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Ángel Faretta. "Huir es el bajo continuo del espíritu argentino"

Domingo 28 de agosto de 2016
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LA NACION

Teórico de cine, poeta, narrador y docente de cursos y seminarios privados que se recomiendan año a año, de una generación a otra de escritores, críticos, guionistas y espectadores, Ángel Faretta (Buenos Aires, 1953) es un discreto mito urbano de la ciudad de Buenos Aires. Fue él mismo estudiante en cursos sobre arte, teología, filosofía, estética y simbolismo con pensadores como Gillo Dorfles y Guido Aristarco en Italia, y Conrado Eggers Lan, Héctor Ciocchini y Adolfo Carpio en la Argentina. Ha publicado varios libros de ensayos como teórico del cine, ejercicio que en su caso se roza con el pensamiento filosófico. Entre ellos figuran El concepto de cine, Espíritu de simetría y La pasión manda, sobre las formas del melodrama audiovisual. Es autor de un libro de poemas, de otro de relatos y, desde este año, de dos novelas.

Ángel Faretta. Foto: Santiago Filipuzzi / Archivo
Ángel Faretta. Foto: Santiago Filipuzzi / Archivo.

Viajeros que huyen (La Bestia Equilátera, 2016) es una vivificante mirada en escorzo de los años sesenta en una Buenos Aires tan inolvidable como irrecuperable, que incluye una galería de personajes de esos tiempos. Creativos publicitarios, modelos, periodistas, aspirantes a guerrilleros y burgueses son perfilados con elegancia y una suerte de ironía tan cariñosa como ácida. Es, también, una ficción que registra la entrada en sociedad de actores hasta entonces tildados sólo como sospechosos -los jóvenes- en un período histórico al que aún hoy se considera revolucionario. "Una época en la que todo lo joven era obligatorio y si no se lo era había que conseguirlo en forma vicaria y por cualquier medio, y en la que envejecer ya no era lo que había sido hasta entonces", reflexiona Marta, una de las heroínas de la novela. Gran trabajo de un autor que, se murmura, guarda miles de páginas inéditas.

Foto: LA NACION

La publicidad fue como una suerte de cima, o ya tal vez una forma secundaria del momento, creo que culminante, de nuestra cultura, y una manifestación anímico-espiritual; digamos un locus mirabilis del momento argentino o porteño de la década de 1960 y los primeros años de la siguiente. Un lugar problemático claro, y que por ello mismo debe ser el preferido de una novela, puesto que es el espacio perfecto de una determinada puesta en escena narrativa vista en perspectiva ya histórica.

Viajeros que huyen es, primero, una lectura hermenéutica del sublime tango de Alfredo Le Pera, "Volver", que he desarrollado en un libro sobre la lírica del tango -"La traducción de la melancolía"- todavía inédito. Desde allí lo extendí al campo narrativo. Huyen de lo que son y de donde vienen. Como argentinos o porteños, ése es el bajo continuo de nuestro espíritu. En principio, no decidirse a ser lo que ya somos. Una forma europea transatlántica, buscando para ellos excusas o pretextos varios, fantasías y utopías que, por cierto en esa década comprendida entre 1963 y 1973, llegaron a un extremo inflacionario con las terribles consecuencias posteriores y que todavía padecemos. En eso se parecen, y no, a mis personajes de Tempestad y asalto: algunos de ellos también huyen, pero con una meta mucho más clara en el horizonte.

Me centro en personajes de la segunda inmigración europea. Hijos o nietos de italianos y de judíos. Los que, según creo, estaban logrando ese equilibrio entre modernidad y continuidad que se expresó en tantas formas culturales por aquellos años, incluida la publicidad. Pero también las cimas de obras diversas, poéticas, narrativas, musicales y demás. Esa mayoría silenciosa, si queremos, que es hora de que tenga su voz, siquiera poética en algunos relatos.

El concepto del cine sólo puede ofrecer a la narrativa literaria el sentido del montaje, la edición, el punto de vista y el primer plano detalle. Nada más. A la clausura representativa de la realidad en literatura tanto como en cine la he llamado en mis escritos teóricos autoconciencia. Y la defino como "el saber que se sabe y el saber qué se sabe". Brevemente: ningún epos novelístico o de cine puede expresarse sin mostrar sus credenciales culturales, sin revisar algunos momentos previos de su expresión. Lo demás es nihilismo, irresponsabilidad lúdica; bobada tardo-vanguardista.

Quiero que esta nueva novela se lea como una ficción que busca un equilibrio o punto intermedio sobre esos años tan definitivos para la Argentina, tanto que todavía en buena parte vivimos de sus emanaciones vicarias. No es un novela facciosa, tiene su punto de vista histórico, desde luego, pero proyectado en personajes que no participan de ese quiebre o grieta (como busca llamarse ahora) y que, por cierto, representaban al noventa por ciento de nuestra población.

El empleo del lenguaje que es citado y representado por momentos por un narrador omnisciente es parte de lo que he llamado autoconciencia. Es un narrador que en forma irónica toma distancia de lo que está narrando y del propio lenguaje que emplea. Es como una voz atemporal, aunque cifrada en el momento histórico del relato (como escritura) y que se interna en la forma narrativa que pertenece al momento histórico de aquello que se está narrando. Es una suerte de observador, pero uno comprometido con lo que está contando y con las formas de expresión, sobre todo coloquiales, pero también imaginarias de sus personajes.

Actualmente trabajo en la edición de mi poema "Otra vez bajo Tauro", y en la de Mito, método y recurso, que es la introducción a mi filosofía del arte centrada en el cine. E intento completar una novela de epos fantástico para retomar la senda de Tempestad y asalto, mi novela publicada en 2009. Más que la palabra género. prefiero usar epos. Así tendríamos un epos histórico, uno fantástico, uno erótico, otro epistolar, etcétera. Digamos que el epos es el estado de transparencia de una narración, una composición de lugar. La voz debida al modo. ß

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