león".

Los pabellones por donde caminó durante años
Los pabellones por donde caminó durante años. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

Hace poco vivieron un fracaso: en mayo pasado, uno de los presos, uno de los escritores, mató a un compañero. Le tiró un "lanzazo" por el pasaplatos de la celda. Algunos internos dicen que se sintió amenazado. Y que por eso deshizo "su propia utopía". Fue la primera y única muerte que vivieron en el pabellón cuatro desde que se creó la editorial, casi un milagro en comparación con las tasas de homicidios que registran las cárceles bonaerenses. Mena sabe que las provocaciones del encierro, a veces, son un callejón sin salida que lleva a la muerte o a más encierro. "Soy la utopía, pero también soy el muerto y el que mató", explica.

Mena vive en una casa que el capellán de la cárcel le prestó en Quilmes. Dice que al día siguiente de dar su primera clase sintió pena de ver a los internos encerrados, pero emoción al saber que los puede ayudar. Afirma que la lectura es uno de los mejores caminos para lograr la redención: "Los hace vivir libres desde la cárcel. Si leen una novela que trata de una playa van a sentirse en esa playa. Porque, como dice Sartre, estamos condenados a ser libres".

Carlos y la cárcel en donde su vida cambió para siempre
Carlos y la cárcel en donde su vida cambió para siempre. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez

Buscan replicar la iniciativaen La Plata

Hace tres semanas, José Villafañe recibió el último libro de la editorial del pabellón cuatro de la Unidad Penitenciaria 23. Se lo dio un amigo que creyó que como juez de Ejecución Penal de La Plata iba a estar interesado en leerlo. Villafañe devoró las 242 páginas de Juguetes perdidos, en el que varios presos cuentan torturas sufridas en reformatorios.

A la semana, en el penal, les dijo: "Ustedes demostraron que otra lógica de la cárcel es posible". Les pidió que le firmaran el libro.

"Fui a conocerlos porque es inédito lo que ocurre en ese pabellón. No conozco algo igual. Mi idea es replicar la experiencia en cárceles de La Plata. Comprueba que la poesía, la literatura, la filosofía y la escritura ayudan a bajar la violencia", señala Villafañe, y reflexiona que el nuevo paradigma en las cárceles debe ser aquel que le ofrece al detenido "un roce similar al que tendrá cuando obtenga la libertad" y no la vieja premisa de que "el mejor preso es el que no molesta y duerme todo el día". Por eso, indica que el rol del agente penitenciario tiene que ser el de "un operador social".

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